Te Quiero

Dijiste “te quiero” y en dos me partiste.

Una parte de mí ansía huirte

pensando que tus palabras perfectas

no son más que estrategias

 

Y desconfiada te observo, intentando leerte

manteniéndome fría, precavida y lejana.

Sin embargo, en tu piel solo encuentro

destellos cálidos que entibian mi sangre

 

Y cierro los ojos, aferrándome a tu cuerpo

mientras temerosa, detengo los versos

que florecen, e intento opacar la ilusión

con las huellas lodosas de pasadas experiencias.

 

Dijiste “te quiero” y en dos me partiste;

Dejando a mi alma por completo desnuda,

despojándome de cualquier armadura,

encontrando lo que tras el silencio guardaba:

 

Que te quiero de regreso.

Que me encuentro caminando en una cuerda floja,

donde tus manos son lo único que me detiene, suavemente

de caerme al barranco, y ese barranco eres tú.

 

Que todo se resume al instante en que me miras

y me dejo caer hacia ti, convirtiéndote en el único destino.

Que entre tus brazos me siento más vulnerable que nunca

y aparece una insoportable angustia entre cada beso

 

Dijiste “te quiero” y se rompió la línea temporal.

Nos quedamos solos piel a piel, Pensamiento a pensamiento.

Fijando una apuesta, inventando un nuevo camino

a recorrer, sin certezas ni dudas,

juntos.

A SU LADO

 

Se fue un día y sin ella la casa se sentía completamente vacía. Faltaba su estridente risa rebotando en las paredes, faltaban su perfume y los colores empalagosos de sus prendas. La casa se volvió un silencio insoportable sin el escándalo del abrir y cerrar de puertas que ocasionaba al dar vueltas tratando de encontrar un no se qué y sin el golpeteo de sus horrendos y estrafalarios zapatos paseando alterados por la habitación.  Faltaba ella.

Desde su ausencia no he dejado de preguntarme lo que podría haber sentido por mí. Si todas esas noches que pasamos juntos significaron algo, no entiendo cómo pudo haberme dejado así.

Desde que la conozco no ha sido más que una lluvia de emociones. Todas las noches llegaba diferente. A veces, estaba tan estresada que ni volteaba a verme. Entraba al cuarto, encendía la computadora, el radio y la televisión y se ponía a trabajar hasta altas horas en la madrugada. Otras veces llegaba contenta, deslumbrante, platicándome su día se ponía a cocinar algo rico para los dos. Pero mis veces favoritas eran cuando llegaba triste. Se acurrucaba junto a mí en la cama demandando por completo mi atención, exigiendo cariño y mimos y yo feliz se los daba. Desde el día uno fui su prisionero.

Carolina era tan inesperada, tan rara, tan fuera de este mundo que me mantenía entretenido, y puedo jurar que jamás me hubiera aburrido de ella, ni de los colores estridentes de su ropa, ni de su pelo fuera de control. Sus ideas locas convertían cada día en una aventura.

Sin embargo, ninguna forma de perfección es eterna. No puedo explicarlo, pero lo supe. Supe perfectamente el día que lo conoció. Llegó a la casa más tarde de lo normal, su perfume estaba contaminado por una fragancia desconocida y su atención estaba en otro lado. Me tomó de la cabeza y me dio un beso sin mirarme, sin sentirlo y se puso a hacer sus cosas sin siquiera preguntarme nada.

Después de ese día todo cambió, llegaba del trabajo y se acostaba en la cama a hablar por teléfono, le importaba poco si me acercaba a ella o no. Poco a poco fue llegando cada vez más tarde, hasta que hubo noches en las que ni siquiera llegó. Me rompía el corazón, pero ella no parecía darse cuenta.

Yo traté con todas mis ganas de reactivarnos, de volver a lo que teníamos, de captar su atención. Pero todos mis esfuerzos fueron en vano. Ella pasaba de mí. Ya no me cocinaba, ya no se acurrucaba junto a mí en la cama, dejé de importarle, ya sólo tenía mente para él.

Terminé por aceptarlo, no me quedaba de otra. Ella estaba tan feliz que tuve que olvidarme de mi egoísmo y dejarla ser, dejarla estar con él, dejar que se olvidara de mí. Me dediqué a contemplarla. Mientras hablaba con él se le iluminaba la cara, cuando se arreglaba para salir a verlo, sus nervios tensaban el ambiente de toda la casa, sonreía de oreja a oreja y se la pasaba cantando y dando vueltas por ahí, verdaderamente era feliz y todo se debía a él.

Un día de los que sabía que ella estaba con él, de esos que se arreglaba demasiado dándome a entender que no iba a volver, no me quedó de otra más que dormirme temprano. A media madrugada me despertó un azotón de puertas seguido por un grito que se convirtió en gemidos. Alarmado corrí hacia la entrada y la encontré tirada en el piso, abrazando sus piernas y sollozando, destrozada.

Me acerqué a ella y le lamí la cara, tratando de consolarla. Ese hijo de puta le había roto el corazón. Yo tenía ganas de matarlo, de arrancarle la cara.

Carolina pasó el resto de la semana metida en la cama, sin salir, sin abrir las cortinas, sin poner música, sin dejar de llorar. No sabía ni que hacer, daba vueltas por el cuarto tratando de distraerla, le propuse un millón de ideas, pero ella sólo me miraba y volvía a llorar. Así que me acurrucaba junto a ella, tratando de que depositara un poco de ese dolor en mí, tratando de aliviarla.

Al pasar diez días se levantó, se metió a bañar y al salir se quedó mirándose en el espejo bastante tiempo, sin sonreír, sin emitir ningún gesto. Luego se levantó y en un ataque de rabia arrancó todas las fotos de las paredes, abrió el closet y saco toda la ropa, aventándola al suelo, desesperada. Se puso un vestido negro, se pintó los labios de rojo intenso y se fue.

Esa noche, al volver, se acostó junto a mí en la cama, demandándome mimos y atención ¿sería que todo volvería a ser como antes? Me tomó entre sus brazos y me dijo al oído “ojalá los hombres pudieran ser como tú”. Pasamos la noche juntos, acurrucados, como antes de que conociera a ese cabrón.

A primera hora en la mañana, nos despertaron unas sirenas. Carolina se levantó temblando, podía notar sus ganas de llorar, pero las estaba conteniendo. Se miró unos instantes en el espejo y caminó hacia la puerta, había alguien del otro lado tocando el timbre con desesperación, el ruido de las sirenas seguía.  Antes de abrir se agachó, me abrazó y me dio un beso. Salió cerrando la puerta y poco a poco las sirenas se fueron desvaneciendo hasta dejar de sonar. Ella no regresó.

A veces escucho las sirenas y me emociono pensando que será ella, a veces alguna que otra brisa me recuerda su olor. Desde que se fue no valgo nada, sólo pienso en ella, me lamento y espero el día en que podamos estar juntos, sólo deseo volver a estar a su lado.

El Final.

Escucha las campanas del cielo,
como retumban alteradas.
“¿Dónde has estado?” Pregunta con anhelo,
el que te observa desde las alturas.
 
Mira el paso de los años,
como ha dejado una historia grabada
en las arrugas de tu piel,
una historia que aunque es resguardada
se fue rápida como la brisa,
arrebatándote la sonrisa,
cambiándola por una idea cruel.
 
Cansado de correr tras tus sueños,
sucumbes y los dejas ir.
Sintiéndote golpeado por desdeños
los dejas huir, agotado de vivir.
 
Gritas quejándote al cielo,
esperando que un ángel te oiga
deseando una respuesta que no llega.
 
Y cuando el sol se pone y la noche cae
con soledad y miedo  te dejas morir,
sin certeza de a dónde vas, ni de lo que dejas atrás
esperando que un ángel te guíe.

Libertad

Salí del juzgado y me fui directo a casa, con mis hijos. Los abracé y me encerré en mi cuarto para poder llorar. Me sentía libre, completa, a pesar de todo lo que acababa de perder.

 Conocí a Gerardo un domingo, saliendo de misa. Yo iba andando de la mano de mi padre y él se acercó a saludarle. Desde ese momento me hice suya en sus ojos.  Un par de años después nos casamos en esa misma iglesia y me trajo a vivir a la ciudad de México.

A mí me enseñaron que un matrimonio, es para siempre. Al casarte juras ante Dios y ante todos los presentes que vas a estar con esa persona hasta que la muerte los separe. Pero ninguno de ellos, ni siquiera tú, podría imaginar lo que semejante juramento significaría.

Junté toda la evidencia que tenía sobre la situación económica de Gerardo. Durante un año guardé todos los recibos, saqué copias de las escrituras de todas las propiedades, estados de cuenta, en fin… todo lo que pude encontrar para probar que vivíamos en una situación privilegiada y que a Gerardo le alcanzaba para que sus tres hijos y yo siguiéramos con nuestro mismo nivel de vida aunque él y yo nos divorciáramos. Lo puse todo en una caja y se lo entregué a mi abogada. Se quedó boquiabierta y me aseguró que ninguna mujer era tan inteligente, que nadie se preparaba tan bien, que teníamos el caso ganado.

En el pueblo, todos lo conocían por su carrera política. Al verlo yo sólo pude imaginar por su postura y su bigote bien tupido, que era un hombre que se daba a respetar, un hombre de poder.

Creo que en el pueblo, o al menos en mi familia, nos educaron para ser la esposa perfecta de un hombre de poder. Siempre arreglada, sumisa, amable, con la voz bajita y con millones de muletillas que sirven para manipular a cualquier hombre y conseguir lo que una desea. Aprendí a cocinar, a cocer, a saludar y a mantener la imagen ante todo. Y ahora que me estoy divorciando ¿De qué me sirven todas éstas habilidades?  Ojalá hubiera estudiado una carrera.

Cuando llegamos a la ciudad de México me sentí pequeña e insignificante por primera vez, me aferré del brazo de Gerardo y no me atrevía a andar por la ciudad sin él.

Él compró una casa enorme en alguna colonia muy privilegiada. Era de dos plantas y tenía cuartos como para que nos visitaran todas mis hermanas al mismo tiempo. Tenía un jardín enorme que rodeaba la casa y que se podía mirar desde el ventanal de la sala. Amaba esa casa, pero nada más salía y la ciudad me aplastaba, con sus millones de coches y camiones, con los semáforos, los vendedores, los mendigos y los millones de personas que estaban dando vueltas todo el día.

 Después de la primer semana desde que Gerardo se fue de la casa, era momento de que se llevara a los niños el fin de semana. Entró por ellos y su simple energía de “hombre poderoso” me aplastó. Cuando se fueron me sentí feliz y aliviada y agradecí nuevamente haber decidido divorciarme. ¡Qué feliz era sin él!

Llamé a Mónica para ver si quería venir a la casa a tomarse un café o salir a algún lado, ella me dijo que iba a ir al cine con Anuar y los niños. Se me olvidaba que mis amigas siguen casadas. Así que llamé a Griselda, ella nunca se había casado, seguro podía instruirme en mi nueva vida de soltera.  Fuimos por un café y entre la plática me convenció de salir a bailar con ella en la noche ¿Qué podía perder?

Fuimos a un lugar que ella afirmaba que era el que estaba más de moda. Cuando llegué, vi a Griselda y me sorprendió ¿Cómo se atrevía a vestirse así? Traía una blusa escotada de la espalda, sin sostén y con unos jeans tan pegados que parecían la piel misma. Bebimos unos tequilas, platicamos con muchos hombres y bailamos toda la noche. Fui una adolescente por primera vez.

Cuando nació Margarita supe que mi lugar en el mundo era detrás de ella, cuidándola. Que no había ser más hermoso en el mundo que esa chiquita que sostenía en mis brazos, que no existía ningún otro amor más grande o poderoso. Después nacieron Gerardito y Tomás y ese amor se multiplicó por tres.

 Todos los días jugábamos en el jardín. A mí no me importaba ensuciarme con tal de escuchar sus risas y verlos sonreír. Después comíamos los cuatro juntos y a veces, los sacaba con la nana y el chofer a ver una película en el cine o los llevaba a Coyoacán por un helado. Margarita siempre quería que le comprara un reguilete. Llegaba corriendo a la casa y lo plantaba en la maceta de la ventana, así los fue coleccionando.

En las noches llegaba Gerardo de trabajar y la cena tenía que estar lista y servida justo en ese momento. Yo me sentaba a su lado y le acariciaba el brazo mientras él comía y veía las noticias en el televisor.

Todo parecía perfecto, como un cuento.

 Un día me cansé de estar sola en la casa. Los niños se iban todo el día a la escuela y después el chofer se los llevaba a sus respectivas clases de ballet, pintura y fútbol. Gerardo no llegaba hasta la noche y yo me quedaba sin qué hacer en esa enorme casa, todo el día. Tuve que perderle el miedo a la ciudad. Le pedí al chofer que me la enseñara, él me llevó en el coche por cada barrio hasta que me los aprendí . Después le pedí que me enseñara a manejar y a tomar el transporte público para llegar al centro.

Faltaban algunos minutos para que llegaran mis hijos de ver a Gerardo. Saqué las galletas del horno y serví tres vasos de leche con chocolate. Nunca me había separado tanto tiempo de ellos. Entraron a la casa y Margarita se subió corriendo y se encerró en su cuarto sin saludar. Me le quedé viendo a Tomás y a Gerardito exigiendo una explicación, pero ellos no me miraban a los ojos. Subí al cuarto de Margarita e intenté hablar con ella, pero se escondió debajo de las sábanas negándose a responderme. Volví a bajar y los niños ya estaban comiéndose las galletas “¿qué tiene su hermana?” les pregunté exigente “está triste porque dice mi papá que lo corriste de la casa” contestó Tomás.

Sentí un golpe en el estómago. ¡¿Que lo corrí de la casa?! Seguro el cabrón no les dijo por qué.

 Uno jura amor por siempre, pero junto a ese juramento deberían haber ciertas cláusulas, porque la verdad es que el amor se muere, hay detalles que lo rompen lentamente y si no encuentras la forma de repararlo, el amor se muere cada día más, hasta convertirse en asco, odio y desprecio. Y entonces, si el amor no duró por siempre ¿Por qué el matrimonio habría de hacerlo?

 Estábamos jugando en el jardín cuando escuché el coche de Gerardo entrar a la casa. Me levanté del pasto y los niños y yo corrimos a recibirlo. Él abrazó y besó a cada uno de sus hijos y yo esperé mi turno para abalanzarme entre sus brazos, pero él me empujó “¡No me toques! Estás toda sucia” dijo con desprecio, alejándome de él. Se sacudió la ropa y sin mirarme le pidió a la muchacha su cena.

Le expliqué a mis hijos en todos los tonos que su papá y yo ya no nos queríamos, que nos peleábamos mucho y que para ser felices teníamos que estar separados. Que él iba a ser siempre su padre y yo su madre, y que para los dos, no había nada más importante que ellos y pasara lo que pasara siempre iba a ser así.

 Nos fuimos al pueblo por el cumpleaños de mi hermana, la más pequeña. Cuando llegamos a la casa de mis padres, mis hermanas corrieron a abrazarnos a mí y a los niños. Mi papá no se levantó de la mecedora y no apagó el televisor. Le di un abrazo que no fue correspondido y mi madre nos gritó a todas que la comida estaba servida, que nos sentáramos.

Cuando los niños se subieron a dormir empezó el tema incómodo “ya hermana, regresa con él, perdónalo, es un buen hombre” decían todas mis hermanas. Mi madre lloraba y me suplicaba que no me divorciara, que no estaba bien visto, que qué iba a decir Dios. Mi padre no me dirigió la palabra en todo el fin de semana.

 Entendí que no contaba con su apoyo. Que la peor vergüenza y deshonor para una mujer de pueblo como yo era fallar como esposa. ¿Y mi felicidad? ¿Por qué sacrificarla para mantener una imagen? Nunca me enseñaron que el matrimonio también podía ser un infierno, nunca me leyeron las letras pequeñas del contrato.

 Al regresar del pueblo tenía cita en el juzgado. Mi abogada y el abogado de Gerardo discutían levantando la voz. Gerardo no quería darme ni un peso y quería quitarme la custodia de los niños. Al salir del juzgado mi abogada me tranquilizó, me dijo que era cuestión de tiempo para que Gerardo accediera, que los niños iban a testificar y que era casi imposible que me los quitaran, que siempre le dan prioridad a la madre.

Llegué a la casa después de una tarde de compras con Mónica, Gerardo ya estaba ahí, se me había hecho tarde. Me estaba esperando disgustado en la cama. ”¿Dónde estabas?” Dijo, retorciendo el bigote “Fui con Moni a comprar unas cosas para los niños y se me hizo tarde”  “¿Por qué no te llevaste al chofer y desde cuándo sabes manejar?” me preguntó enojado, no entendía por que manejar era algo malo. Se levantó de la cama y se acercó a mí. Me tomó del pelo y jalándolo me dijo con los dientes apretados “Tú no sales de ésta casa sin que yo me entere, tienes prohibido salir sin el chofer y éstas no son horas de llegar” le quité la mano de mi pelo y lo empujé con mi poca fuerza “¿Quién eres tú para decir lo que tengo que hacer? ” dije entre llantos. Él me empujó en la cama, me rompió el vestido y mientras me violaba me dijo “tú eres mi esposa y haces lo que yo digo”. Ningún grito pudo detenerlo.

 Al siguiente fin de semana que Gerardo se llevó a los niños volví a salir con Griselda. Ésta vez estrené un vestido de esos que había visto en tantas revistas y que jamás imaginé ponerme. Esa noche me llevé un hombre a casa. No me importaba ni su nombre, ni sus condiciones, sólo quería sentir unas manos que no fueran las de Gerardo, sólo quería gozar como no había gozado en años.

Recibí una llamada de la abogada, por alguna extraña razón la custodia de mis hijos estaba en juego, algo había salido mal cuando ellos testificaron. Fui corriendo al despacho y la abogada me entregó una copia de la declaración de mis hijos, me recomendó que la leyera estando en casa y que me preparara. Habían dicho los tres que yo los golpeaba, que era una mala madre, que me la pasaba de fiesta, que nunca les preparaba el almuerzo, que nunca estaba en la casa y no sé cuantas mentiras más. Me partí en dos. ¿Cómo pudieron haber dicho eso de mi? Si les he dedicado mi vida entera. Gerardo los había manipulado.

El infierno se hacía cada vez más grande. Se rumoraba que Gerardo tenía a más mujeres y yo no podía más que desear que me dejara y se fuera con una de ellas. Todas las noches me ponía la más falsa de las sonrisas y lo acompañaba a cenar, se me retorcían hasta las tripas cuando lo veía. Lo único que me salvaba de la locura eran mis hijos. Margarita sacaba puro 10 en la escuela y su colección de reguiletes ahora había invadido las demás ventanas de la casa a pesar de que ya era una adolescente. A Tomás le había dado por contar chistes y nos tenía riendo a todos todo el día. “Ves amiga, tú piensa en tus hijos, así todo vale la pena” me decía Mónica cuando nos juntábamos a tomar café y yo me quejaba de mi infierno con Gerardo.

Mientras los niños iban a la escuela le pedí al chofer que me llevara a tomar un café a Coyoacán, era mi lugar favorito, me recordaba a mi pueblo. Me llevé un libro para no verme tan sola. Escuché a dos amigas que estaban sentadas en la mesa de junto, una de ellas se acababa de divorciar. “ay amiga, de verdad estoy tan tranquila sin los gritos de ese hombre. No sabes lo bien que se siente llegar a la casa y saber que él no va a estar ahí. Los niños están un poco tristones, pero estoy segura de que es algo pasajero” dijo con una sonrisa y pude notar la calma en su mirada. Ahí me entró el gusanito ¿Y si me divorcio? Comencé a pensar todos los días, cuando Gerardo se iba y yo me miraba en el espejo tratando de imaginar la vida sin él, cuando llegaba a la casa, cuando me cogía como masturbándose, cuando él dormía roncando como cerdo a mi lado mientras yo me aprisionaba en un insoportable insomnio.

  La primera vez que Gerardo me golpeó fui a la iglesia. Lloraba y le suplicaba a Dios que me diera una respuesta. El padre se acercó a mí y cuando le platiqué mi situación con Gerardo me dijo que el matrimonio era algo sagrado, que era un juramento de protegerse y amarse para toda la vida, pero que principalmente había que aceptarse. Me recomendó que hablara con Gerardo, que pusiera todo mi empeño en arreglar las cosas.

Y eso hice. Traté con todas mis fuerzas de agradarle de nuevo, de recuperar esa mirada con la que me veía cuando nos casamos, o cuando nació Margarita. Traté de verlo como ese hombre misterioso y atractivo que me robó de mi casa, traté de seguir todas sus reglas y de no disgustarlo. Más no lo logré. Él ya ni me miraba. Sólo me cogía cuando estaba caliente y se quedaba dormido al segundo, sin preocuparse por lo que yo sentía…. O no sentía.

Estaba lloviendo y yo salí al jardín. Quería que la lluvia me limpiara la desesperación, el odio, el vacío tan grande que sentía. Quería que me partiera un rayo y que la tierra me tragara. No quería vivir un día más así, no podía. Estallé en llantos y gritos y Gerardo salió a callarme con una bofetada. Ahí le dije que quería divorciarme.

 Al día siguiente el chofer tenía prohibido llevarme a cualquier sitio o dejarme salir de la casa, mis tarjetas estaban canceladas y no encontré llaves de la casa. estaba atrapada.

Le marqué a la abogada que me había recomendado Anuar, el esposo de Mónica y le platiqué mi situación. Ella me dijo que tenía que demostrar que Gerardo me maltrataba y que era millonario, que si no, debía de buscar un trabajo. Pero yo no sabía trabajar, no sabía hacer nada.

Así que aguanté. Un año completo me aguanté. Un año mordí la colcha para no estallar en llanto. Un año enterré mis uñas en las palmas de las manos para no matar a Gerardo. Un año soñé con mi libertad y un nuevo comienzo para mis hijos y para mí, donde los cuatro pudiéramos ser felices. Y me escabullí entre los papeles de su oficina, y lo miré con detenimiento, y guardé todos y cada uno de los papeles que necesitaba para divorciarme. Hasta que lo logré. Armé mi caso y cuando Gerardo menos se lo esperaba, ataqué. Segura de que éste era el cielo, convencida de que hasta Dios me apoyaba con esto.

 Nunca fue a un partido de futbol de Gerardito, ni a ningún recital de ballet de Margarita, ni volteó a ver las pinturas de Tomás que yo había colgado por toda la casa. Sólo llegaba y les gritaba que se callaran y se fueran a dormir, no quería escuchar ni sus vocecitas. Nunca los arropó o les leyó un cuento antes de dormir. No sé cómo lo pueden querer ¿Será acaso que se puede querer a alguien por instrucción, por simple jerarquía? Y ahora que nos vamos a divorciar, ahora sí le interesan sus hijos. Quiere quitármelos sólo para destruirme.

 Mandé a los niños a casa de Mónica a pasar la noche. Esperé a Gerardo en la sala, con la luz prendida. Él entró, y por más que se me retorcieron las tripas no pude borrar la sonrisa de mi cara. “¿Y ahora qué te traes?” le entregué la orden de desalojo y la petición del divorcio. Él estalló en carcajadas. “Lárgate o llamo a la policía” le dije con toda la ira que había albergado en mi cuerpo durante años “¿Eso es lo que quieres? ¿Crees que una pobre buena para nada como tú puede estar sola? Te vas a arrepentir, escúchame bien, te vas a arrepentir de esto” Me dijo y se salió de la casa.

 La abogada llevaba una semana sin devolverme las llamadas y yo tenía cita en el juzgado. Me presenté sin saber lo que pasaba. Cuando entré a la sala Gerardo me miró con una sonrisa satisfecha, se me erizó la piel. El juez dictó la conclusión del divorcio. La custodia de los tres niños había sido otorgada a Gerardo y a mí me habían dado una pensión de dos mil pesos al mes durante un periodo de medio año. Todo estaba perdido. Gerardo había comprado a mi abogada y ella no había presentado las pruebas.

No pude más que preguntarme un millón de cosas,  pero ninguna de las preguntas tenía respuesta. No sabía que pasaría con mis hijos. Si Gerardo era capaz de comprar a mi abogada y quitarme a los niños, probablemente no los volvería a ver. Sin dinero y sin poder me quedé sin herramientas para defenderme. Me había quitado lo único que era, madre de tres niños. Sin ellos no soy nada. Me pregunté también qué tanto era yo para ellos. Si fueron capaces, al igual que mi abogada, de dejarse comprar y testificar en mi contra. Tal vez podían prescindir de mí, tal vez hasta les iría mejor. Sin dinero no tengo nada que ofrecerles. Mi familia ya me había dado la espalda y la mayor parte de mis amigas eran esposas de los amigos de Gerardo. Esa persona que salió del pueblo, la que tenía mi nombre, acababa de morir. Esa mujer tan pequeña, agarrada del brazo de Gerardo, que en algún momento se sintió tan grande y fuerte como para querer soltarlo, se había muerto, toda yo, toda mi historia se había terminado. Por primera vez estaba sola. Sin pasado, sin presente, con un futuro incierto. Sin nadie en quién refugiarme o esconderme. había alcanzado lo que siempre deseé a escondidas, la libertad, sin saber el verdadero significado de ésta.

5 etapas de ti.

NEGACIÓN

 

Pasaron los días y yo seguí esperando el momento para romperme. Pero no lo conseguí. Tu partida fue casi indetectable porque la vida siguió como si nada. Tu ausencia fue una capa que me protegió de sentir, evitando que me derrumbara. Y el sol siguió saliendo y el tiempo siguió corriendo frente a mí, sin tocarme, sin cambiarme. Me quedé estancada.

Una barrera de soledad cubrió mi cuerpo, no pude dejar escapar ni una lágrima. Pensarte era normal, no provocaba nada. Era como si no te hubieras ido porque no podía ni extrañarte. Tal vez fueron los estragos que dejó tu presencia, dejaste tu huella en todas partes, en mis manos, en mis ojos y en mi forma de pensar. tal vez estás tan dentro de mí que sigues aquí, tal vez es la vana certeza de que te sigo teniendo lo que me evita sufrir.

IRA

A que te hace muy feliz saber lo mucho que me jodiste. A que dejas escapar una sonrisa cada vez que piensas en todas las veces que te he invocado junto a la ventana.

Apuesto a que se te levanta el ego al saberme tan perdida, tan atorada, vagando entre sus manos y las del otro sin poder olvidarte.

Haz de reírte de saber que mi corazón se encuentra pasmado, sin morir, sin latir de nuevo. De saber que mi vida completa es una redundancia, que cada pensamiento empieza en ti, tratando de escaparte y acaba en ti de nuevo. Y es que te fuiste sin llevarte nada, pero cuántas cosas dejaste. Me transformaste, te encargaste de que fuera imposible olvidarte.

ANSIEDAD

Un ataque de pánico más, otro experimento fallido. Otra vez mis ganas de escapar. Más conversaciones vacías que me hacen extrañarte, demasiada adrenalina corriendo por mi sangre, intentando distraerme, intentando levantarme.

Y el olvido que me persigue, que intenta reemplazarme, con ella, con la que hoy te hace sonreír. Mis ganas de buscarte, de aferrarme a la punta de tus dedos, a la orilla de cada mirada, no vayas a soltarme.

Y luego salgo corriendo, en dirección opuesta, a opacarte con un trago o dos, a distraerme con uno o dos, pero tu recuerdo siempre termina por alcanzarme y me llena de miedo, porque lo sé, lo siento… después de ti, ningún cielo será suficiente.

DOLOR

Como un abismo que se convirtió en mi realidad llegó tu ausencia, desatando mi locura de extrañarte, quitando todo lo agradable, opacando hasta mi risa.

Como fuego que nace desde mis entrañas y arrasa con todo lo que queda de mí, convirtiéndome en nada. Ahogándome con hubieras y otros sinsentidos, que se revuelcan en cada pensamiento, llenándome de culpa, de remordimiento.

y mátame, mátame de una vez, si no vas a volver, si éste es el final. si no logro olvidarte ¿lo es?

ACEPTACIÓN

Casi pude escuchar al mar al ver el cielo tan lleno de estrellas. Que mirar el cielo, es mirar el pasado, es recordarte.

Me duelen todas las cosas que quiero decirte y se pierden con la distancia. Me duele saber que eres sólo un recuerdo.

El amor es lo que queda después del olvido, es ese fragmento que sobrevive al luto completo. Eso que queda después de odiarte y de llorarte, lo que sobrevive a través del tiempo.

Porque el tiempo no borra los sentimientos, ni los recuerdos. No borra nada, no sana nada. Acomoda lo que estaba, lo que queda y lo que está, formando una armonía. Sanando cada herida y componiendo cada parte hasta formar un todo, un todo que incluye eso que dejaste y que estará en mí por siempre, un todo que me permite recordarte sin buscarte, sin extrañarte.

Eso que llamábamos Felicidad

Aún recuerdo como se sentía. Como una brisa cálida que lejos de erizar la piel, la abrigaba. Como las manecillas del reloj desapareciendo, haciendo del tiempo pequeños instantes que parecían algo eterno. Aún recuerdo el calor del sol y todos los colores, los aromas y las pequeñas certezas que llenaban el alma de tranquilidad. Los mañanas seguros y la incertidumbre del futuro menos temerosa.

Todavía recuerdo esas largas caminatas sin dirección alguna, tomados de la mano, donde cualquier lugar parecía un paisaje. Nuestra habilidad para matar el tiempo, tu respiración profunda, uno que otro ronquido que me arrullaba y la luna de fondo.

Recuerdo los rayos del sol que hacían aparecer destellos dorados en tu cabello y líneas verdes y amarillas en tus ojos, recuerdo como mi mente se pasmaba mientras te observaba y el magnetismo que unía a mis manos con tu piel.

La tranquilidad de no buscar, como si lo tuviéramos todo. La sensación de poseer todas las respuestas y carecer de dudas. La inercia de hacer las cosas sólo por hacerlas. El ambiente estancado en una bola de cristal, donde no había nada más, porque nada más faltaba, la perfección. Recuerdo disfrutar.

Hasta que empezamos a verle cara de celda, y por más que la adornamos no volvió a sentirse igual. El tiempo se frustró y comenzaron las preguntas, la ansiedad. Se soltaron nuestras manos y salimos a buscar lo que ya teníamos, pero que en algún punto nos llegó a estorbar.

Porque eso que buscamos todos los hombres, va en contra de nuestra humanidad. Porque es indefinible y no lo vemos hasta que ya no está. Porque sería imposible detener el cambio, por más relativo que éste sea, porque no depende de nosotros. Porque nuestra necesidad se inclina más hacia buscar que hacia haber encontrado, porque si fueras algo eterno, no serías tan especial.

Recuerdo cuando los recuerdos no eran más que eso, hasta que los cargamos con conceptos y comparativos que lograron distorsionarlos. Recuerdo tu recuerdo, que ha cambiado. Porque lo que hoy recuerdo de ti, no es lo que eres ni lo que eras en ese entonces, es un fragmento distorsionado de la felicidad que algún día encontramos, de la felicidad que soltamos.

Aún tengo tu recuerdo, tengo el mío y el de lo que fuimos, Aún recuerdo eso que llamábamos felicidad.

Lejos

Son éstas ganas de no pensar

Las que me tienen dándole vueltas a todo

Porque los problemas te siguen

A donde quiera que vas

.

Hay que aprender

A no solucionarlo todo

Que hay incógnitas que se deben perdonar

Cerrar los ojos, respirar

Y hacerse a un lado

.

Porque tu voz, y su voz

Y tantas voces se me van borrando

Pero hay caras que persisten

Como tatuadas en los dedos

.

Porque estando lejos

intento desintegrarme

entre ideas y recuerdos

perdiendo y encontrando tantas partes

tratando de huir, de reinventarme

Más no se puede empezar de cero

Probando otro mundo

Todo lo que la española acababa de decirme estaba lleno de razón.

No sé si debiera de escribir al respecto, no sé si pueda ofender de alguna manera, pero si no lo hago ¿Para qué estoy aquí y para qué escribo?

Es cierto. Mantener a una monarquía en un momento de crisis es un lujo que no satisface al pueblo. Para el punto visto a partir de conceptos, tener una monarquía es algo inútil cuando al mismo tiempo tienes un parlamento que funciona a partir de la democracia. Si el parlamento consta de un presidente y varios ministros y diputados encargados del poder ejecutivo y administrativo, de la resolución de crisis, de las propuestas para la mejora del país y la participación con el resto de Europa y que funciona a partir de una constitución ¿Dónde queda la participación monárquica?

Entonces la monarquía se convierte en un gasto inútil para sostener a una imagen retrógrada de algo que solía funcionar en la época medieval pero que se ha vuelto irrelevante.

Mientras los sueldos bajan, los impuestos suben y la gente está desempleada, la monarquía gasta increíbles cantidades de dinero en… vivir como reyes (jajá) Y mientras se gastan cantidades inmensas en la planificación de la coronación de un nuevo rey, el porcentaje de estudiantes ha disminuido a causa de los precios de las universidades, la calidad de la salud pública deja cada vez más a desear, hay una fuga de cerebros a causa de la falta de inversión en la investigación y desarrollo tecnológico y cada vez hay más gente siendo despojada de sus viviendas a causa de deudas que con falta de empleo no pudieron pagar. Los izquierdistas tienen hirviendo la sangre.

Por un momento me sentí de nuevo en el tercer mundo, me hirvió la sangre y me volví de izquierda. Es muy fácil ser de izquierda cuando sales todos los días a la calle y en la esquina COJES un bus limpio, que no contamina, lo suficientemente vacío como para poder ir todo el trayecto sentado. Cuando sales a la calle y no se te encoje el estómago pensando que en cualquier momento te pueden asaltar, violar o yo que sé. Cuando trabajas de las 10:00 a las 14:00 hrs, vas a comer a tu casa con tu familia, te hechas una siesta y regresas de las 17:00 a las 21:00 o menos. Cuando a pesar de que no es lo mejor, tienes acceso a la salud pública, a una clínica decente en tu comunidad, sin tener que formarte 3 horas antes, del otro lado de la ciudad o en otro estado, en el frío estando enferma, para conseguir una cita dentro de un mes. Cuando bien que mal, tienes un techo y alimentos y hasta da tiempo de celebrar a todos y cada uno de los santos en el calendario. Y sí, todos los de la izquierda odian a la iglesia, porque al igual que la monarquía se ha vuelto irrelevante y es un órgano que recibe cantidades enormes de dinero sin producir un coño y sin pagar impuestos.

Por supuesto no dejé de pensar en mi México lindo y querido, que es lo único que conozco.

Al parecer no se puede hablar de política sin hablar de robos y corrupción. O.K. partamos de la premisa que TODOS los políticos roban dinero. En México, un político tiene 6 años o menos para robar el suficiente dinero para mantener a su familia por tres o cuatro generaciones como reyes, entiendo que esto, como político, te llene de ansiedad y entonces te dediques a robar cantidades inimaginables. Pero un rey ¿Por qué coño robaría, si ya es rey? ¿Acaso el rey no vive como rey, necesita más? Lo peor no es que el rey robe dinero, lo peor es que no es para mantener a las próximas tres generaciones de su familia, ¡Ellos también van a ser reyes! Claro que, las cantidades que se roban en España han de ser (me imagino) mucho menores a las que se roban en México. (si es que se roban dinero, por supuesto la premisa es una suposición basada en leyendas urbanas de las cuales NINGUNA ME CONSTA).

Entonces, partiendo del análisis anterior, ¿Cuál es la solución? ¿Tener un gabinete que sólo tiene 6 años para hacerse millonario o tener una monarquía que por siempre va a ser millonaria?

Tal vez debieran de quitar la monarquía en España y en México deberíamos correr a todos los senadores y diputados y nombrar a un rey. De otra manera tenemos a más de 500 reyes sentados en la cámara y seguimos sin ser una potencia mundial.

Otro de los problemas que rigen a México (según yo) es la falta de identidad. Por favor, el tequila y los mariachis NO NOS DAN IDENTIDAD. Aquí todo el mundo tiene colgadas sus banderas de España, de la región (Galicia, Cataluña, etc) y de la unión Europea. Tienen una larga historia llena de símbolos con los cuales se siguen identificando, que los unen y que los hacen únicos, que les recuerdan a momentos en los que España era una potencia mundial. A partir de el México independiente ¿Qué símbolos hemos generado que nos unan como mexicanos? Por supuesto, 3 siglos de colonia bastaron para tumbar los símbolos de la historia prehispánica.

Si existe una identidad, existe entonces una unidad. Y al estar unidos es mucho menos factible que te nazcan las ganas y se te quite el remordimiento al CHINGAR al otro.

Entonces la monarquía cumpliría su función al ser un símbolo. Un Símbolo de una patria que en muchos momentos ha sido la más grande potencia mundial, un símbolo de unidad y tradición. (claro, podrían recortarles un leve el presupuesto)

En México no nos convendría tener un símbolo de tradición, la tradición sería joder a los de arriba. Siempre queremos tumbar al gobierno para poner a otro igual o peor. Siempre nos estamos quejando. No sería bueno voltear al pasado, no nos recordaría a hacer las cosas bien, porque nunca las hemos hecho bien.

Y claro, la calidad de vida en España está como está gracias a gobiernos anteriores, y si no se cuida ¿Cuánto falta para que llegue la delincuencia a los niveles mexicanos? En algún punto todo empezó. Si los nuevos gobiernos en España no solucionan la crisis y ésta crece, será cuestión de ¿Qué.. 50, 70 años para que a los españoles les de miedo caminar en la calle?

Sin embargo ellos, así como yo, no deben olvidar que todo es relativo y que su posición (ante mis ojos, al menos) es bastante privilegiada. Sin tampoco volverse conformistas, porque el conformismo es una tolerancia, que como toda tolerancia acaba distorsionándose y perdiendo de vista el límite. Siempre hay que aspirar a más.

Después en la plática llegamos a Suiza, el país más privilegiado. Que está tan por encima de todo, que los extranjeros que lavan dinero lo llevan allá porque es el lugar más seguro. Sí, la calidad de vida en suiza es infinita, y dudo mucho que haya izquierdistas a los que les hierva la sangre y se quejen del gobierno. Pero… ¿Cómo comparar a Suiza con España, y peor aún… con México? Si su extensión territorial y número de habitantes es mil veces menor.

Tal vez es esa la solución. Deberíamos de dividir al mundo en miles de países más. Es muy optimista querer tener un mismo gobierno para Chiapas que para el distrito federal. NO SON LO MISMO, no funcionan igual, no necesitan lo mismo. Tal vez debiéramos formar una utopía de mini-países que se caracterizaran como país agrícola, pesquero, minero, de servicios, etc. Con menos gente hay más participación del pueblo dentro del gobierno. El mismo gobierno de Suiza es ultra-sencillo y al mismo tiempo parece una utopía.

La plática no concluyo, como todas las pláticas de política, no pueden concluir porque no hay una forma correcta de hacer las cosas. Si la hubiera, entonces se acabarían los filósofos y el mundo estaría solucionado.

¿Pero qué puedo decir yo? Si sólo soy una rata tercermundista que cruzó el océano y está feliz porque puede ir sentada en el camión…

CODA

Escuché la cerradura de la puerta, corrí a apagar la luz y me metí en la cama. No quería enfrentar a Arturo ¿Qué le iba a decir? cuando entró al cuarto cerré los ojos fingiendo estar dormida, él entró tratando de no hacer ruido y sin prender la luz. Se quitó los zapatos y los botó en algún lugar cerca de la cama, después se desvistió, acomodó la ropa sucia en la silla del tocador y se acostó junto a mí.

Lleva un mes y medio sin oler a alcohol, sin embargo no se siente como algo afortunado. Escuché su respiración hasta que se volvió profunda, así supe que estaba dormido y me levanté, sin hacer ruido. Ya no soporto tenerlo cerca. Entré al estudio y cerré la puerta. El estudio se ha convertido en mi guarida cuando Arturo está en la casa, las paredes son gruesas y él no escucha el tecleo en la computadora o el rasgar del lápiz y así puedo existir, a escondidas.

No puedo explicarme lo que está pasando. Por fin Arturo está haciendo todo bien, llega relativamente temprano de trabajar, no sale de “viajes de negocios”, me lleva a todas las reuniones de la oficina, le ha quitado la clave a su celular y lleva un mes y medio sin tomar. Pero no me siento bien, no me la creo, hay algo muerto en mí. ¿Será acaso que extraño la adrenalina? Esas noches enteras pegada al teléfono, con los ojos en la puerta y fumando un cigarro tras otro hasta que él llegaba, enojado, apestando a alcohol y mala muerte. ¿Será que extraño la incertidumbre? Todas esas veces que no contestaba el teléfono o cuando se escondía para responder una llamada. ¿Qué me pasa?

Lidiar con la adicción de Arturo me destruyó por completo, mi espíritu no tiene identidad y mi alma está por completo fatigada. Hay que saber que una adicción va mucho más allá de la dependencia a cierta sustancia. Un adicto no sólo consume, miente, se esconde, evade, niega y tiene millones de conductas inapropiadas que destruyen a las personas a su alrededor, pero principalmente a ellos mismos.

Estaba lloviendo y era domingo la última vez que peleamos. Llevaba dos días sin saber de él y la ansiedad me estaba haciendo mierda. No podía más que tomar café y fumar porque si comía algo instantáneamente lo vomitaba. No podía cerrar los ojos, leer, ver la tele o distraerme con nada, sólo podía pensar en los distintos escenarios que explicaban la ausencia de Arturo y todos me llenaban de sentimientos altamente destructivos. Podía imaginármelo perfecto en la playa con una vieja, disfrutando, escuchaba su risa y me imaginaba sus manos paseándose por el cuerpo de esa extraña y me entraban ganas de incendiar la casa. Tal vez había muerto, por manejar ebrio, había chocado y se había desfigurado la cara y por eso nadie me había avisado. O estaba con su otra esposa, seguramente tenía otra familia con tres hijos hermosos que salieron con sus ojos y su sonrisa. Total, entre una fantasía y otra no pude más. Agarré la maleta más grande que encontré y empecé a empacar todas mis cosas. Por supuesto empecé con la ropa, pero en algún punto entre el vestido que usé en nuestro primer aniversario y las pantuflas que me regaló cuando estaba enferma empecé a sentirme más loca y dejé de empacar. Tendría que irme sin nada, porque todo lo que soy y todo lo que tengo me recuerda a él.

Se me acabaron los cigarros y salí a la tienda de la esquina a comprar más. Cuando iba de regreso lo vi merodeando por la puerta de la casa decidiéndose a entrar. No supe que hacer, quería destrozarlo, abrazarlo y besarlo, arrancarle la ropa, escupirle millones de insultos y soltarme a llorar. Me escondí atrás de un coche y esperé a que él entrara. Necesitaba prepararme para enfrentarlo.
Cuando al fin me armé de valor entré a la casa y él estaba sentado en la cama, llorando, se había aferrado a las pocas cosas que logré empacar. Me miró a los ojos y con la voz ahogada me dijo “No te vayas, no me dejes”. Eso me molestó en exceso ¿Cómo chingados me pide que no lo deje? ¿Acaso quiere que lo aguante toda la vida? ¿No le molesta hacerme sufrir de ésta manera? Pero también, el verlo llorar, completamente desesperanzado, me partió en dos. Quería abrazarlo, protegerlo y asegurarme de que nada en el mundo lo hiciera sufrir. Así de pinche es el amor.

Ese es el problema con la ambigüedad de sentimientos, ¿Cómo decidir a cuál seguir? Definitivamente no podía mezclar mi ira con las ganas de cuidar a Arturo ¿y cómo encontrar un sentimiento intermedio? ¿Cómo encontrar una reacción que no traicione a ninguno de mis dos sentimientos?

Me le quedé viendo, inmóvil. Mi cuerpo temblaba y las lágrimas brotaban sin parar. No pude emitir ningún sonido, ni hacer ninguna seña o decir palabras. Estoy segura de que la intención de mi mirada cambiaba cada tres instantes. Él se empezó a estresar, tampoco sabía qué hacer.
– ¿Dónde estabas? – le dije al fin con la poca congruencia que encontré entre mi cagadero emocional.
– Tuve que ir a firmar unos contratos a Querétaro, pero perdí mi celular y no pude localizarte – me dijo. Sus ojos brincaban por todas partes. Estaba mintiendo.
– ¿Y por qué apestas a alcohol, por qué no me avisaste? – le pregunté, sentenciándolo, con toda la frialdad de mi alma.
Él no tuvo respuesta alguna, volvió a estallar en llanto y la ira sobrepasó mi necesidad de cuidarlo. Le arrebaté las cosas que había agarrado y las volví a meter a la maleta, él gritaba y suplicaba y sacaba las cosas de la maleta mientras yo las seguía metiendo. Hasta que no pude más y hui al baño. Me encerré y no salí de ahí hasta el día siguiente.

Cuando salí él estaba inconsciente en el sillón frente a la tele con una botella de whisky en la mano. Llena de rabia lo desperté echándole una jarra de agua en la cara y me senté frente a él sin decir nada. Después de eso discutimos, o bueno, él discutió y me hizo un millón de promesas, como siempre, pero ésta vez no le creí. Acepté el acuerdo y todas sus promesas con la única expectativa de verlo fracasar y tener una razón concreta para dejarlo… Pero no fue así.

A partir de ese día Arturo ha sido otro. Al principio estaba como perro regañado, tratándome con pinzas. La primera semana, mientras yo fingía estar dormida, él agarraba todas nuestras fotos y empezaba a llorar. Podía imaginarme lo que sentía, culpa principalmente. Por dejarme sola tantas veces, en la mayoría de las fotos sólo salgo yo, esperándolo, en Navidad en casa de mi suegra, cuando él llegó después de las doce, en la boda de Ramón y en la de Adriana, en el bautizo de su sobrino y en la graduación de su prima. En el viaje a Grecia cuando se tuvo que regresar por un imprevisto, tuve que hacerme amiga de unas señoras y del guía de turistas para no aburrirme. Siempre sola, sin ninguna explicación, su vida para mí siempre fue un misterio.

Y ahora ya no sé qué hacer con él, pasa demasiado tiempo en la casa y siento que me asfixia, cada vez que hablamos me mira fijamente a los ojos, estos ya no bailan, él ya no miente. Conozco a cada uno de sus amigos de la oficina y hasta a la nueva secretaria que está bien pinche y fea. Siempre me contesta el celular y me avisa hasta cuando sale a comer con sus cuates.
Ahora que no está tomando ni escondiéndose de mí, ha encontrado millones de cosas saludables y recreativas que hacer. Se levanta a correr todos los días, come sano, dibuja y escribe. Todo eso genera nuevas formas de vincularme con él, pero no puedo, me da miedo, no sé vincularme con él si no es por medio del dolor. Siento que mi existencia ya no tiene sentido, me he vuelto irrelevante.

Como ya no toma, nunca se pone grosero o violento y jamás peleamos y no entiendo… ¿Por qué soy tan infeliz? ¡Ya tengo todo lo que quería! Si tan sólo hubiera sido así desde el principio… Pero no lo fue, y aun así estaba con él y éramos felices, a veces.
¿Será acaso que la adicta soy yo? al maltrato, a la adrenalina y la incertidumbre ¿Será que Arturo cambió demasiado tarde? ¿Qué sigue? ¿Qué debo hacer? Tal vez ahora debiera de ser yo la adicta, tal vez no soy feliz porque no sé cuánto va a durar ésta nueva actitud de Arturo, no confío en que dure para siempre.

Creo que la enferma soy yo, y no tengo ni puta idea de cómo curarme. Estoy atrapada en un cuento que se trata de Arturo, de su adicción y de como ha logrado sobrepasarla. Su vida es ese infierno que todos mencionan y conocen, ¿pero que hay del infierno que estoy viviendo yo? nadie explica que pasa con los codependientes cuando sana su adicto. Tal vez deba de dejar a Arturo e irme con otro adicto, tal vez deba orillarlo a que vuelva a tomar, tal vez es cosa de que me acostumbre, tal vez es cuestión de tiempo y volveré a enamorarme de él, tal vez necesito confiar o… tal vez necesito encontrar algo nuevo que me haga sufrir.

trascendencia

– ¿Y si salen positivos? –

Logró preguntar mi conciencia a pesar de mi intento constante de callarla. Sentí como el panorama se volvía negro. Se cerraron todos los caminos, no había más. ¿Qué seguiría? ¿Qué sería de mi vida?

Nunca he encontrado el verdadero sentido de la vida, supongo que después de filosofar, todos llegamos a la conclusión de que el fin último es trascender, pero.. ¿Qué es trascender? ¿Cuál es el real significado de trascendencia?

Trascender significa cruzar o rebasar algún tipo de límite. Pero si los límites no existen y son relativos e imaginarios, entonces cada quien tiene sus propios límites y el trayecto de la vida se convierte en el intento de cruzarlos. Me imagino que por eso, la mayoría de la gente, vincula la trascendencia con el ámbito profesional. Si trascender se resume a trazar tus propios límites, entonces todos trascenderíamos. Y si trascender dependiera de los límites establecidos por las demás personas, si tuviera una definición común, entonces nadie lo haría.

Tal vez el único límite real es la vida misma. Por eso Dios, por eso todas las religiones. Porque necesitamos creer que al cruzar el único límite real hay algo esperándonos, lo que le da dirección y sentido, lo que hace que todo el tiempo que pasamos vivos haya valido la pena. ¿Y si no hay Dios, habrá valido la pena?

No sé qué haría si resulto enferma. De por sí la vida es pesada, ahora tendría que recorrer el mundo con la etiqueta más pesada de todas, porque todos me etiquetarían, pero más importante aún YO me etiquetaría. Mi etiqueta sería más una jaula, en la que nadie puede entrar, nadie podría acercarse… una jaula que me alejaría del vínculo más importante que se puede establecer con otro ser. Sólo me quedaría esperar, deambular el mundo sintiendo como mi cuerpo se va haciendo cada vez más débil, convivir sin vincularme, esperar todos los días a que en cualquier momento ¡PUM! Todo se acabe, y no, no estoy dispuesta. A vivir cada día pensando que tal vez es el último, a esperar que el cuerpo deje de funcionar y convertirme en una carga para alguien.

La muerte es algo que todos tenemos presente y no. Sabemos que vamos a morir, mas al no saber la fecha exacta, asumimos que va a llegar después, cuando tengamos algo concreto, cuando hayamos recorrido un largo camino, cuando nos alcance la vejez. ¿Y si no? Deberíamos tener presente la posibilidad de que la muerte nos alcance antes. ¿Qué cambiaría? Por lo general no vivimos esperando morir. Tal vez debiéramos encontrar etapas de trascendencia, para poder trascender de alguna forma si morimos jóvenes, tal vez no debiéramos de hacer tantos planes, porque los planes posponen cosas, los planes dan por hecho que aun queda tiempo, los planes generan más planes y descartan muchos más, nos privamos de la vida, del día a día, por andar haciendo planes. Y generalmente los planes van dirigidos a cierta trascendencia. Planeamos trabajar 20 horas al día hasta lograr ser millonarios, planeamos casarnos y tener una familia, planeamos ser famosos, planeamos recorrer el mundo, escribir un libro, yo qué sé. ¿Y si lo lográramos? ¿Qué seguiría? ¿Qué trascendencia tienen en verdad estos planes? ¿eso es trascender?

No sé si estoy ciega y en verdad no puedo verlo, pero ésta “trascendencia”, éste “éxito” que la gente encuentra me parece vano.

He llegado al punto en el que me parece molesto hablar de la “relatividad”. Sí, todo es relativo. Es fácil escoger no ver, escoger llenarse, escoger creer. Pero mi mente está demasiado dañada, no creo que haya vuelta atrás. Ni siquiera puedo generar un nuevo plan ahora que todo me parece intrascendente.

Tal vez sería más trascendente estar enferma. Así al menos estaría fuera del estándar, así cualquier cosa que lograra sería un éxito por el simple hecho de lograrlo mientras estoy enferma. Tal vez, lejos de una jaula, es la mas grande libertad. Porque sabría que me voy a morir pronto, no tendría que hacer planes a largo plazo y podría simplemente dedicarme a lo que quisiera, no tendría que formar una familia y avergonzarme cuando me de cuenta de que no es feliz, no tendría que pertenecer a la sociedad, ni convivir, ni competir con todos los que buscan “trascender”. Tal vez debería suicidarme.

Una acción vale más que mil palabras. Cualquier cosa que pudiera decir, pensar y escribir valdría madres con el tiempo. Suicidarme sería la mejor protesta. Sí, sería decirle a las personas que me rodean que no son motivo suficiente. Sería descartar todas las posibilidades porque me parecen intrascendentes. Sería decir que cualquier futuro no es mejor a ningún futuro. El suicidio no es más que cansarte de la búsqueda, asquearte de el modo en que hay que vivir. Es no querer luchar por implementar lo que quieres o lo que crees, es no querer nada.

Si me suicidara tendría que hablar con mis padres, explicarles que, a pesar de todo su trabajo y dedicación, la vida no me parece suficiente. Explicarles que simplemente me rehuso a terminar como cualquiera de ellos, o como mis abuelos, o como los maestros, vecinos y amigos. Que sus vidas me repugnan. Que me parece que son más las molestias que las ganancias en cualquier posible camino que pudiera tomar. Que es mi vida y por ende soy libre de decidir si quiero terminar con ella. Y que no hay nada que puedan hacer al respecto.

Y si me suicido, ¿a dónde voy a llegar? me pregunto si Dios estará ahí para juzgarme, tal vez me pida perdón. Definitivamente no merecía esto, no merecía estar enferma. Tal vez me lleven al infierno por atreverme a tomar el límite de la vida en mis manos. Tal vez muera y me tope con un gran y enorme vacío, con nada, sin dioses ni paraísos, sin infierno.

Tal vez el único paraíso es la muerte. La libertad de romper con los grilletes, con la sociedad, con las etiquetas y las expectativas que vienen con la vida misma. Romper con todo.

– García Sandoval Ana – dijo la enfermera sosteniendo un sobre en sus manos

¿Y si no estoy enferma, qué cambia?