Soledad

Lo malo de vivir en un pseudo-pueblo al cual la ciudad no ha logrado extinguir del todo, son las fiestas. No son parte de tu rutina ni de tus costumbres y, sin embargo, se celebran sin ti.

Empezaron los fuegos artificiales por ahí de las 11 de la noche y Margarita, mi perra, no tardó en ponerse ansiosa. Lleva 8 años viviendo en ésta casa, escuchando la pirotecnia de todas las fiestas de todos los santos y no ha logrado acostumbrarse. No ha logrado entender que en ésta casa está protegida, que nada malo pueden provocarle.

Mientras sonaban los estrepitosos cohetes Margarita daba vueltas, sin saber qué hacer, sin poder deshacerse del miedo. Hasta que concluyó por acurrucarse junto a mí en el sillón, temblando, escondiendo su nariz en mi regazo.  No entendí del todo si me estaba intentando proteger o si estaba protegiéndose en mí. Pero sin duda alguna, el estar a mi lado la hizo sentirse mejor, hizo del miedo algo más llevadero.

Formar vínculos es instintivo.

A lo largo de la vida uno va creando muchos vínculos. Ya lo dijo Aristóteles: “El hombre es por naturaleza un animal social”; Desde que abrimos los ojos por primera vez generamos un vínculo, los que somos afortunados, con nuestros padres. Y así mientras vamos creciendo vamos formando más y más tipos de vínculos que a la larga, definen nuestro carácter, nuestro pensamiento, nuestro único e individual ser.

Estos vínculos, mientras pasa el tiempo, se van haciendo cada vez más fuertes. Se convierten en herramientas, en nuestra raíz, en nuestra seguridad y en una parte importante de nuestra autoestima. Así, llega el momento en el que algunos de nosotros nos convertimos en personas fuertes, independientes, con hambre y sed de aventura. Entonces obviamos esos vínculos, creyendo que podemos prescindir de ellos.

Y entonces te vas, emprendes y te alejas de tus raíces, de tus bases. Intentas ser fuerte y autónomo, porque es así como te enseñaron a ser, es así como quieres ser. Y te quedas solo.

Al principio es fácil, tienes la adrenalina para disfrazar tu soledad y te emocionas resolviendo cosas que antes no hubieras podido. Tu Ego crece con la falta de convivencia, y ese es el principal problema de la soledad, que no te das cuenta de lo aislado que estás, que sigues funcionando.

Poco a poco te vas acostumbrando y la adrenalina se asienta. Es entonces cuando la soledad empieza a asomarse, cuando empieza a incomodar.

Recuerdo la primera vez que me enfermé estando fuera de casa. Nunca sabré si en verdad la gripa es más fuerte del otro lado del mar, o si yo la sentí peor por estar tan sola. La fiebre me tenía delirando tirada en cama y no podía levantarme ni para prepararme algo de comer. No tenía a quién hablarle, quien me hiciera una sopa, un té. Sin embargo, nadie se muere de una gripa, sobreviví y poco a poco se me olvidaron esos tres días de soledad, de insuficiencia propia.  Mas no puedo negar que ese ego tan enaltecido sufrió un daño.

Empiezas a extrañar compartir tu café matutino con alguien, las charlas a la hora de cenar, los viernes con tus amigos, cosas que antes te parecían poco especiales y dabas por sentadas. Hechas de menos todo aquello que te acunaba antes, pero sigues funcionando, intentando negar el hastío que surge del exceso de convivencia con tu propia mente. Intentando negar esa vulnerabilidad que surge entre tanto silencio. Y las rupturas de tu inconsciente empiezan a apoderarse de ti, empiezas a sentir que te sofocas en ti mismo. Esa, es la contrariedad de la soledad, que no estás totalmente sólo, estás contigo.

El otro problema de la soledad es que te deja sin opciones. Es la desesperación.  Te estás ahogando en el mar de la ansiedad y solo ruegas por cualquier cosa, un barco, un salvavidas. Y terminas por aferrarte al primer tronco que encuentras.

Yo no tuve la mejor de las suertes. Ahí, cuando más sola estuve, fue cuando lo conocí. Me aferré a él en ese naufragio, que, aunque no me daba cuenta me estaba carcomiendo.

Hoy que estamos juntos formando un nuevo vínculo, me miras y te preguntas cómo fue que dejé que se apoderara de mi vida alguien así. Ésta es mi mejor manera de responderlo. Resulta que al final no soy tan fuerte ni tan independiente. Que, así como Margarita no logra sobrellevar su miedo a la pirotecnia, yo no pude sobrevivir esa aventura sin un vínculo.

Supongo que al final de todo tengo que agradecerle, porque para bien o para mal llegó justo cuando más lo necesitaba, y de alguna manera u otra, logró cobijar mi alma ansiosa, hasta que el miedo de estar sola se hizo más llevadero.

 

“En la pobreza y en los demás infortunios, se considera a los amigos como el único refugio.” – Aristóteles.

Entropía

– ¿En qué piensas? – me dijo.

 

***

Cómo explicarle que la última media hora mi mente estuvo vagando entre Álvaro y los principios de la termodinámica, que mi pelo revuelto es sólo un reflejo de las marañas en mi mente y que a veces necesito abstraerme para ordenarme, para intentar entenderme.

Todo el debraye empezó hace algunos meses. Desperté un día de vuelta en mi casa, sumergida en una terrible involución en la cual pareciera que los últimos dos años de mi vida no pasaron, no valieron para nada. Mi vida regresó a lo que era antes; La misma gente, las mismas actividades, la misma ciudad, la misma casa y el mismo sentimiento de intrascendencia.

Y la pregunta ¿De qué sirvió? Me atormentaba. Empujar mis pies por un par de continentes, llenar mis suelas con la arena de cinco mares, despertar en tantas ciudades y dibujar un camino al que le aposté mi vida entera. Todo para que Álvaro se fuera y yo terminara en el punto inicial, como si no hubiera pasado nada.

Sin embargo, me sentía distinta, mucho más cansada. Y fue así como empecé a relacionar lo nuestro con la entropía, intentando aterrizar los pensamientos de Clausius junto con mis propios tormentos.

Es como la máquina de vapor, la cual parecía ser perfecta. Se suministraba calor, el agua se evaporaba, movía los pistones y volvía a condensarse para empezar el proceso de nuevo. Parecía eterno. Sin embargo, parte de la energía se perdía con el calor irradiado de la propia máquina. El sistema no era exacto, algo se escapaba, destinándolo a un inminente final.

Supongo que algo así pasó conmigo. Soñé y me calenté con un millón de ideas y planes, todo para volverme a condensar y acabar en el mismo punto de inicio. Y esa energía que se perdió, no es nada más que un mero aprendizaje en forma de joules. Que ahora he aprendido a ver las cosas de distinta manera, que cargo un par de cicatrices nuevas y que mis ojos se han abierto aún más.

 

Después de que en el mundo de la física se entendiera que nada es infinito, Boltzmann asoció la entropía con el grado de desorden de un sistema, haciendo ver que todo proceso en el universo tiende al desorden. Curiosamente ese es el orden natural, todo tiende al caos.

Eso me hizo pensar en cuando vivía con Álvaro, en esos días que llegaba de trabajar y al entrar al condominio en coche, deseaba con todas mis fuerzas pisar el acelerador a tope y estrellarme con el muro de piedra. Sin embargo, siempre concluí por girar a la derecha y estacionarme. Todo para llegar a una casa en la que cada vez habitaba más el caos, en la que cada vez era más cansado existir, en la que cada vez había más peleas y menos energía para arreglarlas. En una realidad en la que mi cuerpo cada vez tenía más sueño y mi mente estaba cada vez más aturdida intentando negar tantos problemas.

Así como los científicos se aferraron a que la máquina de vapor era un sistema perfecto, yo me aferré a que Álvaro y yo fuéramos eternos. Y cuando llegó el final me costó entender que era algo natural, que no fuimos nada especial, fuimos sólo un sistema más que naturalmente tendió al caos hasta destruirse.

Sin embargo, duele. Duele que se haya perdido la constancia de dicho experimento, porque por alguna razón no logro encontrar los recuerdos de los días que compartí a su lado, y cuando veo nuestras fotos se sienten como postales. Sólo veo en ellas a un par de desconocidos, enamorados, con los que no logro empatizar. No lo reconozco a él y no me reconozco como esa chica de pelo corto, que con toda su fuerza intentó ordenar el caos de un sistema que no tenía ni la menor oportunidad de salvarse.

 

Y es ahí cuando entra la metáfora de la pasta de dientes. Puedes sacar la pasta del tubo, sin el menor esfuerzo; Pero por más que trates no puedes volverla a meter sin un cambio de entropía, y es por eso que no puedo ver las cosas, ni sentirme como lo hacía antes.

Álvaro me dio la razón en lo único que no quería tenerla, me demostró a capa y espada que no es más que un cobarde y ahora por más que trate no puedo ver al hombre de las fotos como lo hacía antes. Se fue, poniendo un mar de por medio y quemando los puentes; Dejándome con las maletas hechas y el corazón en la mano. Y aunque trate, no puedo imaginar un camino de vuelta, todo lo que había apostado ya no está sobre la mesa, el concepto que tenía de él se perdió y ahora ese sueño se siente lejano. La pasta se salió del tubo y dicho acontecimiento es irreversible.

***

 

Interrumpiendo mi enmarañado silencio, me besó. Y las moléculas de mi cuerpo se sacudieron hasta evaporar mi sangre. Fue entonces cuando comprendí que la involución había llegado a su fin. Que después del primer beso, irreversiblemente se había desatado una entropía, que ahora que él forma parte de mi universo, que tengo su ADN bajo las uñas y sus ojos tatuados en la cabeza, estoy inmersa en un nuevo sistema el cual tenderá al caos y más temprano que tarde acabará por destruirse….

Fuego.

“En el descuido de un segundo, está contenida entera una catástrofe” – Antonio Muñoz 

 

Bastó un segundo, para que tus labios se abrieran rumbo hacia mi cuello generando una descarga eléctrica. Para que tus ojos se toparan con los míos y tus manos me conocieran por vez primera. El momento en que dos universos colapsaron, en el que tu vida y la mía se encontraron en un beso. Ese instante preciso en el que una chispa encendió una llama.

 

***

“Piromanía: trastorno del control de los impulsos, que produce un gran interés por el fuego, cómo producirlo, observarlo y extinguirlo.”

Quizás fueron aquellas conversaciones en las que nuestras ideologías chocaron. Dos mundos distintos que se debatían a través de la palabra. Caminando juntos en el malecón de noche, cuando el brillo de la luna se reflejaba en el mar, sin embargo, tu mirada brillaba con más fuerza. Habías encontrado algo nuevo y te llenaba de curiosidad; una inmigrante con corazón de gitana y poca fe, que gastaba sus días de soledad cuestionando al mundo, abandonando dogmas y paradigmas. Un alma opacada de tanta realidad, una mente que no cesaba y se disputaba con su propio corazón lleno de fuego, con un hambre de vivir y ver, de seguir cayendo y aprendiendo.

–   ¿Sabes? En clase estamos viendo temas de simulación. Tal vez te sorprenda,          pero a veces me encuentro simulando una vida contigo, imaginándome cómo        sería, las cosas que haríamos –

Dijiste en una de esas noches de canutos y pláticas de madrugada en un sillón naranja. Sin entender que simular es merodear entre mundos paralelos como si tuviésemos poder sobre ellos, como si fuese posible saltar de uno en otro y sumergirnos en una nueva realidad, como si pudiésemos con exactitud predecirla y escogerla. Sin embargo, simular también sirve para tomar decisiones, para ver con perspectiva el punto en el que uno se encuentra y valorar el entorno, encontrar en él las cosas buenas y las carencias y entonces generar una apuesta, bifurcar el camino en el que se está, escoger y crear otro universo, dejando el paralelo atrás.

 

***

–  Me da igual. Quiero estar contigo todo el tiempo que sea posible  – .

Dijiste en mi portal. Tratando de detener un final que parecía inminente. Y entonces empezó, escogiste el fuego. Se abrió un universo nuevo y nos tomamos de las manos; unas manos cargadas de fe, de ansiedad, de esperanza y deseo. Y en mi cama, entre sábanas blancas, convertimos la llama en fogata.

Y te enamoraste de mí, de mi temperatura que siempre está elevada y la manera en que en pleno invierno lleno de calor la cama, de la forma en que mis manos recorrieron tu cuerpo como queriendo fundirlo con el mío, de mi insaciable hambre de comerte sólo a ti; de la manera en que río hasta de la historia más trágica, de los días en los que pareciera que no me puedo estar quieta y quiero comerme al mundo de un bocado, y de esos otros en los que me inunda la calma y puedo dormir hasta trece horas seguidas sin importar lo que el sol dicte.

Te enamoraste de mí, de mis ideas insensatas y mi corazón constantemente roto, de mi pesimismo, mi melancolía y la contradictoria esperanza que encontraste en el brillo de mis ojos. De mi manera de escucharte y de mis conclusiones que sacudieron tu mundo. De las promesas que el fuego y su luz usan para atrapar al pirómano, como si fuera magia.

 

***

  “Fuego:  conjunto de partículas incandescentes de materia combustible, capaces de emitir calor y luz visible, producto de una reacción química de oxidación violenta.”

Pero tenías que saber, que el fuego es traicionero. Que llega un punto en que empiezas a depender de él, que si te alejas demasiado te da frío, te sumerge la oscuridad y tus pupilas lo necesitan para ver. Tenías que saber también, que el fuego cambia con su entorno, que si llueve se apaga y si hay demasiado viento crece y se descontrola, que en cualquier instante éste explota, destruyendo todo lo que está a su alcance.

Llamamos “amor” a todo aquel tiempo que estuvimos en guerra y poco a poco perdimos el control de la fogata. Hubo días en los que ésta seguía ardiendo, tranquila y placentera, en los que tú y yo nos abrazábamos, reíamos y jugábamos; en los que mis manos se paseaban por tu espalda y no podía parar de besarte, en los que nos comunicábamos sólo con la mirada y todo parecía suficiente. Días en los que florecía un nuevo sueño, como promesa de más chispa y en los que se emprendía una aventura más de las tantas que fuimos coleccionando.

Sin embargo, hubo días también en los que la rutina hacía que la fogata perdiera su fuerza, desgastada de las mismas discusiones, sin ganas ya de argumentar nada. Cansada de los días tan iguales, de la falta de empatía, donde las promesas perdían veracidad y el reflejo del espejo se quedaba en silencio. Días vacíos.

Y hubo un factor, que ambos desconocíamos. Que tus demonios eran enemigos de los míos y que mi ego y tu soberbia jamás aceptarían empatar. Que nuestras costumbres tan distintas no encontrarían mestizaje y que, aunque hablásemos el mismo idioma no nos podríamos comunicar.

Que no importaron, todas aquellas horas en las que intentamos llegar a un acuerdo, que por más que levanté la voz, no lograste escucharme y por más que llenaste el silencio de palabras no te aprendiste a expresar. La impotencia se apoderó de nuestras ganas, cargando los pensamientos de miedos y dudas, añadiendo a la rutina rencor y reproches.

 

***

“Explosión: Ruptura violenta de un cuerpo por la acción de un explosivo o por el exceso de presión interior, provocando un fuerte estruendo.”

Hasta que explotó, todo explotó. Ese fuego del que te enamoraste, se mezcló con la pólvora de tu mirada y la gasolina de tus palabras, ese fuego que se reprimía en mis adentros, el que intenté controlar se apoderó de mí. Y por un instante fui más fuego que alma y éstas manos que antes hablaban sólo de amor, se cargaron de ira y reaccionaron queriendo destruirte, queriendo acabar con todo.

Nuestra casa ardió como las millones de fogatas de la noche de San Xoan y al día siguiente todo estaba en ruinas, todas aquellas promesas de verano se habían convertido en cenizas. Ya no se sentía el calor.

Lo intentamos, aferrarnos a lo poco que quedaba, viviendo del recuerdo del fuego que antes ardía. Pero mi fuego tenía miedo, había conseguido niveles que antes le parecían inalcanzables, conoció su verdadero poder, su verdadera fuerza y se atrapó en sí mismo y en su culpa inexorable. Y tú ahora cargabas con cicatrices de eso que antes te había enamorado, la llama ya no te atraía ni te hacía sentir seguro, sabiendo que podía ser incontrolable.

El fuego no arde de la misma manera dos veces, después de ser incendio forestal no puede regresar a ser sólo una llama que ilumina. Y los estragos del incendio se pierden con el viento… desaparecen.

 

***

“Todo tiene derecho a la belleza” – Efraín Huerta.

Sin embargo, fuego soy y fuego fui y existe cierta belleza en el desastre. Que hay vidas que pasan enteras sin lograr encenderse, escondiéndose entre escusas y pretextos; pies que nunca se despegan del suelo y pasados sin importancia. Que hay amores opacos sin siquiera una chispa de lo que tú y yo fuimos.

Yo prefiero ser fuego y arder. Convertirme en cenizas y volverme a encender, vivir rápido, renacer tras mis errores, apostarlo todo sin pensarlo demasiado. Aprender a caminar con los puñales que la vida me entierra en la espalda, no dejar que nada me detenga, amar cada una de mis cicatrices y sus historias. Que vida sólo hay una y yo, no me quedo con las ganas. Me enfrento a ella con la fuerza de las olas de febrero y aunque me equivoque mil veces … no me arrepiento de nada.

A SU LADO

 

Se fue un día y sin ella la casa se sentía completamente vacía. Faltaba su estridente risa rebotando en las paredes, faltaban su perfume y los colores empalagosos de sus prendas. La casa se volvió un silencio insoportable sin el escándalo del abrir y cerrar de puertas que ocasionaba al dar vueltas tratando de encontrar un no se qué y sin el golpeteo de sus horrendos y estrafalarios zapatos paseando alterados por la habitación.  Faltaba ella.

Desde su ausencia no he dejado de preguntarme lo que podría haber sentido por mí. Si todas esas noches que pasamos juntos significaron algo, no entiendo cómo pudo haberme dejado así.

Desde que la conozco no ha sido más que una lluvia de emociones. Todas las noches llegaba diferente. A veces, estaba tan estresada que ni volteaba a verme. Entraba al cuarto, encendía la computadora, el radio y la televisión y se ponía a trabajar hasta altas horas en la madrugada. Otras veces llegaba contenta, deslumbrante, platicándome su día se ponía a cocinar algo rico para los dos. Pero mis veces favoritas eran cuando llegaba triste. Se acurrucaba junto a mí en la cama demandando por completo mi atención, exigiendo cariño y mimos y yo feliz se los daba. Desde el día uno fui su prisionero.

Carolina era tan inesperada, tan rara, tan fuera de este mundo que me mantenía entretenido, y puedo jurar que jamás me hubiera aburrido de ella, ni de los colores estridentes de su ropa, ni de su pelo fuera de control. Sus ideas locas convertían cada día en una aventura.

Sin embargo, ninguna forma de perfección es eterna. No puedo explicarlo, pero lo supe. Supe perfectamente el día que lo conoció. Llegó a la casa más tarde de lo normal, su perfume estaba contaminado por una fragancia desconocida y su atención estaba en otro lado. Me tomó de la cabeza y me dio un beso sin mirarme, sin sentirlo y se puso a hacer sus cosas sin siquiera preguntarme nada.

Después de ese día todo cambió, llegaba del trabajo y se acostaba en la cama a hablar por teléfono, le importaba poco si me acercaba a ella o no. Poco a poco fue llegando cada vez más tarde, hasta que hubo noches en las que ni siquiera llegó. Me rompía el corazón, pero ella no parecía darse cuenta.

Yo traté con todas mis ganas de reactivarnos, de volver a lo que teníamos, de captar su atención. Pero todos mis esfuerzos fueron en vano. Ella pasaba de mí. Ya no me cocinaba, ya no se acurrucaba junto a mí en la cama, dejé de importarle, ya sólo tenía mente para él.

Terminé por aceptarlo, no me quedaba de otra. Ella estaba tan feliz que tuve que olvidarme de mi egoísmo y dejarla ser, dejarla estar con él, dejar que se olvidara de mí. Me dediqué a contemplarla. Mientras hablaba con él se le iluminaba la cara, cuando se arreglaba para salir a verlo, sus nervios tensaban el ambiente de toda la casa, sonreía de oreja a oreja y se la pasaba cantando y dando vueltas por ahí, verdaderamente era feliz y todo se debía a él.

Un día de los que sabía que ella estaba con él, de esos que se arreglaba demasiado dándome a entender que no iba a volver, no me quedó de otra más que dormirme temprano. A media madrugada me despertó un azotón de puertas seguido por un grito que se convirtió en gemidos. Alarmado corrí hacia la entrada y la encontré tirada en el piso, abrazando sus piernas y sollozando, destrozada.

Me acerqué a ella y le lamí la cara, tratando de consolarla. Ese hijo de puta le había roto el corazón. Yo tenía ganas de matarlo, de arrancarle la cara.

Carolina pasó el resto de la semana metida en la cama, sin salir, sin abrir las cortinas, sin poner música, sin dejar de llorar. No sabía ni que hacer, daba vueltas por el cuarto tratando de distraerla, le propuse un millón de ideas, pero ella sólo me miraba y volvía a llorar. Así que me acurrucaba junto a ella, tratando de que depositara un poco de ese dolor en mí, tratando de aliviarla.

Al pasar diez días se levantó, se metió a bañar y al salir se quedó mirándose en el espejo bastante tiempo, sin sonreír, sin emitir ningún gesto. Luego se levantó y en un ataque de rabia arrancó todas las fotos de las paredes, abrió el closet y saco toda la ropa, aventándola al suelo, desesperada. Se puso un vestido negro, se pintó los labios de rojo intenso y se fue.

Esa noche, al volver, se acostó junto a mí en la cama, demandándome mimos y atención ¿sería que todo volvería a ser como antes? Me tomó entre sus brazos y me dijo al oído “ojalá los hombres pudieran ser como tú”. Pasamos la noche juntos, acurrucados, como antes de que conociera a ese cabrón.

A primera hora en la mañana, nos despertaron unas sirenas. Carolina se levantó temblando, podía notar sus ganas de llorar, pero las estaba conteniendo. Se miró unos instantes en el espejo y caminó hacia la puerta, había alguien del otro lado tocando el timbre con desesperación, el ruido de las sirenas seguía.  Antes de abrir se agachó, me abrazó y me dio un beso. Salió cerrando la puerta y poco a poco las sirenas se fueron desvaneciendo hasta dejar de sonar. Ella no regresó.

A veces escucho las sirenas y me emociono pensando que será ella, a veces alguna que otra brisa me recuerda su olor. Desde que se fue no valgo nada, sólo pienso en ella, me lamento y espero el día en que podamos estar juntos, sólo deseo volver a estar a su lado.

Libertad

Salí del juzgado y me fui directo a casa, con mis hijos. Los abracé y me encerré en mi cuarto para poder llorar. Me sentía libre, completa, a pesar de todo lo que acababa de perder.

 Conocí a Gerardo un domingo, saliendo de misa. Yo iba andando de la mano de mi padre y él se acercó a saludarle. Desde ese momento me hice suya en sus ojos.  Un par de años después nos casamos en esa misma iglesia y me trajo a vivir a la ciudad de México.

A mí me enseñaron que un matrimonio, es para siempre. Al casarte juras ante Dios y ante todos los presentes que vas a estar con esa persona hasta que la muerte los separe. Pero ninguno de ellos, ni siquiera tú, podría imaginar lo que semejante juramento significaría.

Junté toda la evidencia que tenía sobre la situación económica de Gerardo. Durante un año guardé todos los recibos, saqué copias de las escrituras de todas las propiedades, estados de cuenta, en fin… todo lo que pude encontrar para probar que vivíamos en una situación privilegiada y que a Gerardo le alcanzaba para que sus tres hijos y yo siguiéramos con nuestro mismo nivel de vida aunque él y yo nos divorciáramos. Lo puse todo en una caja y se lo entregué a mi abogada. Se quedó boquiabierta y me aseguró que ninguna mujer era tan inteligente, que nadie se preparaba tan bien, que teníamos el caso ganado.

En el pueblo, todos lo conocían por su carrera política. Al verlo yo sólo pude imaginar por su postura y su bigote bien tupido, que era un hombre que se daba a respetar, un hombre de poder.

Creo que en el pueblo, o al menos en mi familia, nos educaron para ser la esposa perfecta de un hombre de poder. Siempre arreglada, sumisa, amable, con la voz bajita y con millones de muletillas que sirven para manipular a cualquier hombre y conseguir lo que una desea. Aprendí a cocinar, a cocer, a saludar y a mantener la imagen ante todo. Y ahora que me estoy divorciando ¿De qué me sirven todas éstas habilidades?  Ojalá hubiera estudiado una carrera.

Cuando llegamos a la ciudad de México me sentí pequeña e insignificante por primera vez, me aferré del brazo de Gerardo y no me atrevía a andar por la ciudad sin él.

Él compró una casa enorme en alguna colonia muy privilegiada. Era de dos plantas y tenía cuartos como para que nos visitaran todas mis hermanas al mismo tiempo. Tenía un jardín enorme que rodeaba la casa y que se podía mirar desde el ventanal de la sala. Amaba esa casa, pero nada más salía y la ciudad me aplastaba, con sus millones de coches y camiones, con los semáforos, los vendedores, los mendigos y los millones de personas que estaban dando vueltas todo el día.

 Después de la primer semana desde que Gerardo se fue de la casa, era momento de que se llevara a los niños el fin de semana. Entró por ellos y su simple energía de “hombre poderoso” me aplastó. Cuando se fueron me sentí feliz y aliviada y agradecí nuevamente haber decidido divorciarme. ¡Qué feliz era sin él!

Llamé a Mónica para ver si quería venir a la casa a tomarse un café o salir a algún lado, ella me dijo que iba a ir al cine con Anuar y los niños. Se me olvidaba que mis amigas siguen casadas. Así que llamé a Griselda, ella nunca se había casado, seguro podía instruirme en mi nueva vida de soltera.  Fuimos por un café y entre la plática me convenció de salir a bailar con ella en la noche ¿Qué podía perder?

Fuimos a un lugar que ella afirmaba que era el que estaba más de moda. Cuando llegué, vi a Griselda y me sorprendió ¿Cómo se atrevía a vestirse así? Traía una blusa escotada de la espalda, sin sostén y con unos jeans tan pegados que parecían la piel misma. Bebimos unos tequilas, platicamos con muchos hombres y bailamos toda la noche. Fui una adolescente por primera vez.

Cuando nació Margarita supe que mi lugar en el mundo era detrás de ella, cuidándola. Que no había ser más hermoso en el mundo que esa chiquita que sostenía en mis brazos, que no existía ningún otro amor más grande o poderoso. Después nacieron Gerardito y Tomás y ese amor se multiplicó por tres.

 Todos los días jugábamos en el jardín. A mí no me importaba ensuciarme con tal de escuchar sus risas y verlos sonreír. Después comíamos los cuatro juntos y a veces, los sacaba con la nana y el chofer a ver una película en el cine o los llevaba a Coyoacán por un helado. Margarita siempre quería que le comprara un reguilete. Llegaba corriendo a la casa y lo plantaba en la maceta de la ventana, así los fue coleccionando.

En las noches llegaba Gerardo de trabajar y la cena tenía que estar lista y servida justo en ese momento. Yo me sentaba a su lado y le acariciaba el brazo mientras él comía y veía las noticias en el televisor.

Todo parecía perfecto, como un cuento.

 Un día me cansé de estar sola en la casa. Los niños se iban todo el día a la escuela y después el chofer se los llevaba a sus respectivas clases de ballet, pintura y fútbol. Gerardo no llegaba hasta la noche y yo me quedaba sin qué hacer en esa enorme casa, todo el día. Tuve que perderle el miedo a la ciudad. Le pedí al chofer que me la enseñara, él me llevó en el coche por cada barrio hasta que me los aprendí . Después le pedí que me enseñara a manejar y a tomar el transporte público para llegar al centro.

Faltaban algunos minutos para que llegaran mis hijos de ver a Gerardo. Saqué las galletas del horno y serví tres vasos de leche con chocolate. Nunca me había separado tanto tiempo de ellos. Entraron a la casa y Margarita se subió corriendo y se encerró en su cuarto sin saludar. Me le quedé viendo a Tomás y a Gerardito exigiendo una explicación, pero ellos no me miraban a los ojos. Subí al cuarto de Margarita e intenté hablar con ella, pero se escondió debajo de las sábanas negándose a responderme. Volví a bajar y los niños ya estaban comiéndose las galletas “¿qué tiene su hermana?” les pregunté exigente “está triste porque dice mi papá que lo corriste de la casa” contestó Tomás.

Sentí un golpe en el estómago. ¡¿Que lo corrí de la casa?! Seguro el cabrón no les dijo por qué.

 Uno jura amor por siempre, pero junto a ese juramento deberían haber ciertas cláusulas, porque la verdad es que el amor se muere, hay detalles que lo rompen lentamente y si no encuentras la forma de repararlo, el amor se muere cada día más, hasta convertirse en asco, odio y desprecio. Y entonces, si el amor no duró por siempre ¿Por qué el matrimonio habría de hacerlo?

 Estábamos jugando en el jardín cuando escuché el coche de Gerardo entrar a la casa. Me levanté del pasto y los niños y yo corrimos a recibirlo. Él abrazó y besó a cada uno de sus hijos y yo esperé mi turno para abalanzarme entre sus brazos, pero él me empujó “¡No me toques! Estás toda sucia” dijo con desprecio, alejándome de él. Se sacudió la ropa y sin mirarme le pidió a la muchacha su cena.

Le expliqué a mis hijos en todos los tonos que su papá y yo ya no nos queríamos, que nos peleábamos mucho y que para ser felices teníamos que estar separados. Que él iba a ser siempre su padre y yo su madre, y que para los dos, no había nada más importante que ellos y pasara lo que pasara siempre iba a ser así.

 Nos fuimos al pueblo por el cumpleaños de mi hermana, la más pequeña. Cuando llegamos a la casa de mis padres, mis hermanas corrieron a abrazarnos a mí y a los niños. Mi papá no se levantó de la mecedora y no apagó el televisor. Le di un abrazo que no fue correspondido y mi madre nos gritó a todas que la comida estaba servida, que nos sentáramos.

Cuando los niños se subieron a dormir empezó el tema incómodo “ya hermana, regresa con él, perdónalo, es un buen hombre” decían todas mis hermanas. Mi madre lloraba y me suplicaba que no me divorciara, que no estaba bien visto, que qué iba a decir Dios. Mi padre no me dirigió la palabra en todo el fin de semana.

 Entendí que no contaba con su apoyo. Que la peor vergüenza y deshonor para una mujer de pueblo como yo era fallar como esposa. ¿Y mi felicidad? ¿Por qué sacrificarla para mantener una imagen? Nunca me enseñaron que el matrimonio también podía ser un infierno, nunca me leyeron las letras pequeñas del contrato.

 Al regresar del pueblo tenía cita en el juzgado. Mi abogada y el abogado de Gerardo discutían levantando la voz. Gerardo no quería darme ni un peso y quería quitarme la custodia de los niños. Al salir del juzgado mi abogada me tranquilizó, me dijo que era cuestión de tiempo para que Gerardo accediera, que los niños iban a testificar y que era casi imposible que me los quitaran, que siempre le dan prioridad a la madre.

Llegué a la casa después de una tarde de compras con Mónica, Gerardo ya estaba ahí, se me había hecho tarde. Me estaba esperando disgustado en la cama. ”¿Dónde estabas?” Dijo, retorciendo el bigote “Fui con Moni a comprar unas cosas para los niños y se me hizo tarde”  “¿Por qué no te llevaste al chofer y desde cuándo sabes manejar?” me preguntó enojado, no entendía por que manejar era algo malo. Se levantó de la cama y se acercó a mí. Me tomó del pelo y jalándolo me dijo con los dientes apretados “Tú no sales de ésta casa sin que yo me entere, tienes prohibido salir sin el chofer y éstas no son horas de llegar” le quité la mano de mi pelo y lo empujé con mi poca fuerza “¿Quién eres tú para decir lo que tengo que hacer? ” dije entre llantos. Él me empujó en la cama, me rompió el vestido y mientras me violaba me dijo “tú eres mi esposa y haces lo que yo digo”. Ningún grito pudo detenerlo.

 Al siguiente fin de semana que Gerardo se llevó a los niños volví a salir con Griselda. Ésta vez estrené un vestido de esos que había visto en tantas revistas y que jamás imaginé ponerme. Esa noche me llevé un hombre a casa. No me importaba ni su nombre, ni sus condiciones, sólo quería sentir unas manos que no fueran las de Gerardo, sólo quería gozar como no había gozado en años.

Recibí una llamada de la abogada, por alguna extraña razón la custodia de mis hijos estaba en juego, algo había salido mal cuando ellos testificaron. Fui corriendo al despacho y la abogada me entregó una copia de la declaración de mis hijos, me recomendó que la leyera estando en casa y que me preparara. Habían dicho los tres que yo los golpeaba, que era una mala madre, que me la pasaba de fiesta, que nunca les preparaba el almuerzo, que nunca estaba en la casa y no sé cuantas mentiras más. Me partí en dos. ¿Cómo pudieron haber dicho eso de mi? Si les he dedicado mi vida entera. Gerardo los había manipulado.

El infierno se hacía cada vez más grande. Se rumoraba que Gerardo tenía a más mujeres y yo no podía más que desear que me dejara y se fuera con una de ellas. Todas las noches me ponía la más falsa de las sonrisas y lo acompañaba a cenar, se me retorcían hasta las tripas cuando lo veía. Lo único que me salvaba de la locura eran mis hijos. Margarita sacaba puro 10 en la escuela y su colección de reguiletes ahora había invadido las demás ventanas de la casa a pesar de que ya era una adolescente. A Tomás le había dado por contar chistes y nos tenía riendo a todos todo el día. “Ves amiga, tú piensa en tus hijos, así todo vale la pena” me decía Mónica cuando nos juntábamos a tomar café y yo me quejaba de mi infierno con Gerardo.

Mientras los niños iban a la escuela le pedí al chofer que me llevara a tomar un café a Coyoacán, era mi lugar favorito, me recordaba a mi pueblo. Me llevé un libro para no verme tan sola. Escuché a dos amigas que estaban sentadas en la mesa de junto, una de ellas se acababa de divorciar. “ay amiga, de verdad estoy tan tranquila sin los gritos de ese hombre. No sabes lo bien que se siente llegar a la casa y saber que él no va a estar ahí. Los niños están un poco tristones, pero estoy segura de que es algo pasajero” dijo con una sonrisa y pude notar la calma en su mirada. Ahí me entró el gusanito ¿Y si me divorcio? Comencé a pensar todos los días, cuando Gerardo se iba y yo me miraba en el espejo tratando de imaginar la vida sin él, cuando llegaba a la casa, cuando me cogía como masturbándose, cuando él dormía roncando como cerdo a mi lado mientras yo me aprisionaba en un insoportable insomnio.

  La primera vez que Gerardo me golpeó fui a la iglesia. Lloraba y le suplicaba a Dios que me diera una respuesta. El padre se acercó a mí y cuando le platiqué mi situación con Gerardo me dijo que el matrimonio era algo sagrado, que era un juramento de protegerse y amarse para toda la vida, pero que principalmente había que aceptarse. Me recomendó que hablara con Gerardo, que pusiera todo mi empeño en arreglar las cosas.

Y eso hice. Traté con todas mis fuerzas de agradarle de nuevo, de recuperar esa mirada con la que me veía cuando nos casamos, o cuando nació Margarita. Traté de verlo como ese hombre misterioso y atractivo que me robó de mi casa, traté de seguir todas sus reglas y de no disgustarlo. Más no lo logré. Él ya ni me miraba. Sólo me cogía cuando estaba caliente y se quedaba dormido al segundo, sin preocuparse por lo que yo sentía…. O no sentía.

Estaba lloviendo y yo salí al jardín. Quería que la lluvia me limpiara la desesperación, el odio, el vacío tan grande que sentía. Quería que me partiera un rayo y que la tierra me tragara. No quería vivir un día más así, no podía. Estallé en llantos y gritos y Gerardo salió a callarme con una bofetada. Ahí le dije que quería divorciarme.

 Al día siguiente el chofer tenía prohibido llevarme a cualquier sitio o dejarme salir de la casa, mis tarjetas estaban canceladas y no encontré llaves de la casa. estaba atrapada.

Le marqué a la abogada que me había recomendado Anuar, el esposo de Mónica y le platiqué mi situación. Ella me dijo que tenía que demostrar que Gerardo me maltrataba y que era millonario, que si no, debía de buscar un trabajo. Pero yo no sabía trabajar, no sabía hacer nada.

Así que aguanté. Un año completo me aguanté. Un año mordí la colcha para no estallar en llanto. Un año enterré mis uñas en las palmas de las manos para no matar a Gerardo. Un año soñé con mi libertad y un nuevo comienzo para mis hijos y para mí, donde los cuatro pudiéramos ser felices. Y me escabullí entre los papeles de su oficina, y lo miré con detenimiento, y guardé todos y cada uno de los papeles que necesitaba para divorciarme. Hasta que lo logré. Armé mi caso y cuando Gerardo menos se lo esperaba, ataqué. Segura de que éste era el cielo, convencida de que hasta Dios me apoyaba con esto.

 Nunca fue a un partido de futbol de Gerardito, ni a ningún recital de ballet de Margarita, ni volteó a ver las pinturas de Tomás que yo había colgado por toda la casa. Sólo llegaba y les gritaba que se callaran y se fueran a dormir, no quería escuchar ni sus vocecitas. Nunca los arropó o les leyó un cuento antes de dormir. No sé cómo lo pueden querer ¿Será acaso que se puede querer a alguien por instrucción, por simple jerarquía? Y ahora que nos vamos a divorciar, ahora sí le interesan sus hijos. Quiere quitármelos sólo para destruirme.

 Mandé a los niños a casa de Mónica a pasar la noche. Esperé a Gerardo en la sala, con la luz prendida. Él entró, y por más que se me retorcieron las tripas no pude borrar la sonrisa de mi cara. “¿Y ahora qué te traes?” le entregué la orden de desalojo y la petición del divorcio. Él estalló en carcajadas. “Lárgate o llamo a la policía” le dije con toda la ira que había albergado en mi cuerpo durante años “¿Eso es lo que quieres? ¿Crees que una pobre buena para nada como tú puede estar sola? Te vas a arrepentir, escúchame bien, te vas a arrepentir de esto” Me dijo y se salió de la casa.

 La abogada llevaba una semana sin devolverme las llamadas y yo tenía cita en el juzgado. Me presenté sin saber lo que pasaba. Cuando entré a la sala Gerardo me miró con una sonrisa satisfecha, se me erizó la piel. El juez dictó la conclusión del divorcio. La custodia de los tres niños había sido otorgada a Gerardo y a mí me habían dado una pensión de dos mil pesos al mes durante un periodo de medio año. Todo estaba perdido. Gerardo había comprado a mi abogada y ella no había presentado las pruebas.

No pude más que preguntarme un millón de cosas,  pero ninguna de las preguntas tenía respuesta. No sabía que pasaría con mis hijos. Si Gerardo era capaz de comprar a mi abogada y quitarme a los niños, probablemente no los volvería a ver. Sin dinero y sin poder me quedé sin herramientas para defenderme. Me había quitado lo único que era, madre de tres niños. Sin ellos no soy nada. Me pregunté también qué tanto era yo para ellos. Si fueron capaces, al igual que mi abogada, de dejarse comprar y testificar en mi contra. Tal vez podían prescindir de mí, tal vez hasta les iría mejor. Sin dinero no tengo nada que ofrecerles. Mi familia ya me había dado la espalda y la mayor parte de mis amigas eran esposas de los amigos de Gerardo. Esa persona que salió del pueblo, la que tenía mi nombre, acababa de morir. Esa mujer tan pequeña, agarrada del brazo de Gerardo, que en algún momento se sintió tan grande y fuerte como para querer soltarlo, se había muerto, toda yo, toda mi historia se había terminado. Por primera vez estaba sola. Sin pasado, sin presente, con un futuro incierto. Sin nadie en quién refugiarme o esconderme. había alcanzado lo que siempre deseé a escondidas, la libertad, sin saber el verdadero significado de ésta.

5 etapas de ti.

NEGACIÓN

 

Pasaron los días y yo seguí esperando el momento para romperme. Pero no lo conseguí. Tu partida fue casi indetectable porque la vida siguió como si nada. Tu ausencia fue una capa que me protegió de sentir, evitando que me derrumbara. Y el sol siguió saliendo y el tiempo siguió corriendo frente a mí, sin tocarme, sin cambiarme. Me quedé estancada.

Una barrera de soledad cubrió mi cuerpo, no pude dejar escapar ni una lágrima. Pensarte era normal, no provocaba nada. Era como si no te hubieras ido porque no podía ni extrañarte. Tal vez fueron los estragos que dejó tu presencia, dejaste tu huella en todas partes, en mis manos, en mis ojos y en mi forma de pensar. tal vez estás tan dentro de mí que sigues aquí, tal vez es la vana certeza de que te sigo teniendo lo que me evita sufrir.

IRA

A que te hace muy feliz saber lo mucho que me jodiste. A que dejas escapar una sonrisa cada vez que piensas en todas las veces que te he invocado junto a la ventana.

Apuesto a que se te levanta el ego al saberme tan perdida, tan atorada, vagando entre sus manos y las del otro sin poder olvidarte.

Haz de reírte de saber que mi corazón se encuentra pasmado, sin morir, sin latir de nuevo. De saber que mi vida completa es una redundancia, que cada pensamiento empieza en ti, tratando de escaparte y acaba en ti de nuevo. Y es que te fuiste sin llevarte nada, pero cuántas cosas dejaste. Me transformaste, te encargaste de que fuera imposible olvidarte.

ANSIEDAD

Un ataque de pánico más, otro experimento fallido. Otra vez mis ganas de escapar. Más conversaciones vacías que me hacen extrañarte, demasiada adrenalina corriendo por mi sangre, intentando distraerme, intentando levantarme.

Y el olvido que me persigue, que intenta reemplazarme, con ella, con la que hoy te hace sonreír. Mis ganas de buscarte, de aferrarme a la punta de tus dedos, a la orilla de cada mirada, no vayas a soltarme.

Y luego salgo corriendo, en dirección opuesta, a opacarte con un trago o dos, a distraerme con uno o dos, pero tu recuerdo siempre termina por alcanzarme y me llena de miedo, porque lo sé, lo siento… después de ti, ningún cielo será suficiente.

DOLOR

Como un abismo que se convirtió en mi realidad llegó tu ausencia, desatando mi locura de extrañarte, quitando todo lo agradable, opacando hasta mi risa.

Como fuego que nace desde mis entrañas y arrasa con todo lo que queda de mí, convirtiéndome en nada. Ahogándome con hubieras y otros sinsentidos, que se revuelcan en cada pensamiento, llenándome de culpa, de remordimiento.

y mátame, mátame de una vez, si no vas a volver, si éste es el final. si no logro olvidarte ¿lo es?

ACEPTACIÓN

Casi pude escuchar al mar al ver el cielo tan lleno de estrellas. Que mirar el cielo, es mirar el pasado, es recordarte.

Me duelen todas las cosas que quiero decirte y se pierden con la distancia. Me duele saber que eres sólo un recuerdo.

El amor es lo que queda después del olvido, es ese fragmento que sobrevive al luto completo. Eso que queda después de odiarte y de llorarte, lo que sobrevive a través del tiempo.

Porque el tiempo no borra los sentimientos, ni los recuerdos. No borra nada, no sana nada. Acomoda lo que estaba, lo que queda y lo que está, formando una armonía. Sanando cada herida y componiendo cada parte hasta formar un todo, un todo que incluye eso que dejaste y que estará en mí por siempre, un todo que me permite recordarte sin buscarte, sin extrañarte.

Eso que llamábamos Felicidad

Aún recuerdo como se sentía. Como una brisa cálida que lejos de erizar la piel, la abrigaba. Como las manecillas del reloj desapareciendo, haciendo del tiempo pequeños instantes que parecían algo eterno. Aún recuerdo el calor del sol y todos los colores, los aromas y las pequeñas certezas que llenaban el alma de tranquilidad. Los mañanas seguros y la incertidumbre del futuro menos temerosa.

Todavía recuerdo esas largas caminatas sin dirección alguna, tomados de la mano, donde cualquier lugar parecía un paisaje. Nuestra habilidad para matar el tiempo, tu respiración profunda, uno que otro ronquido que me arrullaba y la luna de fondo.

Recuerdo los rayos del sol que hacían aparecer destellos dorados en tu cabello y líneas verdes y amarillas en tus ojos, recuerdo como mi mente se pasmaba mientras te observaba y el magnetismo que unía a mis manos con tu piel.

La tranquilidad de no buscar, como si lo tuviéramos todo. La sensación de poseer todas las respuestas y carecer de dudas. La inercia de hacer las cosas sólo por hacerlas. El ambiente estancado en una bola de cristal, donde no había nada más, porque nada más faltaba, la perfección. Recuerdo disfrutar.

Hasta que empezamos a verle cara de celda, y por más que la adornamos no volvió a sentirse igual. El tiempo se frustró y comenzaron las preguntas, la ansiedad. Se soltaron nuestras manos y salimos a buscar lo que ya teníamos, pero que en algún punto nos llegó a estorbar.

Porque eso que buscamos todos los hombres, va en contra de nuestra humanidad. Porque es indefinible y no lo vemos hasta que ya no está. Porque sería imposible detener el cambio, por más relativo que éste sea, porque no depende de nosotros. Porque nuestra necesidad se inclina más hacia buscar que hacia haber encontrado, porque si fueras algo eterno, no serías tan especial.

Recuerdo cuando los recuerdos no eran más que eso, hasta que los cargamos con conceptos y comparativos que lograron distorsionarlos. Recuerdo tu recuerdo, que ha cambiado. Porque lo que hoy recuerdo de ti, no es lo que eres ni lo que eras en ese entonces, es un fragmento distorsionado de la felicidad que algún día encontramos, de la felicidad que soltamos.

Aún tengo tu recuerdo, tengo el mío y el de lo que fuimos, Aún recuerdo eso que llamábamos felicidad.

El Culpable

Te soñé de nuevo. Y ni siquiera entiendo por qué. Sé que no eres el motivo de mi crisis, pero la verdad desde que no estamos juntos me he sentido muy perdida. Estoy como en un limbo, sin saber cual es el camino, entonces los cojo todos al mismo tiempo y luego me arrepiento y regreso a donde comencé, huyendo de mis propias acciones, siendo incapaz de tomar decisiones.

Lo estuve evitando toda la semana, hasta que explotó y me citó en un café para hablar.
Cuando nos encontramos él estaba muy nervioso, yo no podía ni mirarlo a los ojos. No sé en que punto me volví tan evasiva.

– No entiendo ¿Qué hice? Después de la noche que tuvimos el sábado pensé que todo estaba bien, pero te has comportado muy extraña toda la semana ¿Por qué me estás evitando? – me dijo, tratando de ocultar su desesperación.

El problema es que no sé que quiero, sé que estoy buscando algo, pero no sé qué y mientras lo busco he encontrado millones de cosas que no son respuesta a nada.

Lo conocí una semana antes, en una fiesta. Platicamos un poco de todo y la verdad la pasé bien, me pareció muy agradable y atractivo.
Hablamos toda la semana hasta que nos volvimos a encontrar el sábado.

El otro problema es que no sé poner límites, creo que es porque me aburren un poco. Debí ver en su mirada que se estaba enamorando, debí protegerlo y evitarme ésta situación tan incómoda.
No es que sea incapaz de enamorarme, tú mejor que nadie lo sabes, pero sigo sin lograrlo.

Platicamos mientras tomábamos cervezas y después caminamos por el malecón junto a la playa. Yo estaba un poco borracha, una cosa llevó a la otra y terminamos en mi casa.
Mientras él dormía hubo un momento en el que me sentí enamorada. Sus pies estaban entrelazados con los míos y su cuerpo se aferraba a mí con ansiedad, como si yo fuera lo único frenando una inminente caída. Pasee mis dedos por su espalda y su cabello, sintiendo que todo era perfecto hasta que me quedé dormida. Siempre recordaré ese momento.

A la mañana siguiente mi amor había muerto. No sabía ni cómo correrlo de mi casa, le hice de desayunar esperando que después se largara, pero no lo hizo. Así que me inventé un par de compromisos para que se marchara.

Cuando al fin estuve sola, entré a mi cuarto y su olor impregnado me repugnó. Abrí las ventanas y eché a lavar las sábanas como queriendo borrar más que eso.

Recuerdo cuando tú dormías aquí. Te levantabas y te marchabas temprano, siempre quería que te quedaras más tiempo. Te acompañaba a la puerta y me volvía a acostar. Aprovechando cada segundo en el que tu olor emanaba de la almohada. Olía mis brazos también impregnados con tu aroma y me sentía completa, en paz, sabiéndote parte de mí.

Mis amigas dicen que soy una culera, que siempre acabo por maltratar a las personas por mi falta de claridad. Pero no es así, sólo me falta enamorarme, como de ti. Pero lo he hecho otra vez. Me metí en un camino que sabía que no iba a ningún lado, pareciera que sólo me gusta andar dejando huellas. Y repito y repito éste mismo cuento que tanto me molesta, sólo le cambio el nombre a los personajes.

El tercer problema es que tengo la mente demasiado abierta. Me jodiste con nuestras pláticas de la relatividad y ahora todo me parece aceptable e indefinible. No tengo filtros y he perdido mi habilidad para comprometerme. El conocimiento empírico se ha vuelto mi única forma de aprender y me la paso metiéndome en cosas nada más para ver cómo se sienten, cómo funcionan, respondiendo enigmas que no me corresponden. Generando víctimas por mi simple necesidad de respuestas que al final me parecen absurdas.

Sólo quiero aterrizarme, me resulta muy pesado andar vagando por la vida con la adrenalina como motor, necesito un ancla, un algo que me haga detener todo esto. Necesito tus palabras de razón y que con tu escepticismo me obligues a tomar el papel de ingenua creyente porque ya nada me parece verdadero.

A veces creo que jodí las cosas, que nunca debí de dejarte ir, o más bien, nunca debí de haberme ido. Sé que no voy a encontrar a nadie como tú y antes solía pensar que eso era algo bueno. Pero sigo soñándote, como si fueras la respuesta a todas las situaciones incómodas en las que me meto. A veces creo que más que la respuesta, sólo eres el culpable.

CODA

Escuché la cerradura de la puerta, corrí a apagar la luz y me metí en la cama. No quería enfrentar a Arturo ¿Qué le iba a decir? cuando entró al cuarto cerré los ojos fingiendo estar dormida, él entró tratando de no hacer ruido y sin prender la luz. Se quitó los zapatos y los botó en algún lugar cerca de la cama, después se desvistió, acomodó la ropa sucia en la silla del tocador y se acostó junto a mí.

Lleva un mes y medio sin oler a alcohol, sin embargo no se siente como algo afortunado. Escuché su respiración hasta que se volvió profunda, así supe que estaba dormido y me levanté, sin hacer ruido. Ya no soporto tenerlo cerca. Entré al estudio y cerré la puerta. El estudio se ha convertido en mi guarida cuando Arturo está en la casa, las paredes son gruesas y él no escucha el tecleo en la computadora o el rasgar del lápiz y así puedo existir, a escondidas.

No puedo explicarme lo que está pasando. Por fin Arturo está haciendo todo bien, llega relativamente temprano de trabajar, no sale de “viajes de negocios”, me lleva a todas las reuniones de la oficina, le ha quitado la clave a su celular y lleva un mes y medio sin tomar. Pero no me siento bien, no me la creo, hay algo muerto en mí. ¿Será acaso que extraño la adrenalina? Esas noches enteras pegada al teléfono, con los ojos en la puerta y fumando un cigarro tras otro hasta que él llegaba, enojado, apestando a alcohol y mala muerte. ¿Será que extraño la incertidumbre? Todas esas veces que no contestaba el teléfono o cuando se escondía para responder una llamada. ¿Qué me pasa?

Lidiar con la adicción de Arturo me destruyó por completo, mi espíritu no tiene identidad y mi alma está por completo fatigada. Hay que saber que una adicción va mucho más allá de la dependencia a cierta sustancia. Un adicto no sólo consume, miente, se esconde, evade, niega y tiene millones de conductas inapropiadas que destruyen a las personas a su alrededor, pero principalmente a ellos mismos.

Estaba lloviendo y era domingo la última vez que peleamos. Llevaba dos días sin saber de él y la ansiedad me estaba haciendo mierda. No podía más que tomar café y fumar porque si comía algo instantáneamente lo vomitaba. No podía cerrar los ojos, leer, ver la tele o distraerme con nada, sólo podía pensar en los distintos escenarios que explicaban la ausencia de Arturo y todos me llenaban de sentimientos altamente destructivos. Podía imaginármelo perfecto en la playa con una vieja, disfrutando, escuchaba su risa y me imaginaba sus manos paseándose por el cuerpo de esa extraña y me entraban ganas de incendiar la casa. Tal vez había muerto, por manejar ebrio, había chocado y se había desfigurado la cara y por eso nadie me había avisado. O estaba con su otra esposa, seguramente tenía otra familia con tres hijos hermosos que salieron con sus ojos y su sonrisa. Total, entre una fantasía y otra no pude más. Agarré la maleta más grande que encontré y empecé a empacar todas mis cosas. Por supuesto empecé con la ropa, pero en algún punto entre el vestido que usé en nuestro primer aniversario y las pantuflas que me regaló cuando estaba enferma empecé a sentirme más loca y dejé de empacar. Tendría que irme sin nada, porque todo lo que soy y todo lo que tengo me recuerda a él.

Se me acabaron los cigarros y salí a la tienda de la esquina a comprar más. Cuando iba de regreso lo vi merodeando por la puerta de la casa decidiéndose a entrar. No supe que hacer, quería destrozarlo, abrazarlo y besarlo, arrancarle la ropa, escupirle millones de insultos y soltarme a llorar. Me escondí atrás de un coche y esperé a que él entrara. Necesitaba prepararme para enfrentarlo.
Cuando al fin me armé de valor entré a la casa y él estaba sentado en la cama, llorando, se había aferrado a las pocas cosas que logré empacar. Me miró a los ojos y con la voz ahogada me dijo “No te vayas, no me dejes”. Eso me molestó en exceso ¿Cómo chingados me pide que no lo deje? ¿Acaso quiere que lo aguante toda la vida? ¿No le molesta hacerme sufrir de ésta manera? Pero también, el verlo llorar, completamente desesperanzado, me partió en dos. Quería abrazarlo, protegerlo y asegurarme de que nada en el mundo lo hiciera sufrir. Así de pinche es el amor.

Ese es el problema con la ambigüedad de sentimientos, ¿Cómo decidir a cuál seguir? Definitivamente no podía mezclar mi ira con las ganas de cuidar a Arturo ¿y cómo encontrar un sentimiento intermedio? ¿Cómo encontrar una reacción que no traicione a ninguno de mis dos sentimientos?

Me le quedé viendo, inmóvil. Mi cuerpo temblaba y las lágrimas brotaban sin parar. No pude emitir ningún sonido, ni hacer ninguna seña o decir palabras. Estoy segura de que la intención de mi mirada cambiaba cada tres instantes. Él se empezó a estresar, tampoco sabía qué hacer.
– ¿Dónde estabas? – le dije al fin con la poca congruencia que encontré entre mi cagadero emocional.
– Tuve que ir a firmar unos contratos a Querétaro, pero perdí mi celular y no pude localizarte – me dijo. Sus ojos brincaban por todas partes. Estaba mintiendo.
– ¿Y por qué apestas a alcohol, por qué no me avisaste? – le pregunté, sentenciándolo, con toda la frialdad de mi alma.
Él no tuvo respuesta alguna, volvió a estallar en llanto y la ira sobrepasó mi necesidad de cuidarlo. Le arrebaté las cosas que había agarrado y las volví a meter a la maleta, él gritaba y suplicaba y sacaba las cosas de la maleta mientras yo las seguía metiendo. Hasta que no pude más y hui al baño. Me encerré y no salí de ahí hasta el día siguiente.

Cuando salí él estaba inconsciente en el sillón frente a la tele con una botella de whisky en la mano. Llena de rabia lo desperté echándole una jarra de agua en la cara y me senté frente a él sin decir nada. Después de eso discutimos, o bueno, él discutió y me hizo un millón de promesas, como siempre, pero ésta vez no le creí. Acepté el acuerdo y todas sus promesas con la única expectativa de verlo fracasar y tener una razón concreta para dejarlo… Pero no fue así.

A partir de ese día Arturo ha sido otro. Al principio estaba como perro regañado, tratándome con pinzas. La primera semana, mientras yo fingía estar dormida, él agarraba todas nuestras fotos y empezaba a llorar. Podía imaginarme lo que sentía, culpa principalmente. Por dejarme sola tantas veces, en la mayoría de las fotos sólo salgo yo, esperándolo, en Navidad en casa de mi suegra, cuando él llegó después de las doce, en la boda de Ramón y en la de Adriana, en el bautizo de su sobrino y en la graduación de su prima. En el viaje a Grecia cuando se tuvo que regresar por un imprevisto, tuve que hacerme amiga de unas señoras y del guía de turistas para no aburrirme. Siempre sola, sin ninguna explicación, su vida para mí siempre fue un misterio.

Y ahora ya no sé qué hacer con él, pasa demasiado tiempo en la casa y siento que me asfixia, cada vez que hablamos me mira fijamente a los ojos, estos ya no bailan, él ya no miente. Conozco a cada uno de sus amigos de la oficina y hasta a la nueva secretaria que está bien pinche y fea. Siempre me contesta el celular y me avisa hasta cuando sale a comer con sus cuates.
Ahora que no está tomando ni escondiéndose de mí, ha encontrado millones de cosas saludables y recreativas que hacer. Se levanta a correr todos los días, come sano, dibuja y escribe. Todo eso genera nuevas formas de vincularme con él, pero no puedo, me da miedo, no sé vincularme con él si no es por medio del dolor. Siento que mi existencia ya no tiene sentido, me he vuelto irrelevante.

Como ya no toma, nunca se pone grosero o violento y jamás peleamos y no entiendo… ¿Por qué soy tan infeliz? ¡Ya tengo todo lo que quería! Si tan sólo hubiera sido así desde el principio… Pero no lo fue, y aun así estaba con él y éramos felices, a veces.
¿Será acaso que la adicta soy yo? al maltrato, a la adrenalina y la incertidumbre ¿Será que Arturo cambió demasiado tarde? ¿Qué sigue? ¿Qué debo hacer? Tal vez ahora debiera de ser yo la adicta, tal vez no soy feliz porque no sé cuánto va a durar ésta nueva actitud de Arturo, no confío en que dure para siempre.

Creo que la enferma soy yo, y no tengo ni puta idea de cómo curarme. Estoy atrapada en un cuento que se trata de Arturo, de su adicción y de como ha logrado sobrepasarla. Su vida es ese infierno que todos mencionan y conocen, ¿pero que hay del infierno que estoy viviendo yo? nadie explica que pasa con los codependientes cuando sana su adicto. Tal vez deba de dejar a Arturo e irme con otro adicto, tal vez deba orillarlo a que vuelva a tomar, tal vez es cosa de que me acostumbre, tal vez es cuestión de tiempo y volveré a enamorarme de él, tal vez necesito confiar o… tal vez necesito encontrar algo nuevo que me haga sufrir.

trascendencia

– ¿Y si salen positivos? –

Logró preguntar mi conciencia a pesar de mi intento constante de callarla. Sentí como el panorama se volvía negro. Se cerraron todos los caminos, no había más. ¿Qué seguiría? ¿Qué sería de mi vida?

Nunca he encontrado el verdadero sentido de la vida, supongo que después de filosofar, todos llegamos a la conclusión de que el fin último es trascender, pero.. ¿Qué es trascender? ¿Cuál es el real significado de trascendencia?

Trascender significa cruzar o rebasar algún tipo de límite. Pero si los límites no existen y son relativos e imaginarios, entonces cada quien tiene sus propios límites y el trayecto de la vida se convierte en el intento de cruzarlos. Me imagino que por eso, la mayoría de la gente, vincula la trascendencia con el ámbito profesional. Si trascender se resume a trazar tus propios límites, entonces todos trascenderíamos. Y si trascender dependiera de los límites establecidos por las demás personas, si tuviera una definición común, entonces nadie lo haría.

Tal vez el único límite real es la vida misma. Por eso Dios, por eso todas las religiones. Porque necesitamos creer que al cruzar el único límite real hay algo esperándonos, lo que le da dirección y sentido, lo que hace que todo el tiempo que pasamos vivos haya valido la pena. ¿Y si no hay Dios, habrá valido la pena?

No sé qué haría si resulto enferma. De por sí la vida es pesada, ahora tendría que recorrer el mundo con la etiqueta más pesada de todas, porque todos me etiquetarían, pero más importante aún YO me etiquetaría. Mi etiqueta sería más una jaula, en la que nadie puede entrar, nadie podría acercarse… una jaula que me alejaría del vínculo más importante que se puede establecer con otro ser. Sólo me quedaría esperar, deambular el mundo sintiendo como mi cuerpo se va haciendo cada vez más débil, convivir sin vincularme, esperar todos los días a que en cualquier momento ¡PUM! Todo se acabe, y no, no estoy dispuesta. A vivir cada día pensando que tal vez es el último, a esperar que el cuerpo deje de funcionar y convertirme en una carga para alguien.

La muerte es algo que todos tenemos presente y no. Sabemos que vamos a morir, mas al no saber la fecha exacta, asumimos que va a llegar después, cuando tengamos algo concreto, cuando hayamos recorrido un largo camino, cuando nos alcance la vejez. ¿Y si no? Deberíamos tener presente la posibilidad de que la muerte nos alcance antes. ¿Qué cambiaría? Por lo general no vivimos esperando morir. Tal vez debiéramos encontrar etapas de trascendencia, para poder trascender de alguna forma si morimos jóvenes, tal vez no debiéramos de hacer tantos planes, porque los planes posponen cosas, los planes dan por hecho que aun queda tiempo, los planes generan más planes y descartan muchos más, nos privamos de la vida, del día a día, por andar haciendo planes. Y generalmente los planes van dirigidos a cierta trascendencia. Planeamos trabajar 20 horas al día hasta lograr ser millonarios, planeamos casarnos y tener una familia, planeamos ser famosos, planeamos recorrer el mundo, escribir un libro, yo qué sé. ¿Y si lo lográramos? ¿Qué seguiría? ¿Qué trascendencia tienen en verdad estos planes? ¿eso es trascender?

No sé si estoy ciega y en verdad no puedo verlo, pero ésta “trascendencia”, éste “éxito” que la gente encuentra me parece vano.

He llegado al punto en el que me parece molesto hablar de la “relatividad”. Sí, todo es relativo. Es fácil escoger no ver, escoger llenarse, escoger creer. Pero mi mente está demasiado dañada, no creo que haya vuelta atrás. Ni siquiera puedo generar un nuevo plan ahora que todo me parece intrascendente.

Tal vez sería más trascendente estar enferma. Así al menos estaría fuera del estándar, así cualquier cosa que lograra sería un éxito por el simple hecho de lograrlo mientras estoy enferma. Tal vez, lejos de una jaula, es la mas grande libertad. Porque sabría que me voy a morir pronto, no tendría que hacer planes a largo plazo y podría simplemente dedicarme a lo que quisiera, no tendría que formar una familia y avergonzarme cuando me de cuenta de que no es feliz, no tendría que pertenecer a la sociedad, ni convivir, ni competir con todos los que buscan “trascender”. Tal vez debería suicidarme.

Una acción vale más que mil palabras. Cualquier cosa que pudiera decir, pensar y escribir valdría madres con el tiempo. Suicidarme sería la mejor protesta. Sí, sería decirle a las personas que me rodean que no son motivo suficiente. Sería descartar todas las posibilidades porque me parecen intrascendentes. Sería decir que cualquier futuro no es mejor a ningún futuro. El suicidio no es más que cansarte de la búsqueda, asquearte de el modo en que hay que vivir. Es no querer luchar por implementar lo que quieres o lo que crees, es no querer nada.

Si me suicidara tendría que hablar con mis padres, explicarles que, a pesar de todo su trabajo y dedicación, la vida no me parece suficiente. Explicarles que simplemente me rehuso a terminar como cualquiera de ellos, o como mis abuelos, o como los maestros, vecinos y amigos. Que sus vidas me repugnan. Que me parece que son más las molestias que las ganancias en cualquier posible camino que pudiera tomar. Que es mi vida y por ende soy libre de decidir si quiero terminar con ella. Y que no hay nada que puedan hacer al respecto.

Y si me suicido, ¿a dónde voy a llegar? me pregunto si Dios estará ahí para juzgarme, tal vez me pida perdón. Definitivamente no merecía esto, no merecía estar enferma. Tal vez me lleven al infierno por atreverme a tomar el límite de la vida en mis manos. Tal vez muera y me tope con un gran y enorme vacío, con nada, sin dioses ni paraísos, sin infierno.

Tal vez el único paraíso es la muerte. La libertad de romper con los grilletes, con la sociedad, con las etiquetas y las expectativas que vienen con la vida misma. Romper con todo.

– García Sandoval Ana – dijo la enfermera sosteniendo un sobre en sus manos

¿Y si no estoy enferma, qué cambia?