without language

Your skin

White as cocaine

And your black hair

Perfect contrast

 

Between worlds

And cultures

And beliefs

We found ourselves

 

One in front of the other

So alone

Your hand in mine

Two different meanings

 

And I’m trying to figure out

What this is

What you think

What this should be

 

Easily forbidden

Softly strong

Like a song

Without a language

Lejos

Son éstas ganas de no pensar

Las que me tienen dándole vueltas a todo

Porque los problemas te siguen

A donde quiera que vas

.

Hay que aprender

A no solucionarlo todo

Que hay incógnitas que se deben perdonar

Cerrar los ojos, respirar

Y hacerse a un lado

.

Porque tu voz, y su voz

Y tantas voces se me van borrando

Pero hay caras que persisten

Como tatuadas en los dedos

.

Porque estando lejos

intento desintegrarme

entre ideas y recuerdos

perdiendo y encontrando tantas partes

tratando de huir, de reinventarme

Más no se puede empezar de cero

CODA

Escuché la cerradura de la puerta, corrí a apagar la luz y me metí en la cama. No quería enfrentar a Arturo ¿Qué le iba a decir? cuando entró al cuarto cerré los ojos fingiendo estar dormida, él entró tratando de no hacer ruido y sin prender la luz. Se quitó los zapatos y los botó en algún lugar cerca de la cama, después se desvistió, acomodó la ropa sucia en la silla del tocador y se acostó junto a mí.

Lleva un mes y medio sin oler a alcohol, sin embargo no se siente como algo afortunado. Escuché su respiración hasta que se volvió profunda, así supe que estaba dormido y me levanté, sin hacer ruido. Ya no soporto tenerlo cerca. Entré al estudio y cerré la puerta. El estudio se ha convertido en mi guarida cuando Arturo está en la casa, las paredes son gruesas y él no escucha el tecleo en la computadora o el rasgar del lápiz y así puedo existir, a escondidas.

No puedo explicarme lo que está pasando. Por fin Arturo está haciendo todo bien, llega relativamente temprano de trabajar, no sale de “viajes de negocios”, me lleva a todas las reuniones de la oficina, le ha quitado la clave a su celular y lleva un mes y medio sin tomar. Pero no me siento bien, no me la creo, hay algo muerto en mí. ¿Será acaso que extraño la adrenalina? Esas noches enteras pegada al teléfono, con los ojos en la puerta y fumando un cigarro tras otro hasta que él llegaba, enojado, apestando a alcohol y mala muerte. ¿Será que extraño la incertidumbre? Todas esas veces que no contestaba el teléfono o cuando se escondía para responder una llamada. ¿Qué me pasa?

Lidiar con la adicción de Arturo me destruyó por completo, mi espíritu no tiene identidad y mi alma está por completo fatigada. Hay que saber que una adicción va mucho más allá de la dependencia a cierta sustancia. Un adicto no sólo consume, miente, se esconde, evade, niega y tiene millones de conductas inapropiadas que destruyen a las personas a su alrededor, pero principalmente a ellos mismos.

Estaba lloviendo y era domingo la última vez que peleamos. Llevaba dos días sin saber de él y la ansiedad me estaba haciendo mierda. No podía más que tomar café y fumar porque si comía algo instantáneamente lo vomitaba. No podía cerrar los ojos, leer, ver la tele o distraerme con nada, sólo podía pensar en los distintos escenarios que explicaban la ausencia de Arturo y todos me llenaban de sentimientos altamente destructivos. Podía imaginármelo perfecto en la playa con una vieja, disfrutando, escuchaba su risa y me imaginaba sus manos paseándose por el cuerpo de esa extraña y me entraban ganas de incendiar la casa. Tal vez había muerto, por manejar ebrio, había chocado y se había desfigurado la cara y por eso nadie me había avisado. O estaba con su otra esposa, seguramente tenía otra familia con tres hijos hermosos que salieron con sus ojos y su sonrisa. Total, entre una fantasía y otra no pude más. Agarré la maleta más grande que encontré y empecé a empacar todas mis cosas. Por supuesto empecé con la ropa, pero en algún punto entre el vestido que usé en nuestro primer aniversario y las pantuflas que me regaló cuando estaba enferma empecé a sentirme más loca y dejé de empacar. Tendría que irme sin nada, porque todo lo que soy y todo lo que tengo me recuerda a él.

Se me acabaron los cigarros y salí a la tienda de la esquina a comprar más. Cuando iba de regreso lo vi merodeando por la puerta de la casa decidiéndose a entrar. No supe que hacer, quería destrozarlo, abrazarlo y besarlo, arrancarle la ropa, escupirle millones de insultos y soltarme a llorar. Me escondí atrás de un coche y esperé a que él entrara. Necesitaba prepararme para enfrentarlo.
Cuando al fin me armé de valor entré a la casa y él estaba sentado en la cama, llorando, se había aferrado a las pocas cosas que logré empacar. Me miró a los ojos y con la voz ahogada me dijo “No te vayas, no me dejes”. Eso me molestó en exceso ¿Cómo chingados me pide que no lo deje? ¿Acaso quiere que lo aguante toda la vida? ¿No le molesta hacerme sufrir de ésta manera? Pero también, el verlo llorar, completamente desesperanzado, me partió en dos. Quería abrazarlo, protegerlo y asegurarme de que nada en el mundo lo hiciera sufrir. Así de pinche es el amor.

Ese es el problema con la ambigüedad de sentimientos, ¿Cómo decidir a cuál seguir? Definitivamente no podía mezclar mi ira con las ganas de cuidar a Arturo ¿y cómo encontrar un sentimiento intermedio? ¿Cómo encontrar una reacción que no traicione a ninguno de mis dos sentimientos?

Me le quedé viendo, inmóvil. Mi cuerpo temblaba y las lágrimas brotaban sin parar. No pude emitir ningún sonido, ni hacer ninguna seña o decir palabras. Estoy segura de que la intención de mi mirada cambiaba cada tres instantes. Él se empezó a estresar, tampoco sabía qué hacer.
– ¿Dónde estabas? – le dije al fin con la poca congruencia que encontré entre mi cagadero emocional.
– Tuve que ir a firmar unos contratos a Querétaro, pero perdí mi celular y no pude localizarte – me dijo. Sus ojos brincaban por todas partes. Estaba mintiendo.
– ¿Y por qué apestas a alcohol, por qué no me avisaste? – le pregunté, sentenciándolo, con toda la frialdad de mi alma.
Él no tuvo respuesta alguna, volvió a estallar en llanto y la ira sobrepasó mi necesidad de cuidarlo. Le arrebaté las cosas que había agarrado y las volví a meter a la maleta, él gritaba y suplicaba y sacaba las cosas de la maleta mientras yo las seguía metiendo. Hasta que no pude más y hui al baño. Me encerré y no salí de ahí hasta el día siguiente.

Cuando salí él estaba inconsciente en el sillón frente a la tele con una botella de whisky en la mano. Llena de rabia lo desperté echándole una jarra de agua en la cara y me senté frente a él sin decir nada. Después de eso discutimos, o bueno, él discutió y me hizo un millón de promesas, como siempre, pero ésta vez no le creí. Acepté el acuerdo y todas sus promesas con la única expectativa de verlo fracasar y tener una razón concreta para dejarlo… Pero no fue así.

A partir de ese día Arturo ha sido otro. Al principio estaba como perro regañado, tratándome con pinzas. La primera semana, mientras yo fingía estar dormida, él agarraba todas nuestras fotos y empezaba a llorar. Podía imaginarme lo que sentía, culpa principalmente. Por dejarme sola tantas veces, en la mayoría de las fotos sólo salgo yo, esperándolo, en Navidad en casa de mi suegra, cuando él llegó después de las doce, en la boda de Ramón y en la de Adriana, en el bautizo de su sobrino y en la graduación de su prima. En el viaje a Grecia cuando se tuvo que regresar por un imprevisto, tuve que hacerme amiga de unas señoras y del guía de turistas para no aburrirme. Siempre sola, sin ninguna explicación, su vida para mí siempre fue un misterio.

Y ahora ya no sé qué hacer con él, pasa demasiado tiempo en la casa y siento que me asfixia, cada vez que hablamos me mira fijamente a los ojos, estos ya no bailan, él ya no miente. Conozco a cada uno de sus amigos de la oficina y hasta a la nueva secretaria que está bien pinche y fea. Siempre me contesta el celular y me avisa hasta cuando sale a comer con sus cuates.
Ahora que no está tomando ni escondiéndose de mí, ha encontrado millones de cosas saludables y recreativas que hacer. Se levanta a correr todos los días, come sano, dibuja y escribe. Todo eso genera nuevas formas de vincularme con él, pero no puedo, me da miedo, no sé vincularme con él si no es por medio del dolor. Siento que mi existencia ya no tiene sentido, me he vuelto irrelevante.

Como ya no toma, nunca se pone grosero o violento y jamás peleamos y no entiendo… ¿Por qué soy tan infeliz? ¡Ya tengo todo lo que quería! Si tan sólo hubiera sido así desde el principio… Pero no lo fue, y aun así estaba con él y éramos felices, a veces.
¿Será acaso que la adicta soy yo? al maltrato, a la adrenalina y la incertidumbre ¿Será que Arturo cambió demasiado tarde? ¿Qué sigue? ¿Qué debo hacer? Tal vez ahora debiera de ser yo la adicta, tal vez no soy feliz porque no sé cuánto va a durar ésta nueva actitud de Arturo, no confío en que dure para siempre.

Creo que la enferma soy yo, y no tengo ni puta idea de cómo curarme. Estoy atrapada en un cuento que se trata de Arturo, de su adicción y de como ha logrado sobrepasarla. Su vida es ese infierno que todos mencionan y conocen, ¿pero que hay del infierno que estoy viviendo yo? nadie explica que pasa con los codependientes cuando sana su adicto. Tal vez deba de dejar a Arturo e irme con otro adicto, tal vez deba orillarlo a que vuelva a tomar, tal vez es cosa de que me acostumbre, tal vez es cuestión de tiempo y volveré a enamorarme de él, tal vez necesito confiar o… tal vez necesito encontrar algo nuevo que me haga sufrir.

amor/dolor

Me miré en el espejo en la pared del baño. ¿Sería que ya no volverías a tocar éste cuerpo? Descolgué el vestidito negro que tanto te gustaba, ese de la espalda descubierta. Quería verme guapa para ti, aunque fuera por última vez…

Caminé cinco cuadras y doblé a la derecha. Te vi a través de la ventana del bar. Estabas sentado solo, fumando un cigarro y mirando al reloj. Los nervios me deshacían, casi no podía controlar mis ganas de llorar. Entré tratando de esconder la temblorina de mis piernas. Tú me miraste de pies a cabeza, tu gesto se relajó un poco en el momento, hasta llegar a mis ojos, ahí se volvió a endurecer.

Me senté junto a ti y te contemplé a la expectativa ¿Qué es lo que quieres decirme? Pensé con miedo. Te tallaste la cara con las manos y mirando a la mesa dijiste:

– He pensado las cosas y creo que lo mejor sería terminar con lo nuestro. –

Terminando la frase me miraste directo a los ojos, para asegurarte de que seguía con vida. Yo sentía la sangre drenar por el agujero que acababas de hacer en medio de mi pecho

 – ¿Así nada más? ¿Ya se terminó? – Logré pronunciar tras un par de segundos. Trataba de mostrarme serena, fuerte. Si cambiabas de opinión no quería que fuera por lástima ni por obligación.  – ¿No crees que merecemos una segunda oportunidad? Prometo no volver a ver a Alejandro.  –

Te mordiste las uñas, tus ojos se paseaban por todo el lugar. Yo te miraba, esperanzada, suplicando desde lo más profundo de mi alma; Hasta que me tomaste la mano y asentiste despacio mirándome a los ojos. Pude respirar… no todo se había perdido.

 A partir de ese día ambos nos tragábamos el dolor y la culpa. Yo me aguantaba el dolor de sentirte lejano, de tu desconfianza y de todas las palabras hirientes y ofensivas que me habías dicho cuando te enteraste. Tenía que entender que lo hiciste porque estabas lastimado, y para poder seguir con lo nuestro tenía que tragarme la culpa. Para no convertirme en un tapete, para intentar hacer las cosas funcionar. Tú te tragabas el dolor de esa imagen, de las manos de Alejandro en mi cuerpo, de mis labios con los suyos, porque muy en el fondo sabías que tenías algo de culpa.

Nuestra historia de amor se siguió escribiendo, pasó el tiempo, las películas, las tardes lluviosas, las cervezas preparadas, los helados de chocolate y los cigarros después de coger. Nada volvió a ser como antes. Una barrera de hielo y dolor se estableció entre nosotros.

Era viernes y tú tenías que trabajar al día siguiente, las tres semanas anteriores me había quedado contigo pero ésta vez tenía muchas ganas de ver a mis amigas y salir. Me hiciste un pequeño berrinche de esos que me hacen explotar y todo desencadenó una enorme pelea. Agarré mis cosas y me fui de tu casa azotando la puerta, apagué mi celular y me dispuse a no saber de ti.

Llegué a la fiesta derramando bilis “¿ya te peleaste otra vez verdad?… yo no sé por qué sigues con él” me dijo Laura en cuanto me vio. Yo llené mi estómago de tequila hasta que todo se volvió borroso y sin darme cuenta me topé con Alejandro. ¿Será que las mujeres sólo somos infieles cuando nos enojamos?

No sé ni cómo estuvieron los hechos siguientes. Recibiste una llamada. Estabas borracho y fuiste a buscarme. Estabas enojado. Querías matar a Alejandro.

A veces creo que nos encontramos para amarnos y para sufrirnos intensamente. Tal vez todo debió ser diferente. Tal vez nunca debí de haberte pedido un cigarro, así nunca hubieras sonreído de esa manera que sólo tú puedes, así nunca me hubieras hecho reír intensamente, ni me hubieras conquistado, así nunca hubiera probado tus labios, ni los de Alejandro y así hoy no estaríamos en donde estamos.

 Al día siguiente recibí una llamada de tu hermano. Iban a velar tu cuerpo hasta las siete de la noche y después lo iban a cremar.

Me miré en el espejo en la pared del baño. ¿Sería que ya no volverías a tocar éste cuerpo? Descolgué el vestidito negro que tanto te gustaba, ese de la espalda descubierta. Quería verme guapa para ti, aunque fuera por última vez.

insight

Ana ha tenido tantos hombres como pares de zapatos. Los encuentra, los usa hasta que le parecen incómodos y los bota, los cambia, decepcionada. Siempre espera más, siempre está buscando el zapato perfecto.

Cuando salimos siempre está atenta, buscando a ese, que la va a volver loca, que va a hacer que su cuerpo estalle de tanta adrenalina, que va a inundar cada célula, cada espacio, a ese que le va a romper cada fibra, cada rincón. Nunca pierde la esperanza.

Pero los sentimientos nunca son como los imaginamos, ni llegan en la forma que teníamos contemplada. A veces, ni nos damos cuenta que están ahí.

Creo que fue el otro día cuando se dio cuenta. Estábamos platicando, como tantas veces, y se le escapó. Un término conocido por los psicólogos como “insight”. Después de decirlo fue cuando supo, cuando ambos nos dimos cuenta. Ella está enamorada de mí. Y ésta forma de amor es contraria a lo que ella esperaba, pero lo sé, lo noto, la llena de calma, le permite sacar cada una de sus facetas, cada una de sus caras. No le da prisa, ni la llena de expectativas, ni ilusiones, ni esperanza. Ésta forma de amor crece sola, sin prisa. No tiene misterios, no la llena de incertidumbre, no cambia. Sólo es. Así como ella es, y yo soy.

En cuanto lo entendió cambió su mirada. Se calmó, como las llamas de una fogata, ardientes pero tranquilas. Cambió también el matiz de su sonrisa, como si guardara un secreto, un secreto que sólo nos pertenece a los dos. Y nos besamos, como tantas veces. Pero todo era distinto, no cambió lo que teníamos, cambió el significado.

Piérdete conmigo

Acércate,

no tengas miedo

Que te he observado

y te deseo

 

Como quien desea caer,

entrar al bosque

y perderse.

Arriesgarlo todo

 

Cierra los ojos

préstame tus manos

vamos a pasearnos

por todas tus fantasías

 

Te quiero ver entero

de polo a polo

recorrerte con la boca

saborearte con los dedos

 

No es tuyo mi cuerpo

pero hoy te lo presto,

despierta mi locura

hasta el sexto sentido

 

No dejes que el miedo frene

tu inminente deseo,

no pienses ni digas nada

nos estorban las palabras

 

Aunque sea por una noche

piérdete conmigo

que nada importe

más que tus instintos

advertencias

Raymundo, un hombre apenas adentrado en la tercera edad, vivía tranquilo y jovial, hasta que una noche cualquiera empezaron las pesadillas. La primer noche soñó que estaba navegando en el mar en un barco de papel. El sueño parecía bastante agradable, hasta que de pronto las olas se alborotaron y se tornaron de un color rojo intenso. Raymundo movía el volante del barco tratando de controlarlo, pero las olas eran demasiado fuertes. El barco acababa por volcarse y Raymundo se sumergía en esas olas rojas, de sangre.

Otra noche soñó que mientras iba a la tienda a comprar cigarros unos monstruos azules interrumpían su camino. Sin que él pudiera huir o defenderse lo secuestraban y lo metían en una nave espacial metálica la cual hacía miles de sonidos extraños y emitía luces que lastimaban a la vista. No entendía bien cual era el fin del secuestro, sólo sabía que esa extraña nave lo llevaría lejos de la tierra.

Unas semanas más tarde soñó de nuevo. Ésta vez se trataba de miles de máquinas de distintos tamaños que lo perseguían por toda la ciudad hasta atraparlo y rodearlo de cables y enchufes que no le permitían moverse ni escapar.

Raymundo cada vez que tenía estos sueños, tan desagradables y confusos, despertaba sudando frío y con la respiración y el ritmo cardiaco alterados. Bertha, su esposa, lo tranquilizaba y a veces se levantaba a prepararle un té de tila, para los nervios.

Siguió su vida cotidiana a pesar de los sueños tan extraños, pero en su interior empezaba a crecer una incertidumbre. Algo tenían que significar éstas situaciones tan inverosímiles, fuera como fuera, al final de los sueños se veía prisionero, incapaz de escapar.

El último de los sueños y el que detonó el cambio en Raymundo era muy distinto. En el sueño, él se encontraba en un pasillo vacío. De pronto, las luces del pasillo se apagaban y la oscuridad lo rodeaba por completo. Raymundo, desesperado, comenzaba a correr, hasta que a lo lejos veía un foco titubeante. Lleno de miedo, caminaba hasta él, lo tomaba para enroscarlo bien y que dejara de titubear y cuando lo hacía, una deslumbrante luz blanca inundaba el lugar, que ahora era un cuarto, blanco por completo, sin puertas ni ventanas. Estaba atrapado en ese cuarto y no había forma en la que pudiera salir.

Después de ese sueño Raymundo empezó a tener miedo. Como el hombre fuerte y escéptico que era, empeñaba todas sus ganas en ignorarlo y seguir con su vida. Pero algo cambió en él, tenía un ligero dolor de cabeza que a momentos se convertía en migraña. Esa migraña, pronto se convirtió en calambres que le recorrían el cuerpo entero en las noches. Más tarde empezó a sentir que sus órganos palpitaban dolorosamente y cada vez le costaba más trabajo mover las extremidades del cuerpo. La fatiga crecía sin cesar. No entendía a qué se debía esto, pero los malestares cada vez eran más grandes.

– ¡Ya ve al doctor! ¿Qué no ves que estamos viejos? –

le decía Bertha, enojada y preocupada por el repentino deterioro de su marido. Pero Raymundo, testarudo como siempre, se negaba a ir al doctor. Eso era cosa de tontos.

– ¡Esos weyes nada más me van a sacar todo el dinero y de igual manera, si ya estoy viejo, pues lo que me queda es morirme! –

Le gritaba a Bertha cuando se hartaba de los reclamos e insistencias de su esposa. Pero Raymundo no pudo negarse mucho más tiempo cuando empezó a notar que cada vez que iba al baño la orina se tornaba de amarilla a roja, cuando su toz cotidiana de fumador cambió y empezó a toser sangre y cuando se le empezaron a marcar de más las venas en ciertas partes del cuerpo.

Bertha lo llevó casi arrastrando al seguro social, él refunfuñaba cada tres pasos e insistía en regresar a la casa. Al entrar al edificio a Raymundo le dio un ataque de pánico y sus piernas empezaron a temblar. Bertha lo seguía jaloneando, molesta por su falta de conciencia y accesibilidad para ir al médico. Pero Raymundo en verdad empezó a sentirse mal, se le nubló la vista y sentía que su mente daba tumbos, hasta que perdió el equilibrio y se desvaneció.

Cuando abrió los ojos estaba rodeado de hombres vestidos completamente de azul, sólo se les asomaban los ojos por encima del cubre bocas. Los doctores le explicaron un montón de cosas, pero su mente estaba demasiado fatigada para entender. Tenían que sacarle una tomografía. Lo cambiaron de la cama a la plancha de la máquina pensando que él estaba muy tranquilo, pero la verdad era que Raymundo no se podía mover, era como si su cerebro se hubiera desconectado de su cuerpo y por más que él quería gritar o levantarse, no lo logró.

Terminando la tomografía lo llevaron a un cuarto donde le conectaron analgésicos y suero, además de las sondas y monitores para que pudieran esperar el resultado de los análisis. Bertha estuvo todo el tiempo a su lado, casi sin parpadear, agobiada y aterrorizada. Raymundo, que sólo podía mover los ojos, le lanzaba a Bertha miradas asesinas. Un par de horas más tarde entraron al cuarto dos médicos y otros dos camilleros. Aun no sabían con certeza el diagnóstico al mal de Raymundo pero mientras lo averiguaban tenían que operarlo de urgencia ya que tenía una hemorragia en el riñón. Mientras preparaban a Raymundo para llevárselo al quirófano, los médicos hicieron que Bertha firmara una serie de papeles donde permitía que lo operaran. Ella, de tanto agobio, no pudo ni leer los papeles ni entender lo que el doctor tan apresuradamente le dijo. Estalló en llanto y firmó pensando que era lo más prudente.

Después de eso Bertha vio como se llevaban a su marido mientras éste seguía echándole miradas asesinas. Se quedó sola, con su incertidumbre, en el cuarto. Esperaría ahí a que Raymundo saliera de la cirugía.

Entraron en el quirófano y cambiaron a Raymundo de la cama a la plancha quirúrgica, la cual se encontraba rodeada de lámparas extremadamente brillantes y a pesar de lo deslumbrado que quedó por las lámparas, Raymundo pudo notar que lo rodeaban distintas máquinas y pantallas. Ese lugar le recordó mucho a su sueño, donde lo atrapaban las máquinas hasta dejarlo inmóvil. El doctor le colocó en la boca una mascarilla para anestesiarlo. A Raymundo le hubiera gustado poder llorar o gritar en ese momento, poder regresar el tiempo, al primer sueño e ir corriendo al hospital, tal vez no hubiera sido demasiado tarde. Le hubiera gustado poderse mover y de alguna manera levantarse e ir corriendo a besar a Bertha, por última vez, agradecerle todo. Pues recordando sus sueños, no le cabía la menor duda. Sabía lo que vendría después.

Inapropiado

Dieron las tres de la mañana y el antro se empezó a vaciar. Carlos y yo seguíamos entre bailando y platicando, un poco entorpecidos por el alcohol. Se acercó a mí y me dijo al oído “Esto ya murió. ¿Quieres seguirla en otro lado?”.

Siempre me quejé de la idiosincrasia del mexicano, ¿Por qué siempre dicen las cosas con rodeos y no como en verdad son? Somos expertos en las mentiras piadosas, en las indirectas y en decir la verdad bonita. ¿Por qué no decir la verdad como es?

Con el tiempo aprendí que sí somos directos, de cierta forma, entre líneas. Sólo basta poner atención. Como cuando le preguntas a tu amiga cómo se te ve el vestido y te contesta con una cara incómoda “mmm… no sé… está muy padre pero ¿No tienes otro?”. Está diciéndote que te ves horrible y que por favor te cambies. Ahora también sé que cuando un hombre te invita a cenar a su casa, en realidad no tiene en mente ingerir ningún tipo de alimento mientras estés ahí.

Sabía perfecto a lo que Carlos se refería. Asentí con la cabeza y él me dijo “vamos a mi depa, no está lejos de aquí.”

Salimos del antro y mientras esperábamos a que el valet trajera su coche nos besamos. En el camino hacia su departamento prendimos los dos un cigarro, se vuelve un ambiente tenso, con la combinación de adrenalina y miedo, cuando sabes lo que va a pasar después.

Al llegar me preguntó educadamente si quería algo de tomar o comer, para no verse obvio. También me dio el tour de cortesía por todo el departamento, por supuesto, la última parada era su cuarto. Yo fingí interesarme en su librero, que tenía puras cosas de economía y finanzas, también en el cuadro que estaba en la otra pared. Él sólo me veía, esperando lo obvio, hasta que me acerqué y lo besé.

Danzamos entre las paredes quitándonos la ropa hasta acabar en la cama casi desnudos. Nos dejamos llevar, apagando la razón y despertando todos los sentidos. Nuestros ritmos cardiacos se aceleraron y nuestros cuerpos se acercaban más y más hasta convertirse en uno.

De repente detecté en su cuello un aroma, que combinado con el calor de su piel contra la mía, me recordó a Daniel. Mi corazón se detuvo y me distraje de la acción por completo. Miles de imágenes atravesaron mi mente como una flecha. Abrí los ojos y miré al techo y a las paredes de éste lugar desconocido para mí, y en ellas casi pude ver el muro de tabique aparente en la cabecera del cuarto de Daniel, recordé su colcha de mezclilla y la briza helada que se colaba por la ventana que él siempre dejaba abierta, casi pude sentir que estaba ahí. Cerré los ojos nuevamente y al sentir el cabello rizado de Carlos y su espalda perfectamente tonificada, entendí que no se trataba de Daniel y recordé en donde estaba.  Puse todas mis ganas en no distraerme más y seguir con el mismo ritmo hasta que Carlos terminó.

Me levanté y fui al baño. Junto al espejo, en las repisas había algunos productos como enjuague bucal, pasta de dientes, rastrillos. Entre ellos la loción que usaba Daniel. Tomé la botella y me senté en el piso. Aspiré profundamente la loción y recordé instantáneamente el sentimiento que tenía al abrazarlo, me levantaba ligeramente sobre las puntas de los pies, suspiraba profundo y el mundo se detenía dos instantes, ¡cómo me encantaba su olor! Recordé las noches que pasábamos juntos, dejando películas inconclusas, donde el mundo se resumía a las cuatro paredes de su cuarto y podíamos sólo ser y estar, sin que nada más importara. Las noches que no pasaba con él y me ponía su suéter para dormir, ese suéter tan impregnado de su olor que me hacía sentir que él estaba junto a mí, que me llenaba de confianza y de la certeza de que todo estaba bien. También recordé cuando terminamos y yo, extrañándolo desesperadamente, iba a las tiendas departamentales, al área de perfumes, a buscar su loción. Los vendedores me veían raro y decidían no acercarse después de verme como una loca oliendo la botella al borde del llanto. Yo sólo quería sentirlo cerca.

Me miré en el espejo y comencé a reír. Es increíble como un aroma evoca miles de recuerdos. Salí del baño y Carlos seguía en la cama, esperándome. Me acosté junto a él y encendimos los dos un cigarro, justo como lo hacía con Daniel. Disfruté ese cigarro lleno de buenos recuerdos y nostalgia, en los brazos de Carlos, pero mi mente estaba en otro lugar, en otro tiempo. Algo bastante inapropiado.

Lugares

Dicen que si te miras a los ojos fijamente en un espejo tu cara se deforma.

A veces siento que no quepo en ningún lugar. Cuando esto pasa me encierro en el baño y me miro fijamente en el espejo. Se vuelve una situación incómoda cuando no sabes ni quién eres, ni lo que quieres, ni lo que estás haciendo.

Ésta vez no necesité esperar a que mi cara se deformara. No me reconocí. Mi pelo está tres tonos más oscuro, el cigarro me está dejando arrugas y tengo unas ojeras permanentes a causa de la falta de sueño. ¿Qué me pasó?

No pude soportarlo más tiempo. Salí del baño azotando la puerta, agarré mis llaves y salí a la calle. No sabía a dónde iba, pero sabía que necesitaba encontrarme.

Caminé tres cuadras hasta llegar al parque, me senté en una banca y encendí un cigarro. Recordé la vez, cuando tenía quince años, que vine a éste parque con Alejandro y escribimos nuestras iniciales en un árbol. Es interesante cómo al enamorarnos sentimos la necesidad de que el sentimiento trascienda, de que quede una huella. A las pocas semanas de terminar con Alejandro pasé por el parque y habían cortado varios árboles para poner un área de juegos, entre ellos nuestro árbol.

Me levanté molesta de la banca y seguí caminando otras cuatro cuadras. Llegué a la esquina, donde Rubén y yo compartimos tantos cigarros escuchando música que a nadie le interesaba. ¡Qué buenos tiempos! Seguí caminando hasta llegar a la puerta de mi secundaria y me senté frente a ella. Ahora alberga maquinaria pesada y está llena de escombros, pero hace unos cuantos años me albergaba a mí, a mi falta de experiencia y a todos mis problemas.

Recordé los días después de que se fue Roberto. Yo me sentaba hasta atrás en el salón evitando cualquier clase de contacto humano, solamente veía fijamente al reloj. El tiempo se volvía algo relativo, sin ser ligero carecía totalmente de peso, sólo pasaba y pasaba. Hasta que los días se convertían en noches y yo los llenaba de marihuana y cerveza, tratando de evadir la depresión.

Me levanté y volví a tomar rumbo. Caminé como unas diez cuadras hasta llegar a la cafetería. Me detuve frente a ella. Ahí estaba, todo igual, los mismos meseros, la misma chica en la caja, sólo faltábamos nosotros. En nuestro lugar había una bola de chicos de unos diecisiete años comiendo chilaquiles verdes con pollo. Me es increíble pensar que estuve tres años de mi vida en éste lugar, comiendo chilaquiles verdes con pollo, y ahora jamás estoy ahí. Sin embargo el lugar no cambió, sigue. Tal vez cada que partimos llega alguien a remplazarnos, somos prescindibles por completo. La única huella que podemos dejar en un lugar cae en nuestros propios recuerdos.

Seguí caminando, dos cuadras a la derecha y una a la izquierda y llegué a mi prepa. Ahí estaba el policía, el mismo de antes, el que me regañaba todos los días por llegar tarde. Me miró como si nada, no se acordó de mí, no le dejé mi huella, o tal vez me intercambió en su mente por otra niña fachosa e impuntual, esos tres años para él no son nada.

Llegué a la esquina y doblé a la izquierda y lo vi. Ese pequeño cubo de concreto afuera de una casa. Sin duda el lugar no lo hace a uno, somos nosotros los que hacemos al lugar. No importa que tan sencillo éste sea. “El spot” donde Lorena y yo nos volábamos las clases fumando, tomando coca light y hablando de amor. Donde Daniel me recogía todos los días en su carro gris al terminar la escuela. Me acerqué y me senté en él, como lo hacía antes. Seguía mi nombre y el de Lorena, escritos con plumón indeleble. Algunas letras estaban medio despintadas, pero no se habían acabado de borrar aún. Ahora junto a los nuestros había más nombres, igualmente escritos con plumón indeleble, más claros, más recientes.

Me levanté y caminé unas cuadras más hasta llegar al centro. Ahí en los portales seguía la mesa donde Fernando y yo nos tomamos ese primer café. Recuerdo lo nerviosa que estaba. Frente a los portales estaba la plaza, el lugar en el que Fernando y yo paseábamos después de tomar cerveza, medio borrachos. Donde hablábamos de tantas cosas caminando de la mano en plena madrugada. Sé que ahora él recorre ese lugar con alguien más, remplazando los recuerdos. Yo prefiero dejarlos así, intactos. Para mí cada lugar es sagrado.

Es increíble que en una ciudad tan grande sólo se necesite un radio de treinta cuadras para albergar una historia de diez años. Estos pequeños lugares tan sencillos son los que me han formado, los que han vivido conmigo en los momentos más dulces y amargos. En los que he compartido tantos cigarros con mis más grandes amores y amistades, platicando de cosas que han formado mi criterio.

Cuando uno se siente perdido busca respuestas en el pasado. Pero el pasado ya no es, ni será. Ya no soy esa niña ingenua, que se emociona escribiendo iniciales en un árbol, que cree en todo lo que le dicen a la primera. Tampoco soy esa niña perdida entre hiervas y alcohol, tengo demasiadas obligaciones, y …¡es más! ya no soy una niña. Ya casi ni me acuerdo de Roberto y ya no me vuelo clases para desayunar. Ahora mis amigos tienen otras caras y voy con ellos a otros lugares.

Claro que encontré partes de mí, sigo fumando y escuchando música que a nadie le importa. Sigo sin poder llegar a clase de siete y sigo hablando de amor con Lorena.

Sin duda busqué en los lugares equivocados. Tal vez un radio de treinta cuadras no basta para definir quién soy ahora. Tal vez deba de coleccionar nuevos lugares, nuevas charlas, que me redefinan. Tal vez no encontré mi huella en ninguno de los lugares porque ya no soy esa que los vivió.

Y así entendí que nada puede afirmar nuestra existencia. Somos lo que recordamos. La huella no la dejamos nosotros, más bien, lo que vivimos y recorremos nos deja una huella. Cada lugar es una experiencia que nos forma.
Y cuando nos sentimos perdidos buscamos en lugares conocidos nuestra escencia.
Tal vez debiera irme de aquí y regresar en diez años, tal vez así los lugares hayan cambiado, tal vez así yo me encuentre, ya sea aquí o en otro lado, tal vez al recordar estos lugares pueda sentir que soy la misma de antes.

hoy murió

Hoy murió

ese hombre grande y fuerte

a quién seguía ciegamente

por quien daba hasta la vida

el que estaría ahí por siempre

 

Hoy murió

mi deseo de tenerte

la fe de convencerte

lo que creía que conocía

y mis ganas de quererte

 

Hoy te has muerto

en mi mente y en mi alma

en mi pasado y mi presente

de ti no quedan rastros

ni en la realidad

ni en mi vano intento

de relatividad

 

Y como el árbol que creció alto

de ilusiones y mentiras

Sin encontrar raíces firmes

Cae al suelo sin vida

y así muerta, caigo yo

 

Renunciar a ti

será lo más pesado

no quisiera, me has obligado

a soltar tantos sueños

a soltarte a ti

 

La superficie hundió

la profundidad de lo nuestro

ganó lo vano, lo incierto

y en lo profundo me quedo sola

 

Como aprendí a vivir

como siempre he estado

como me enseñaste

a no quererte, a no buscarte

 

Y sin ti, sin la esperanza

con tu muerte en mis adentros

no mueres solo, te acompaño

Hoy muero también yo