trascendencia

– ¿Y si salen positivos? –

Logró preguntar mi conciencia a pesar de mi intento constante de callarla. Sentí como el panorama se volvía negro. Se cerraron todos los caminos, no había más. ¿Qué seguiría? ¿Qué sería de mi vida?

Nunca he encontrado el verdadero sentido de la vida, supongo que después de filosofar, todos llegamos a la conclusión de que el fin último es trascender, pero.. ¿Qué es trascender? ¿Cuál es el real significado de trascendencia?

Trascender significa cruzar o rebasar algún tipo de límite. Pero si los límites no existen y son relativos e imaginarios, entonces cada quien tiene sus propios límites y el trayecto de la vida se convierte en el intento de cruzarlos. Me imagino que por eso, la mayoría de la gente, vincula la trascendencia con el ámbito profesional. Si trascender se resume a trazar tus propios límites, entonces todos trascenderíamos. Y si trascender dependiera de los límites establecidos por las demás personas, si tuviera una definición común, entonces nadie lo haría.

Tal vez el único límite real es la vida misma. Por eso Dios, por eso todas las religiones. Porque necesitamos creer que al cruzar el único límite real hay algo esperándonos, lo que le da dirección y sentido, lo que hace que todo el tiempo que pasamos vivos haya valido la pena. ¿Y si no hay Dios, habrá valido la pena?

No sé qué haría si resulto enferma. De por sí la vida es pesada, ahora tendría que recorrer el mundo con la etiqueta más pesada de todas, porque todos me etiquetarían, pero más importante aún YO me etiquetaría. Mi etiqueta sería más una jaula, en la que nadie puede entrar, nadie podría acercarse… una jaula que me alejaría del vínculo más importante que se puede establecer con otro ser. Sólo me quedaría esperar, deambular el mundo sintiendo como mi cuerpo se va haciendo cada vez más débil, convivir sin vincularme, esperar todos los días a que en cualquier momento ¡PUM! Todo se acabe, y no, no estoy dispuesta. A vivir cada día pensando que tal vez es el último, a esperar que el cuerpo deje de funcionar y convertirme en una carga para alguien.

La muerte es algo que todos tenemos presente y no. Sabemos que vamos a morir, mas al no saber la fecha exacta, asumimos que va a llegar después, cuando tengamos algo concreto, cuando hayamos recorrido un largo camino, cuando nos alcance la vejez. ¿Y si no? Deberíamos tener presente la posibilidad de que la muerte nos alcance antes. ¿Qué cambiaría? Por lo general no vivimos esperando morir. Tal vez debiéramos encontrar etapas de trascendencia, para poder trascender de alguna forma si morimos jóvenes, tal vez no debiéramos de hacer tantos planes, porque los planes posponen cosas, los planes dan por hecho que aun queda tiempo, los planes generan más planes y descartan muchos más, nos privamos de la vida, del día a día, por andar haciendo planes. Y generalmente los planes van dirigidos a cierta trascendencia. Planeamos trabajar 20 horas al día hasta lograr ser millonarios, planeamos casarnos y tener una familia, planeamos ser famosos, planeamos recorrer el mundo, escribir un libro, yo qué sé. ¿Y si lo lográramos? ¿Qué seguiría? ¿Qué trascendencia tienen en verdad estos planes? ¿eso es trascender?

No sé si estoy ciega y en verdad no puedo verlo, pero ésta “trascendencia”, éste “éxito” que la gente encuentra me parece vano.

He llegado al punto en el que me parece molesto hablar de la “relatividad”. Sí, todo es relativo. Es fácil escoger no ver, escoger llenarse, escoger creer. Pero mi mente está demasiado dañada, no creo que haya vuelta atrás. Ni siquiera puedo generar un nuevo plan ahora que todo me parece intrascendente.

Tal vez sería más trascendente estar enferma. Así al menos estaría fuera del estándar, así cualquier cosa que lograra sería un éxito por el simple hecho de lograrlo mientras estoy enferma. Tal vez, lejos de una jaula, es la mas grande libertad. Porque sabría que me voy a morir pronto, no tendría que hacer planes a largo plazo y podría simplemente dedicarme a lo que quisiera, no tendría que formar una familia y avergonzarme cuando me de cuenta de que no es feliz, no tendría que pertenecer a la sociedad, ni convivir, ni competir con todos los que buscan “trascender”. Tal vez debería suicidarme.

Una acción vale más que mil palabras. Cualquier cosa que pudiera decir, pensar y escribir valdría madres con el tiempo. Suicidarme sería la mejor protesta. Sí, sería decirle a las personas que me rodean que no son motivo suficiente. Sería descartar todas las posibilidades porque me parecen intrascendentes. Sería decir que cualquier futuro no es mejor a ningún futuro. El suicidio no es más que cansarte de la búsqueda, asquearte de el modo en que hay que vivir. Es no querer luchar por implementar lo que quieres o lo que crees, es no querer nada.

Si me suicidara tendría que hablar con mis padres, explicarles que, a pesar de todo su trabajo y dedicación, la vida no me parece suficiente. Explicarles que simplemente me rehuso a terminar como cualquiera de ellos, o como mis abuelos, o como los maestros, vecinos y amigos. Que sus vidas me repugnan. Que me parece que son más las molestias que las ganancias en cualquier posible camino que pudiera tomar. Que es mi vida y por ende soy libre de decidir si quiero terminar con ella. Y que no hay nada que puedan hacer al respecto.

Y si me suicido, ¿a dónde voy a llegar? me pregunto si Dios estará ahí para juzgarme, tal vez me pida perdón. Definitivamente no merecía esto, no merecía estar enferma. Tal vez me lleven al infierno por atreverme a tomar el límite de la vida en mis manos. Tal vez muera y me tope con un gran y enorme vacío, con nada, sin dioses ni paraísos, sin infierno.

Tal vez el único paraíso es la muerte. La libertad de romper con los grilletes, con la sociedad, con las etiquetas y las expectativas que vienen con la vida misma. Romper con todo.

– García Sandoval Ana – dijo la enfermera sosteniendo un sobre en sus manos

¿Y si no estoy enferma, qué cambia?

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Raymundo, un hombre apenas adentrado en la tercera edad, vivía tranquilo y jovial, hasta que una noche cualquiera empezaron las pesadillas. La primer noche soñó que estaba navegando en el mar en un barco de papel. El sueño parecía bastante agradable, hasta que de pronto las olas se alborotaron y se tornaron de un color rojo intenso. Raymundo movía el volante del barco tratando de controlarlo, pero las olas eran demasiado fuertes. El barco acababa por volcarse y Raymundo se sumergía en esas olas rojas, de sangre.

Otra noche soñó que mientras iba a la tienda a comprar cigarros unos monstruos azules interrumpían su camino. Sin que él pudiera huir o defenderse lo secuestraban y lo metían en una nave espacial metálica la cual hacía miles de sonidos extraños y emitía luces que lastimaban a la vista. No entendía bien cual era el fin del secuestro, sólo sabía que esa extraña nave lo llevaría lejos de la tierra.

Unas semanas más tarde soñó de nuevo. Ésta vez se trataba de miles de máquinas de distintos tamaños que lo perseguían por toda la ciudad hasta atraparlo y rodearlo de cables y enchufes que no le permitían moverse ni escapar.

Raymundo cada vez que tenía estos sueños, tan desagradables y confusos, despertaba sudando frío y con la respiración y el ritmo cardiaco alterados. Bertha, su esposa, lo tranquilizaba y a veces se levantaba a prepararle un té de tila, para los nervios.

Siguió su vida cotidiana a pesar de los sueños tan extraños, pero en su interior empezaba a crecer una incertidumbre. Algo tenían que significar éstas situaciones tan inverosímiles, fuera como fuera, al final de los sueños se veía prisionero, incapaz de escapar.

El último de los sueños y el que detonó el cambio en Raymundo era muy distinto. En el sueño, él se encontraba en un pasillo vacío. De pronto, las luces del pasillo se apagaban y la oscuridad lo rodeaba por completo. Raymundo, desesperado, comenzaba a correr, hasta que a lo lejos veía un foco titubeante. Lleno de miedo, caminaba hasta él, lo tomaba para enroscarlo bien y que dejara de titubear y cuando lo hacía, una deslumbrante luz blanca inundaba el lugar, que ahora era un cuarto, blanco por completo, sin puertas ni ventanas. Estaba atrapado en ese cuarto y no había forma en la que pudiera salir.

Después de ese sueño Raymundo empezó a tener miedo. Como el hombre fuerte y escéptico que era, empeñaba todas sus ganas en ignorarlo y seguir con su vida. Pero algo cambió en él, tenía un ligero dolor de cabeza que a momentos se convertía en migraña. Esa migraña, pronto se convirtió en calambres que le recorrían el cuerpo entero en las noches. Más tarde empezó a sentir que sus órganos palpitaban dolorosamente y cada vez le costaba más trabajo mover las extremidades del cuerpo. La fatiga crecía sin cesar. No entendía a qué se debía esto, pero los malestares cada vez eran más grandes.

– ¡Ya ve al doctor! ¿Qué no ves que estamos viejos? –

le decía Bertha, enojada y preocupada por el repentino deterioro de su marido. Pero Raymundo, testarudo como siempre, se negaba a ir al doctor. Eso era cosa de tontos.

– ¡Esos weyes nada más me van a sacar todo el dinero y de igual manera, si ya estoy viejo, pues lo que me queda es morirme! –

Le gritaba a Bertha cuando se hartaba de los reclamos e insistencias de su esposa. Pero Raymundo no pudo negarse mucho más tiempo cuando empezó a notar que cada vez que iba al baño la orina se tornaba de amarilla a roja, cuando su toz cotidiana de fumador cambió y empezó a toser sangre y cuando se le empezaron a marcar de más las venas en ciertas partes del cuerpo.

Bertha lo llevó casi arrastrando al seguro social, él refunfuñaba cada tres pasos e insistía en regresar a la casa. Al entrar al edificio a Raymundo le dio un ataque de pánico y sus piernas empezaron a temblar. Bertha lo seguía jaloneando, molesta por su falta de conciencia y accesibilidad para ir al médico. Pero Raymundo en verdad empezó a sentirse mal, se le nubló la vista y sentía que su mente daba tumbos, hasta que perdió el equilibrio y se desvaneció.

Cuando abrió los ojos estaba rodeado de hombres vestidos completamente de azul, sólo se les asomaban los ojos por encima del cubre bocas. Los doctores le explicaron un montón de cosas, pero su mente estaba demasiado fatigada para entender. Tenían que sacarle una tomografía. Lo cambiaron de la cama a la plancha de la máquina pensando que él estaba muy tranquilo, pero la verdad era que Raymundo no se podía mover, era como si su cerebro se hubiera desconectado de su cuerpo y por más que él quería gritar o levantarse, no lo logró.

Terminando la tomografía lo llevaron a un cuarto donde le conectaron analgésicos y suero, además de las sondas y monitores para que pudieran esperar el resultado de los análisis. Bertha estuvo todo el tiempo a su lado, casi sin parpadear, agobiada y aterrorizada. Raymundo, que sólo podía mover los ojos, le lanzaba a Bertha miradas asesinas. Un par de horas más tarde entraron al cuarto dos médicos y otros dos camilleros. Aun no sabían con certeza el diagnóstico al mal de Raymundo pero mientras lo averiguaban tenían que operarlo de urgencia ya que tenía una hemorragia en el riñón. Mientras preparaban a Raymundo para llevárselo al quirófano, los médicos hicieron que Bertha firmara una serie de papeles donde permitía que lo operaran. Ella, de tanto agobio, no pudo ni leer los papeles ni entender lo que el doctor tan apresuradamente le dijo. Estalló en llanto y firmó pensando que era lo más prudente.

Después de eso Bertha vio como se llevaban a su marido mientras éste seguía echándole miradas asesinas. Se quedó sola, con su incertidumbre, en el cuarto. Esperaría ahí a que Raymundo saliera de la cirugía.

Entraron en el quirófano y cambiaron a Raymundo de la cama a la plancha quirúrgica, la cual se encontraba rodeada de lámparas extremadamente brillantes y a pesar de lo deslumbrado que quedó por las lámparas, Raymundo pudo notar que lo rodeaban distintas máquinas y pantallas. Ese lugar le recordó mucho a su sueño, donde lo atrapaban las máquinas hasta dejarlo inmóvil. El doctor le colocó en la boca una mascarilla para anestesiarlo. A Raymundo le hubiera gustado poder llorar o gritar en ese momento, poder regresar el tiempo, al primer sueño e ir corriendo al hospital, tal vez no hubiera sido demasiado tarde. Le hubiera gustado poderse mover y de alguna manera levantarse e ir corriendo a besar a Bertha, por última vez, agradecerle todo. Pues recordando sus sueños, no le cabía la menor duda. Sabía lo que vendría después.