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Raymundo, un hombre apenas adentrado en la tercera edad, vivía tranquilo y jovial, hasta que una noche cualquiera empezaron las pesadillas. La primer noche soñó que estaba navegando en el mar en un barco de papel. El sueño parecía bastante agradable, hasta que de pronto las olas se alborotaron y se tornaron de un color rojo intenso. Raymundo movía el volante del barco tratando de controlarlo, pero las olas eran demasiado fuertes. El barco acababa por volcarse y Raymundo se sumergía en esas olas rojas, de sangre.

Otra noche soñó que mientras iba a la tienda a comprar cigarros unos monstruos azules interrumpían su camino. Sin que él pudiera huir o defenderse lo secuestraban y lo metían en una nave espacial metálica la cual hacía miles de sonidos extraños y emitía luces que lastimaban a la vista. No entendía bien cual era el fin del secuestro, sólo sabía que esa extraña nave lo llevaría lejos de la tierra.

Unas semanas más tarde soñó de nuevo. Ésta vez se trataba de miles de máquinas de distintos tamaños que lo perseguían por toda la ciudad hasta atraparlo y rodearlo de cables y enchufes que no le permitían moverse ni escapar.

Raymundo cada vez que tenía estos sueños, tan desagradables y confusos, despertaba sudando frío y con la respiración y el ritmo cardiaco alterados. Bertha, su esposa, lo tranquilizaba y a veces se levantaba a prepararle un té de tila, para los nervios.

Siguió su vida cotidiana a pesar de los sueños tan extraños, pero en su interior empezaba a crecer una incertidumbre. Algo tenían que significar éstas situaciones tan inverosímiles, fuera como fuera, al final de los sueños se veía prisionero, incapaz de escapar.

El último de los sueños y el que detonó el cambio en Raymundo era muy distinto. En el sueño, él se encontraba en un pasillo vacío. De pronto, las luces del pasillo se apagaban y la oscuridad lo rodeaba por completo. Raymundo, desesperado, comenzaba a correr, hasta que a lo lejos veía un foco titubeante. Lleno de miedo, caminaba hasta él, lo tomaba para enroscarlo bien y que dejara de titubear y cuando lo hacía, una deslumbrante luz blanca inundaba el lugar, que ahora era un cuarto, blanco por completo, sin puertas ni ventanas. Estaba atrapado en ese cuarto y no había forma en la que pudiera salir.

Después de ese sueño Raymundo empezó a tener miedo. Como el hombre fuerte y escéptico que era, empeñaba todas sus ganas en ignorarlo y seguir con su vida. Pero algo cambió en él, tenía un ligero dolor de cabeza que a momentos se convertía en migraña. Esa migraña, pronto se convirtió en calambres que le recorrían el cuerpo entero en las noches. Más tarde empezó a sentir que sus órganos palpitaban dolorosamente y cada vez le costaba más trabajo mover las extremidades del cuerpo. La fatiga crecía sin cesar. No entendía a qué se debía esto, pero los malestares cada vez eran más grandes.

– ¡Ya ve al doctor! ¿Qué no ves que estamos viejos? –

le decía Bertha, enojada y preocupada por el repentino deterioro de su marido. Pero Raymundo, testarudo como siempre, se negaba a ir al doctor. Eso era cosa de tontos.

– ¡Esos weyes nada más me van a sacar todo el dinero y de igual manera, si ya estoy viejo, pues lo que me queda es morirme! –

Le gritaba a Bertha cuando se hartaba de los reclamos e insistencias de su esposa. Pero Raymundo no pudo negarse mucho más tiempo cuando empezó a notar que cada vez que iba al baño la orina se tornaba de amarilla a roja, cuando su toz cotidiana de fumador cambió y empezó a toser sangre y cuando se le empezaron a marcar de más las venas en ciertas partes del cuerpo.

Bertha lo llevó casi arrastrando al seguro social, él refunfuñaba cada tres pasos e insistía en regresar a la casa. Al entrar al edificio a Raymundo le dio un ataque de pánico y sus piernas empezaron a temblar. Bertha lo seguía jaloneando, molesta por su falta de conciencia y accesibilidad para ir al médico. Pero Raymundo en verdad empezó a sentirse mal, se le nubló la vista y sentía que su mente daba tumbos, hasta que perdió el equilibrio y se desvaneció.

Cuando abrió los ojos estaba rodeado de hombres vestidos completamente de azul, sólo se les asomaban los ojos por encima del cubre bocas. Los doctores le explicaron un montón de cosas, pero su mente estaba demasiado fatigada para entender. Tenían que sacarle una tomografía. Lo cambiaron de la cama a la plancha de la máquina pensando que él estaba muy tranquilo, pero la verdad era que Raymundo no se podía mover, era como si su cerebro se hubiera desconectado de su cuerpo y por más que él quería gritar o levantarse, no lo logró.

Terminando la tomografía lo llevaron a un cuarto donde le conectaron analgésicos y suero, además de las sondas y monitores para que pudieran esperar el resultado de los análisis. Bertha estuvo todo el tiempo a su lado, casi sin parpadear, agobiada y aterrorizada. Raymundo, que sólo podía mover los ojos, le lanzaba a Bertha miradas asesinas. Un par de horas más tarde entraron al cuarto dos médicos y otros dos camilleros. Aun no sabían con certeza el diagnóstico al mal de Raymundo pero mientras lo averiguaban tenían que operarlo de urgencia ya que tenía una hemorragia en el riñón. Mientras preparaban a Raymundo para llevárselo al quirófano, los médicos hicieron que Bertha firmara una serie de papeles donde permitía que lo operaran. Ella, de tanto agobio, no pudo ni leer los papeles ni entender lo que el doctor tan apresuradamente le dijo. Estalló en llanto y firmó pensando que era lo más prudente.

Después de eso Bertha vio como se llevaban a su marido mientras éste seguía echándole miradas asesinas. Se quedó sola, con su incertidumbre, en el cuarto. Esperaría ahí a que Raymundo saliera de la cirugía.

Entraron en el quirófano y cambiaron a Raymundo de la cama a la plancha quirúrgica, la cual se encontraba rodeada de lámparas extremadamente brillantes y a pesar de lo deslumbrado que quedó por las lámparas, Raymundo pudo notar que lo rodeaban distintas máquinas y pantallas. Ese lugar le recordó mucho a su sueño, donde lo atrapaban las máquinas hasta dejarlo inmóvil. El doctor le colocó en la boca una mascarilla para anestesiarlo. A Raymundo le hubiera gustado poder llorar o gritar en ese momento, poder regresar el tiempo, al primer sueño e ir corriendo al hospital, tal vez no hubiera sido demasiado tarde. Le hubiera gustado poderse mover y de alguna manera levantarse e ir corriendo a besar a Bertha, por última vez, agradecerle todo. Pues recordando sus sueños, no le cabía la menor duda. Sabía lo que vendría después.

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