Fuego.

«En el descuido de un segundo, está contenida entera una catástrofe» – Antonio Muñoz 

 

Bastó un segundo, para que tus labios se abrieran rumbo hacia mi cuello generando una descarga eléctrica. Para que tus ojos se toparan con los míos y tus manos me conocieran por vez primera. El momento en que dos universos colapsaron, en el que tu vida y la mía se encontraron en un beso. Ese instante preciso en el que una chispa encendió una llama.

 

***

“Piromanía: trastorno del control de los impulsos, que produce un gran interés por el fuego, cómo producirlo, observarlo y extinguirlo.”

Quizás fueron aquellas conversaciones en las que nuestras ideologías chocaron. Dos mundos distintos que se debatían a través de la palabra. Caminando juntos en el malecón de noche, cuando el brillo de la luna se reflejaba en el mar, sin embargo, tu mirada brillaba con más fuerza. Habías encontrado algo nuevo y te llenaba de curiosidad; una inmigrante con corazón de gitana y poca fe, que gastaba sus días de soledad cuestionando al mundo, abandonando dogmas y paradigmas. Un alma opacada de tanta realidad, una mente que no cesaba y se disputaba con su propio corazón lleno de fuego, con un hambre de vivir y ver, de seguir cayendo y aprendiendo.

–   ¿Sabes? En clase estamos viendo temas de simulación. Tal vez te sorprenda,          pero a veces me encuentro simulando una vida contigo, imaginándome cómo        sería, las cosas que haríamos –

Dijiste en una de esas noches de canutos y pláticas de madrugada en un sillón naranja. Sin entender que simular es merodear entre mundos paralelos como si tuviésemos poder sobre ellos, como si fuese posible saltar de uno en otro y sumergirnos en una nueva realidad, como si pudiésemos con exactitud predecirla y escogerla. Sin embargo, simular también sirve para tomar decisiones, para ver con perspectiva el punto en el que uno se encuentra y valorar el entorno, encontrar en él las cosas buenas y las carencias y entonces generar una apuesta, bifurcar el camino en el que se está, escoger y crear otro universo, dejando el paralelo atrás.

 

***

–  Me da igual. Quiero estar contigo todo el tiempo que sea posible  – .

Dijiste en mi portal. Tratando de detener un final que parecía inminente. Y entonces empezó, escogiste el fuego. Se abrió un universo nuevo y nos tomamos de las manos; unas manos cargadas de fe, de ansiedad, de esperanza y deseo. Y en mi cama, entre sábanas blancas, convertimos la llama en fogata.

Y te enamoraste de mí, de mi temperatura que siempre está elevada y la manera en que en pleno invierno lleno de calor la cama, de la forma en que mis manos recorrieron tu cuerpo como queriendo fundirlo con el mío, de mi insaciable hambre de comerte sólo a ti; de la manera en que río hasta de la historia más trágica, de los días en los que pareciera que no me puedo estar quieta y quiero comerme al mundo de un bocado, y de esos otros en los que me inunda la calma y puedo dormir hasta trece horas seguidas sin importar lo que el sol dicte.

Te enamoraste de mí, de mis ideas insensatas y mi corazón constantemente roto, de mi pesimismo, mi melancolía y la contradictoria esperanza que encontraste en el brillo de mis ojos. De mi manera de escucharte y de mis conclusiones que sacudieron tu mundo. De las promesas que el fuego y su luz usan para atrapar al pirómano, como si fuera magia.

 

***

  “Fuego:  conjunto de partículas incandescentes de materia combustible, capaces de emitir calor y luz visible, producto de una reacción química de oxidación violenta.”

Pero tenías que saber, que el fuego es traicionero. Que llega un punto en que empiezas a depender de él, que si te alejas demasiado te da frío, te sumerge la oscuridad y tus pupilas lo necesitan para ver. Tenías que saber también, que el fuego cambia con su entorno, que si llueve se apaga y si hay demasiado viento crece y se descontrola, que en cualquier instante éste explota, destruyendo todo lo que está a su alcance.

Llamamos “amor” a todo aquel tiempo que estuvimos en guerra y poco a poco perdimos el control de la fogata. Hubo días en los que ésta seguía ardiendo, tranquila y placentera, en los que tú y yo nos abrazábamos, reíamos y jugábamos; en los que mis manos se paseaban por tu espalda y no podía parar de besarte, en los que nos comunicábamos sólo con la mirada y todo parecía suficiente. Días en los que florecía un nuevo sueño, como promesa de más chispa y en los que se emprendía una aventura más de las tantas que fuimos coleccionando.

Sin embargo, hubo días también en los que la rutina hacía que la fogata perdiera su fuerza, desgastada de las mismas discusiones, sin ganas ya de argumentar nada. Cansada de los días tan iguales, de la falta de empatía, donde las promesas perdían veracidad y el reflejo del espejo se quedaba en silencio. Días vacíos.

Y hubo un factor, que ambos desconocíamos. Que tus demonios eran enemigos de los míos y que mi ego y tu soberbia jamás aceptarían empatar. Que nuestras costumbres tan distintas no encontrarían mestizaje y que, aunque hablásemos el mismo idioma no nos podríamos comunicar.

Que no importaron, todas aquellas horas en las que intentamos llegar a un acuerdo, que por más que levanté la voz, no lograste escucharme y por más que llenaste el silencio de palabras no te aprendiste a expresar. La impotencia se apoderó de nuestras ganas, cargando los pensamientos de miedos y dudas, añadiendo a la rutina rencor y reproches.

 

***

“Explosión: Ruptura violenta de un cuerpo por la acción de un explosivo o por el exceso de presión interior, provocando un fuerte estruendo.”

Hasta que explotó, todo explotó. Ese fuego del que te enamoraste, se mezcló con la pólvora de tu mirada y la gasolina de tus palabras, ese fuego que se reprimía en mis adentros, el que intenté controlar se apoderó de mí. Y por un instante fui más fuego que alma y éstas manos que antes hablaban sólo de amor, se cargaron de ira y reaccionaron queriendo destruirte, queriendo acabar con todo.

Nuestra casa ardió como las millones de fogatas de la noche de San Xoan y al día siguiente todo estaba en ruinas, todas aquellas promesas de verano se habían convertido en cenizas. Ya no se sentía el calor.

Lo intentamos, aferrarnos a lo poco que quedaba, viviendo del recuerdo del fuego que antes ardía. Pero mi fuego tenía miedo, había conseguido niveles que antes le parecían inalcanzables, conoció su verdadero poder, su verdadera fuerza y se atrapó en sí mismo y en su culpa inexorable. Y tú ahora cargabas con cicatrices de eso que antes te había enamorado, la llama ya no te atraía ni te hacía sentir seguro, sabiendo que podía ser incontrolable.

El fuego no arde de la misma manera dos veces, después de ser incendio forestal no puede regresar a ser sólo una llama que ilumina. Y los estragos del incendio se pierden con el viento… desaparecen.

 

***

“Todo tiene derecho a la belleza” – Efraín Huerta.

Sin embargo, fuego soy y fuego fui y existe cierta belleza en el desastre. Que hay vidas que pasan enteras sin lograr encenderse, escondiéndose entre escusas y pretextos; pies que nunca se despegan del suelo y pasados sin importancia. Que hay amores opacos sin siquiera una chispa de lo que tú y yo fuimos.

Yo prefiero ser fuego y arder. Convertirme en cenizas y volverme a encender, vivir rápido, renacer tras mis errores, apostarlo todo sin pensarlo demasiado. Aprender a caminar con los puñales que la vida me entierra en la espalda, no dejar que nada me detenga, amar cada una de mis cicatrices y sus historias. Que vida sólo hay una y yo, no me quedo con las ganas. Me enfrento a ella con la fuerza de las olas de febrero y aunque me equivoque mil veces … no me arrepiento de nada.

A SU LADO

 

Se fue un día y sin ella la casa se sentía completamente vacía. Faltaba su estridente risa rebotando en las paredes, faltaban su perfume y los colores empalagosos de sus prendas. La casa se volvió un silencio insoportable sin el escándalo del abrir y cerrar de puertas que ocasionaba al dar vueltas tratando de encontrar un no se qué y sin el golpeteo de sus horrendos y estrafalarios zapatos paseando alterados por la habitación.  Faltaba ella.

Desde su ausencia no he dejado de preguntarme lo que podría haber sentido por mí. Si todas esas noches que pasamos juntos significaron algo, no entiendo cómo pudo haberme dejado así.

Desde que la conozco no ha sido más que una lluvia de emociones. Todas las noches llegaba diferente. A veces, estaba tan estresada que ni volteaba a verme. Entraba al cuarto, encendía la computadora, el radio y la televisión y se ponía a trabajar hasta altas horas en la madrugada. Otras veces llegaba contenta, deslumbrante, platicándome su día se ponía a cocinar algo rico para los dos. Pero mis veces favoritas eran cuando llegaba triste. Se acurrucaba junto a mí en la cama demandando por completo mi atención, exigiendo cariño y mimos y yo feliz se los daba. Desde el día uno fui su prisionero.

Carolina era tan inesperada, tan rara, tan fuera de este mundo que me mantenía entretenido, y puedo jurar que jamás me hubiera aburrido de ella, ni de los colores estridentes de su ropa, ni de su pelo fuera de control. Sus ideas locas convertían cada día en una aventura.

Sin embargo, ninguna forma de perfección es eterna. No puedo explicarlo, pero lo supe. Supe perfectamente el día que lo conoció. Llegó a la casa más tarde de lo normal, su perfume estaba contaminado por una fragancia desconocida y su atención estaba en otro lado. Me tomó de la cabeza y me dio un beso sin mirarme, sin sentirlo y se puso a hacer sus cosas sin siquiera preguntarme nada.

Después de ese día todo cambió, llegaba del trabajo y se acostaba en la cama a hablar por teléfono, le importaba poco si me acercaba a ella o no. Poco a poco fue llegando cada vez más tarde, hasta que hubo noches en las que ni siquiera llegó. Me rompía el corazón, pero ella no parecía darse cuenta.

Yo traté con todas mis ganas de reactivarnos, de volver a lo que teníamos, de captar su atención. Pero todos mis esfuerzos fueron en vano. Ella pasaba de mí. Ya no me cocinaba, ya no se acurrucaba junto a mí en la cama, dejé de importarle, ya sólo tenía mente para él.

Terminé por aceptarlo, no me quedaba de otra. Ella estaba tan feliz que tuve que olvidarme de mi egoísmo y dejarla ser, dejarla estar con él, dejar que se olvidara de mí. Me dediqué a contemplarla. Mientras hablaba con él se le iluminaba la cara, cuando se arreglaba para salir a verlo, sus nervios tensaban el ambiente de toda la casa, sonreía de oreja a oreja y se la pasaba cantando y dando vueltas por ahí, verdaderamente era feliz y todo se debía a él.

Un día de los que sabía que ella estaba con él, de esos que se arreglaba demasiado dándome a entender que no iba a volver, no me quedó de otra más que dormirme temprano. A media madrugada me despertó un azotón de puertas seguido por un grito que se convirtió en gemidos. Alarmado corrí hacia la entrada y la encontré tirada en el piso, abrazando sus piernas y sollozando, destrozada.

Me acerqué a ella y le lamí la cara, tratando de consolarla. Ese hijo de puta le había roto el corazón. Yo tenía ganas de matarlo, de arrancarle la cara.

Carolina pasó el resto de la semana metida en la cama, sin salir, sin abrir las cortinas, sin poner música, sin dejar de llorar. No sabía ni que hacer, daba vueltas por el cuarto tratando de distraerla, le propuse un millón de ideas, pero ella sólo me miraba y volvía a llorar. Así que me acurrucaba junto a ella, tratando de que depositara un poco de ese dolor en mí, tratando de aliviarla.

Al pasar diez días se levantó, se metió a bañar y al salir se quedó mirándose en el espejo bastante tiempo, sin sonreír, sin emitir ningún gesto. Luego se levantó y en un ataque de rabia arrancó todas las fotos de las paredes, abrió el closet y saco toda la ropa, aventándola al suelo, desesperada. Se puso un vestido negro, se pintó los labios de rojo intenso y se fue.

Esa noche, al volver, se acostó junto a mí en la cama, demandándome mimos y atención ¿sería que todo volvería a ser como antes? Me tomó entre sus brazos y me dijo al oído “ojalá los hombres pudieran ser como tú”. Pasamos la noche juntos, acurrucados, como antes de que conociera a ese cabrón.

A primera hora en la mañana, nos despertaron unas sirenas. Carolina se levantó temblando, podía notar sus ganas de llorar, pero las estaba conteniendo. Se miró unos instantes en el espejo y caminó hacia la puerta, había alguien del otro lado tocando el timbre con desesperación, el ruido de las sirenas seguía.  Antes de abrir se agachó, me abrazó y me dio un beso. Salió cerrando la puerta y poco a poco las sirenas se fueron desvaneciendo hasta dejar de sonar. Ella no regresó.

A veces escucho las sirenas y me emociono pensando que será ella, a veces alguna que otra brisa me recuerda su olor. Desde que se fue no valgo nada, sólo pienso en ella, me lamento y espero el día en que podamos estar juntos, sólo deseo volver a estar a su lado.

El Final.

Escucha las campanas del cielo,
como retumban alteradas.
“¿Dónde has estado?” Pregunta con anhelo,
el que te observa desde las alturas.
 
Mira el paso de los años,
como ha dejado una historia grabada
en las arrugas de tu piel,
una historia que aunque es resguardada
se fue rápida como la brisa,
arrebatándote la sonrisa,
cambiándola por una idea cruel.
 
Cansado de correr tras tus sueños,
sucumbes y los dejas ir.
Sintiéndote golpeado por desdeños
los dejas huir, agotado de vivir.
 
Gritas quejándote al cielo,
esperando que un ángel te oiga
deseando una respuesta que no llega.
 
Y cuando el sol se pone y la noche cae
con soledad y miedo  te dejas morir,
sin certeza de a dónde vas, ni de lo que dejas atrás
esperando que un ángel te guíe.

trascendencia

– ¿Y si salen positivos? –

Logró preguntar mi conciencia a pesar de mi intento constante de callarla. Sentí como el panorama se volvía negro. Se cerraron todos los caminos, no había más. ¿Qué seguiría? ¿Qué sería de mi vida?

Nunca he encontrado el verdadero sentido de la vida, supongo que después de filosofar, todos llegamos a la conclusión de que el fin último es trascender, pero.. ¿Qué es trascender? ¿Cuál es el real significado de trascendencia?

Trascender significa cruzar o rebasar algún tipo de límite. Pero si los límites no existen y son relativos e imaginarios, entonces cada quien tiene sus propios límites y el trayecto de la vida se convierte en el intento de cruzarlos. Me imagino que por eso, la mayoría de la gente, vincula la trascendencia con el ámbito profesional. Si trascender se resume a trazar tus propios límites, entonces todos trascenderíamos. Y si trascender dependiera de los límites establecidos por las demás personas, si tuviera una definición común, entonces nadie lo haría.

Tal vez el único límite real es la vida misma. Por eso Dios, por eso todas las religiones. Porque necesitamos creer que al cruzar el único límite real hay algo esperándonos, lo que le da dirección y sentido, lo que hace que todo el tiempo que pasamos vivos haya valido la pena. ¿Y si no hay Dios, habrá valido la pena?

No sé qué haría si resulto enferma. De por sí la vida es pesada, ahora tendría que recorrer el mundo con la etiqueta más pesada de todas, porque todos me etiquetarían, pero más importante aún YO me etiquetaría. Mi etiqueta sería más una jaula, en la que nadie puede entrar, nadie podría acercarse… una jaula que me alejaría del vínculo más importante que se puede establecer con otro ser. Sólo me quedaría esperar, deambular el mundo sintiendo como mi cuerpo se va haciendo cada vez más débil, convivir sin vincularme, esperar todos los días a que en cualquier momento ¡PUM! Todo se acabe, y no, no estoy dispuesta. A vivir cada día pensando que tal vez es el último, a esperar que el cuerpo deje de funcionar y convertirme en una carga para alguien.

La muerte es algo que todos tenemos presente y no. Sabemos que vamos a morir, mas al no saber la fecha exacta, asumimos que va a llegar después, cuando tengamos algo concreto, cuando hayamos recorrido un largo camino, cuando nos alcance la vejez. ¿Y si no? Deberíamos tener presente la posibilidad de que la muerte nos alcance antes. ¿Qué cambiaría? Por lo general no vivimos esperando morir. Tal vez debiéramos encontrar etapas de trascendencia, para poder trascender de alguna forma si morimos jóvenes, tal vez no debiéramos de hacer tantos planes, porque los planes posponen cosas, los planes dan por hecho que aun queda tiempo, los planes generan más planes y descartan muchos más, nos privamos de la vida, del día a día, por andar haciendo planes. Y generalmente los planes van dirigidos a cierta trascendencia. Planeamos trabajar 20 horas al día hasta lograr ser millonarios, planeamos casarnos y tener una familia, planeamos ser famosos, planeamos recorrer el mundo, escribir un libro, yo qué sé. ¿Y si lo lográramos? ¿Qué seguiría? ¿Qué trascendencia tienen en verdad estos planes? ¿eso es trascender?

No sé si estoy ciega y en verdad no puedo verlo, pero ésta “trascendencia”, éste “éxito” que la gente encuentra me parece vano.

He llegado al punto en el que me parece molesto hablar de la “relatividad”. Sí, todo es relativo. Es fácil escoger no ver, escoger llenarse, escoger creer. Pero mi mente está demasiado dañada, no creo que haya vuelta atrás. Ni siquiera puedo generar un nuevo plan ahora que todo me parece intrascendente.

Tal vez sería más trascendente estar enferma. Así al menos estaría fuera del estándar, así cualquier cosa que lograra sería un éxito por el simple hecho de lograrlo mientras estoy enferma. Tal vez, lejos de una jaula, es la mas grande libertad. Porque sabría que me voy a morir pronto, no tendría que hacer planes a largo plazo y podría simplemente dedicarme a lo que quisiera, no tendría que formar una familia y avergonzarme cuando me de cuenta de que no es feliz, no tendría que pertenecer a la sociedad, ni convivir, ni competir con todos los que buscan “trascender”. Tal vez debería suicidarme.

Una acción vale más que mil palabras. Cualquier cosa que pudiera decir, pensar y escribir valdría madres con el tiempo. Suicidarme sería la mejor protesta. Sí, sería decirle a las personas que me rodean que no son motivo suficiente. Sería descartar todas las posibilidades porque me parecen intrascendentes. Sería decir que cualquier futuro no es mejor a ningún futuro. El suicidio no es más que cansarte de la búsqueda, asquearte de el modo en que hay que vivir. Es no querer luchar por implementar lo que quieres o lo que crees, es no querer nada.

Si me suicidara tendría que hablar con mis padres, explicarles que, a pesar de todo su trabajo y dedicación, la vida no me parece suficiente. Explicarles que simplemente me rehuso a terminar como cualquiera de ellos, o como mis abuelos, o como los maestros, vecinos y amigos. Que sus vidas me repugnan. Que me parece que son más las molestias que las ganancias en cualquier posible camino que pudiera tomar. Que es mi vida y por ende soy libre de decidir si quiero terminar con ella. Y que no hay nada que puedan hacer al respecto.

Y si me suicido, ¿a dónde voy a llegar? me pregunto si Dios estará ahí para juzgarme, tal vez me pida perdón. Definitivamente no merecía esto, no merecía estar enferma. Tal vez me lleven al infierno por atreverme a tomar el límite de la vida en mis manos. Tal vez muera y me tope con un gran y enorme vacío, con nada, sin dioses ni paraísos, sin infierno.

Tal vez el único paraíso es la muerte. La libertad de romper con los grilletes, con la sociedad, con las etiquetas y las expectativas que vienen con la vida misma. Romper con todo.

– García Sandoval Ana – dijo la enfermera sosteniendo un sobre en sus manos

¿Y si no estoy enferma, qué cambia?

amor/dolor

Me miré en el espejo en la pared del baño. ¿Sería que ya no volverías a tocar éste cuerpo? Descolgué el vestidito negro que tanto te gustaba, ese de la espalda descubierta. Quería verme guapa para ti, aunque fuera por última vez…

Caminé cinco cuadras y doblé a la derecha. Te vi a través de la ventana del bar. Estabas sentado solo, fumando un cigarro y mirando al reloj. Los nervios me deshacían, casi no podía controlar mis ganas de llorar. Entré tratando de esconder la temblorina de mis piernas. Tú me miraste de pies a cabeza, tu gesto se relajó un poco en el momento, hasta llegar a mis ojos, ahí se volvió a endurecer.

Me senté junto a ti y te contemplé a la expectativa ¿Qué es lo que quieres decirme? Pensé con miedo. Te tallaste la cara con las manos y mirando a la mesa dijiste:

– He pensado las cosas y creo que lo mejor sería terminar con lo nuestro. –

Terminando la frase me miraste directo a los ojos, para asegurarte de que seguía con vida. Yo sentía la sangre drenar por el agujero que acababas de hacer en medio de mi pecho

 – ¿Así nada más? ¿Ya se terminó? – Logré pronunciar tras un par de segundos. Trataba de mostrarme serena, fuerte. Si cambiabas de opinión no quería que fuera por lástima ni por obligación.  – ¿No crees que merecemos una segunda oportunidad? Prometo no volver a ver a Alejandro.  –

Te mordiste las uñas, tus ojos se paseaban por todo el lugar. Yo te miraba, esperanzada, suplicando desde lo más profundo de mi alma; Hasta que me tomaste la mano y asentiste despacio mirándome a los ojos. Pude respirar… no todo se había perdido.

 A partir de ese día ambos nos tragábamos el dolor y la culpa. Yo me aguantaba el dolor de sentirte lejano, de tu desconfianza y de todas las palabras hirientes y ofensivas que me habías dicho cuando te enteraste. Tenía que entender que lo hiciste porque estabas lastimado, y para poder seguir con lo nuestro tenía que tragarme la culpa. Para no convertirme en un tapete, para intentar hacer las cosas funcionar. Tú te tragabas el dolor de esa imagen, de las manos de Alejandro en mi cuerpo, de mis labios con los suyos, porque muy en el fondo sabías que tenías algo de culpa.

Nuestra historia de amor se siguió escribiendo, pasó el tiempo, las películas, las tardes lluviosas, las cervezas preparadas, los helados de chocolate y los cigarros después de coger. Nada volvió a ser como antes. Una barrera de hielo y dolor se estableció entre nosotros.

Era viernes y tú tenías que trabajar al día siguiente, las tres semanas anteriores me había quedado contigo pero ésta vez tenía muchas ganas de ver a mis amigas y salir. Me hiciste un pequeño berrinche de esos que me hacen explotar y todo desencadenó una enorme pelea. Agarré mis cosas y me fui de tu casa azotando la puerta, apagué mi celular y me dispuse a no saber de ti.

Llegué a la fiesta derramando bilis “¿ya te peleaste otra vez verdad?… yo no sé por qué sigues con él” me dijo Laura en cuanto me vio. Yo llené mi estómago de tequila hasta que todo se volvió borroso y sin darme cuenta me topé con Alejandro. ¿Será que las mujeres sólo somos infieles cuando nos enojamos?

No sé ni cómo estuvieron los hechos siguientes. Recibiste una llamada. Estabas borracho y fuiste a buscarme. Estabas enojado. Querías matar a Alejandro.

A veces creo que nos encontramos para amarnos y para sufrirnos intensamente. Tal vez todo debió ser diferente. Tal vez nunca debí de haberte pedido un cigarro, así nunca hubieras sonreído de esa manera que sólo tú puedes, así nunca me hubieras hecho reír intensamente, ni me hubieras conquistado, así nunca hubiera probado tus labios, ni los de Alejandro y así hoy no estaríamos en donde estamos.

 Al día siguiente recibí una llamada de tu hermano. Iban a velar tu cuerpo hasta las siete de la noche y después lo iban a cremar.

Me miré en el espejo en la pared del baño. ¿Sería que ya no volverías a tocar éste cuerpo? Descolgué el vestidito negro que tanto te gustaba, ese de la espalda descubierta. Quería verme guapa para ti, aunque fuera por última vez.

advertencias

Raymundo, un hombre apenas adentrado en la tercera edad, vivía tranquilo y jovial, hasta que una noche cualquiera empezaron las pesadillas. La primer noche soñó que estaba navegando en el mar en un barco de papel. El sueño parecía bastante agradable, hasta que de pronto las olas se alborotaron y se tornaron de un color rojo intenso. Raymundo movía el volante del barco tratando de controlarlo, pero las olas eran demasiado fuertes. El barco acababa por volcarse y Raymundo se sumergía en esas olas rojas, de sangre.

Otra noche soñó que mientras iba a la tienda a comprar cigarros unos monstruos azules interrumpían su camino. Sin que él pudiera huir o defenderse lo secuestraban y lo metían en una nave espacial metálica la cual hacía miles de sonidos extraños y emitía luces que lastimaban a la vista. No entendía bien cual era el fin del secuestro, sólo sabía que esa extraña nave lo llevaría lejos de la tierra.

Unas semanas más tarde soñó de nuevo. Ésta vez se trataba de miles de máquinas de distintos tamaños que lo perseguían por toda la ciudad hasta atraparlo y rodearlo de cables y enchufes que no le permitían moverse ni escapar.

Raymundo cada vez que tenía estos sueños, tan desagradables y confusos, despertaba sudando frío y con la respiración y el ritmo cardiaco alterados. Bertha, su esposa, lo tranquilizaba y a veces se levantaba a prepararle un té de tila, para los nervios.

Siguió su vida cotidiana a pesar de los sueños tan extraños, pero en su interior empezaba a crecer una incertidumbre. Algo tenían que significar éstas situaciones tan inverosímiles, fuera como fuera, al final de los sueños se veía prisionero, incapaz de escapar.

El último de los sueños y el que detonó el cambio en Raymundo era muy distinto. En el sueño, él se encontraba en un pasillo vacío. De pronto, las luces del pasillo se apagaban y la oscuridad lo rodeaba por completo. Raymundo, desesperado, comenzaba a correr, hasta que a lo lejos veía un foco titubeante. Lleno de miedo, caminaba hasta él, lo tomaba para enroscarlo bien y que dejara de titubear y cuando lo hacía, una deslumbrante luz blanca inundaba el lugar, que ahora era un cuarto, blanco por completo, sin puertas ni ventanas. Estaba atrapado en ese cuarto y no había forma en la que pudiera salir.

Después de ese sueño Raymundo empezó a tener miedo. Como el hombre fuerte y escéptico que era, empeñaba todas sus ganas en ignorarlo y seguir con su vida. Pero algo cambió en él, tenía un ligero dolor de cabeza que a momentos se convertía en migraña. Esa migraña, pronto se convirtió en calambres que le recorrían el cuerpo entero en las noches. Más tarde empezó a sentir que sus órganos palpitaban dolorosamente y cada vez le costaba más trabajo mover las extremidades del cuerpo. La fatiga crecía sin cesar. No entendía a qué se debía esto, pero los malestares cada vez eran más grandes.

– ¡Ya ve al doctor! ¿Qué no ves que estamos viejos? –

le decía Bertha, enojada y preocupada por el repentino deterioro de su marido. Pero Raymundo, testarudo como siempre, se negaba a ir al doctor. Eso era cosa de tontos.

– ¡Esos weyes nada más me van a sacar todo el dinero y de igual manera, si ya estoy viejo, pues lo que me queda es morirme! –

Le gritaba a Bertha cuando se hartaba de los reclamos e insistencias de su esposa. Pero Raymundo no pudo negarse mucho más tiempo cuando empezó a notar que cada vez que iba al baño la orina se tornaba de amarilla a roja, cuando su toz cotidiana de fumador cambió y empezó a toser sangre y cuando se le empezaron a marcar de más las venas en ciertas partes del cuerpo.

Bertha lo llevó casi arrastrando al seguro social, él refunfuñaba cada tres pasos e insistía en regresar a la casa. Al entrar al edificio a Raymundo le dio un ataque de pánico y sus piernas empezaron a temblar. Bertha lo seguía jaloneando, molesta por su falta de conciencia y accesibilidad para ir al médico. Pero Raymundo en verdad empezó a sentirse mal, se le nubló la vista y sentía que su mente daba tumbos, hasta que perdió el equilibrio y se desvaneció.

Cuando abrió los ojos estaba rodeado de hombres vestidos completamente de azul, sólo se les asomaban los ojos por encima del cubre bocas. Los doctores le explicaron un montón de cosas, pero su mente estaba demasiado fatigada para entender. Tenían que sacarle una tomografía. Lo cambiaron de la cama a la plancha de la máquina pensando que él estaba muy tranquilo, pero la verdad era que Raymundo no se podía mover, era como si su cerebro se hubiera desconectado de su cuerpo y por más que él quería gritar o levantarse, no lo logró.

Terminando la tomografía lo llevaron a un cuarto donde le conectaron analgésicos y suero, además de las sondas y monitores para que pudieran esperar el resultado de los análisis. Bertha estuvo todo el tiempo a su lado, casi sin parpadear, agobiada y aterrorizada. Raymundo, que sólo podía mover los ojos, le lanzaba a Bertha miradas asesinas. Un par de horas más tarde entraron al cuarto dos médicos y otros dos camilleros. Aun no sabían con certeza el diagnóstico al mal de Raymundo pero mientras lo averiguaban tenían que operarlo de urgencia ya que tenía una hemorragia en el riñón. Mientras preparaban a Raymundo para llevárselo al quirófano, los médicos hicieron que Bertha firmara una serie de papeles donde permitía que lo operaran. Ella, de tanto agobio, no pudo ni leer los papeles ni entender lo que el doctor tan apresuradamente le dijo. Estalló en llanto y firmó pensando que era lo más prudente.

Después de eso Bertha vio como se llevaban a su marido mientras éste seguía echándole miradas asesinas. Se quedó sola, con su incertidumbre, en el cuarto. Esperaría ahí a que Raymundo saliera de la cirugía.

Entraron en el quirófano y cambiaron a Raymundo de la cama a la plancha quirúrgica, la cual se encontraba rodeada de lámparas extremadamente brillantes y a pesar de lo deslumbrado que quedó por las lámparas, Raymundo pudo notar que lo rodeaban distintas máquinas y pantallas. Ese lugar le recordó mucho a su sueño, donde lo atrapaban las máquinas hasta dejarlo inmóvil. El doctor le colocó en la boca una mascarilla para anestesiarlo. A Raymundo le hubiera gustado poder llorar o gritar en ese momento, poder regresar el tiempo, al primer sueño e ir corriendo al hospital, tal vez no hubiera sido demasiado tarde. Le hubiera gustado poderse mover y de alguna manera levantarse e ir corriendo a besar a Bertha, por última vez, agradecerle todo. Pues recordando sus sueños, no le cabía la menor duda. Sabía lo que vendría después.