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Raymundo, un hombre apenas adentrado en la tercera edad, vivía tranquilo y jovial, hasta que una noche cualquiera empezaron las pesadillas. La primer noche soñó que estaba navegando en el mar en un barco de papel. El sueño parecía bastante agradable, hasta que de pronto las olas se alborotaron y se tornaron de un color rojo intenso. Raymundo movía el volante del barco tratando de controlarlo, pero las olas eran demasiado fuertes. El barco acababa por volcarse y Raymundo se sumergía en esas olas rojas, de sangre.

Otra noche soñó que mientras iba a la tienda a comprar cigarros unos monstruos azules interrumpían su camino. Sin que él pudiera huir o defenderse lo secuestraban y lo metían en una nave espacial metálica la cual hacía miles de sonidos extraños y emitía luces que lastimaban a la vista. No entendía bien cual era el fin del secuestro, sólo sabía que esa extraña nave lo llevaría lejos de la tierra.

Unas semanas más tarde soñó de nuevo. Ésta vez se trataba de miles de máquinas de distintos tamaños que lo perseguían por toda la ciudad hasta atraparlo y rodearlo de cables y enchufes que no le permitían moverse ni escapar.

Raymundo cada vez que tenía estos sueños, tan desagradables y confusos, despertaba sudando frío y con la respiración y el ritmo cardiaco alterados. Bertha, su esposa, lo tranquilizaba y a veces se levantaba a prepararle un té de tila, para los nervios.

Siguió su vida cotidiana a pesar de los sueños tan extraños, pero en su interior empezaba a crecer una incertidumbre. Algo tenían que significar éstas situaciones tan inverosímiles, fuera como fuera, al final de los sueños se veía prisionero, incapaz de escapar.

El último de los sueños y el que detonó el cambio en Raymundo era muy distinto. En el sueño, él se encontraba en un pasillo vacío. De pronto, las luces del pasillo se apagaban y la oscuridad lo rodeaba por completo. Raymundo, desesperado, comenzaba a correr, hasta que a lo lejos veía un foco titubeante. Lleno de miedo, caminaba hasta él, lo tomaba para enroscarlo bien y que dejara de titubear y cuando lo hacía, una deslumbrante luz blanca inundaba el lugar, que ahora era un cuarto, blanco por completo, sin puertas ni ventanas. Estaba atrapado en ese cuarto y no había forma en la que pudiera salir.

Después de ese sueño Raymundo empezó a tener miedo. Como el hombre fuerte y escéptico que era, empeñaba todas sus ganas en ignorarlo y seguir con su vida. Pero algo cambió en él, tenía un ligero dolor de cabeza que a momentos se convertía en migraña. Esa migraña, pronto se convirtió en calambres que le recorrían el cuerpo entero en las noches. Más tarde empezó a sentir que sus órganos palpitaban dolorosamente y cada vez le costaba más trabajo mover las extremidades del cuerpo. La fatiga crecía sin cesar. No entendía a qué se debía esto, pero los malestares cada vez eran más grandes.

– ¡Ya ve al doctor! ¿Qué no ves que estamos viejos? –

le decía Bertha, enojada y preocupada por el repentino deterioro de su marido. Pero Raymundo, testarudo como siempre, se negaba a ir al doctor. Eso era cosa de tontos.

– ¡Esos weyes nada más me van a sacar todo el dinero y de igual manera, si ya estoy viejo, pues lo que me queda es morirme! –

Le gritaba a Bertha cuando se hartaba de los reclamos e insistencias de su esposa. Pero Raymundo no pudo negarse mucho más tiempo cuando empezó a notar que cada vez que iba al baño la orina se tornaba de amarilla a roja, cuando su toz cotidiana de fumador cambió y empezó a toser sangre y cuando se le empezaron a marcar de más las venas en ciertas partes del cuerpo.

Bertha lo llevó casi arrastrando al seguro social, él refunfuñaba cada tres pasos e insistía en regresar a la casa. Al entrar al edificio a Raymundo le dio un ataque de pánico y sus piernas empezaron a temblar. Bertha lo seguía jaloneando, molesta por su falta de conciencia y accesibilidad para ir al médico. Pero Raymundo en verdad empezó a sentirse mal, se le nubló la vista y sentía que su mente daba tumbos, hasta que perdió el equilibrio y se desvaneció.

Cuando abrió los ojos estaba rodeado de hombres vestidos completamente de azul, sólo se les asomaban los ojos por encima del cubre bocas. Los doctores le explicaron un montón de cosas, pero su mente estaba demasiado fatigada para entender. Tenían que sacarle una tomografía. Lo cambiaron de la cama a la plancha de la máquina pensando que él estaba muy tranquilo, pero la verdad era que Raymundo no se podía mover, era como si su cerebro se hubiera desconectado de su cuerpo y por más que él quería gritar o levantarse, no lo logró.

Terminando la tomografía lo llevaron a un cuarto donde le conectaron analgésicos y suero, además de las sondas y monitores para que pudieran esperar el resultado de los análisis. Bertha estuvo todo el tiempo a su lado, casi sin parpadear, agobiada y aterrorizada. Raymundo, que sólo podía mover los ojos, le lanzaba a Bertha miradas asesinas. Un par de horas más tarde entraron al cuarto dos médicos y otros dos camilleros. Aun no sabían con certeza el diagnóstico al mal de Raymundo pero mientras lo averiguaban tenían que operarlo de urgencia ya que tenía una hemorragia en el riñón. Mientras preparaban a Raymundo para llevárselo al quirófano, los médicos hicieron que Bertha firmara una serie de papeles donde permitía que lo operaran. Ella, de tanto agobio, no pudo ni leer los papeles ni entender lo que el doctor tan apresuradamente le dijo. Estalló en llanto y firmó pensando que era lo más prudente.

Después de eso Bertha vio como se llevaban a su marido mientras éste seguía echándole miradas asesinas. Se quedó sola, con su incertidumbre, en el cuarto. Esperaría ahí a que Raymundo saliera de la cirugía.

Entraron en el quirófano y cambiaron a Raymundo de la cama a la plancha quirúrgica, la cual se encontraba rodeada de lámparas extremadamente brillantes y a pesar de lo deslumbrado que quedó por las lámparas, Raymundo pudo notar que lo rodeaban distintas máquinas y pantallas. Ese lugar le recordó mucho a su sueño, donde lo atrapaban las máquinas hasta dejarlo inmóvil. El doctor le colocó en la boca una mascarilla para anestesiarlo. A Raymundo le hubiera gustado poder llorar o gritar en ese momento, poder regresar el tiempo, al primer sueño e ir corriendo al hospital, tal vez no hubiera sido demasiado tarde. Le hubiera gustado poderse mover y de alguna manera levantarse e ir corriendo a besar a Bertha, por última vez, agradecerle todo. Pues recordando sus sueños, no le cabía la menor duda. Sabía lo que vendría después.

Inapropiado

Dieron las tres de la mañana y el antro se empezó a vaciar. Carlos y yo seguíamos entre bailando y platicando, un poco entorpecidos por el alcohol. Se acercó a mí y me dijo al oído “Esto ya murió. ¿Quieres seguirla en otro lado?”.

Siempre me quejé de la idiosincrasia del mexicano, ¿Por qué siempre dicen las cosas con rodeos y no como en verdad son? Somos expertos en las mentiras piadosas, en las indirectas y en decir la verdad bonita. ¿Por qué no decir la verdad como es?

Con el tiempo aprendí que sí somos directos, de cierta forma, entre líneas. Sólo basta poner atención. Como cuando le preguntas a tu amiga cómo se te ve el vestido y te contesta con una cara incómoda “mmm… no sé… está muy padre pero ¿No tienes otro?”. Está diciéndote que te ves horrible y que por favor te cambies. Ahora también sé que cuando un hombre te invita a cenar a su casa, en realidad no tiene en mente ingerir ningún tipo de alimento mientras estés ahí.

Sabía perfecto a lo que Carlos se refería. Asentí con la cabeza y él me dijo “vamos a mi depa, no está lejos de aquí.”

Salimos del antro y mientras esperábamos a que el valet trajera su coche nos besamos. En el camino hacia su departamento prendimos los dos un cigarro, se vuelve un ambiente tenso, con la combinación de adrenalina y miedo, cuando sabes lo que va a pasar después.

Al llegar me preguntó educadamente si quería algo de tomar o comer, para no verse obvio. También me dio el tour de cortesía por todo el departamento, por supuesto, la última parada era su cuarto. Yo fingí interesarme en su librero, que tenía puras cosas de economía y finanzas, también en el cuadro que estaba en la otra pared. Él sólo me veía, esperando lo obvio, hasta que me acerqué y lo besé.

Danzamos entre las paredes quitándonos la ropa hasta acabar en la cama casi desnudos. Nos dejamos llevar, apagando la razón y despertando todos los sentidos. Nuestros ritmos cardiacos se aceleraron y nuestros cuerpos se acercaban más y más hasta convertirse en uno.

De repente detecté en su cuello un aroma, que combinado con el calor de su piel contra la mía, me recordó a Daniel. Mi corazón se detuvo y me distraje de la acción por completo. Miles de imágenes atravesaron mi mente como una flecha. Abrí los ojos y miré al techo y a las paredes de éste lugar desconocido para mí, y en ellas casi pude ver el muro de tabique aparente en la cabecera del cuarto de Daniel, recordé su colcha de mezclilla y la briza helada que se colaba por la ventana que él siempre dejaba abierta, casi pude sentir que estaba ahí. Cerré los ojos nuevamente y al sentir el cabello rizado de Carlos y su espalda perfectamente tonificada, entendí que no se trataba de Daniel y recordé en donde estaba.  Puse todas mis ganas en no distraerme más y seguir con el mismo ritmo hasta que Carlos terminó.

Me levanté y fui al baño. Junto al espejo, en las repisas había algunos productos como enjuague bucal, pasta de dientes, rastrillos. Entre ellos la loción que usaba Daniel. Tomé la botella y me senté en el piso. Aspiré profundamente la loción y recordé instantáneamente el sentimiento que tenía al abrazarlo, me levantaba ligeramente sobre las puntas de los pies, suspiraba profundo y el mundo se detenía dos instantes, ¡cómo me encantaba su olor! Recordé las noches que pasábamos juntos, dejando películas inconclusas, donde el mundo se resumía a las cuatro paredes de su cuarto y podíamos sólo ser y estar, sin que nada más importara. Las noches que no pasaba con él y me ponía su suéter para dormir, ese suéter tan impregnado de su olor que me hacía sentir que él estaba junto a mí, que me llenaba de confianza y de la certeza de que todo estaba bien. También recordé cuando terminamos y yo, extrañándolo desesperadamente, iba a las tiendas departamentales, al área de perfumes, a buscar su loción. Los vendedores me veían raro y decidían no acercarse después de verme como una loca oliendo la botella al borde del llanto. Yo sólo quería sentirlo cerca.

Me miré en el espejo y comencé a reír. Es increíble como un aroma evoca miles de recuerdos. Salí del baño y Carlos seguía en la cama, esperándome. Me acosté junto a él y encendimos los dos un cigarro, justo como lo hacía con Daniel. Disfruté ese cigarro lleno de buenos recuerdos y nostalgia, en los brazos de Carlos, pero mi mente estaba en otro lugar, en otro tiempo. Algo bastante inapropiado.

Lugares

Dicen que si te miras a los ojos fijamente en un espejo tu cara se deforma.

A veces siento que no quepo en ningún lugar. Cuando esto pasa me encierro en el baño y me miro fijamente en el espejo. Se vuelve una situación incómoda cuando no sabes ni quién eres, ni lo que quieres, ni lo que estás haciendo.

Ésta vez no necesité esperar a que mi cara se deformara. No me reconocí. Mi pelo está tres tonos más oscuro, el cigarro me está dejando arrugas y tengo unas ojeras permanentes a causa de la falta de sueño. ¿Qué me pasó?

No pude soportarlo más tiempo. Salí del baño azotando la puerta, agarré mis llaves y salí a la calle. No sabía a dónde iba, pero sabía que necesitaba encontrarme.

Caminé tres cuadras hasta llegar al parque, me senté en una banca y encendí un cigarro. Recordé la vez, cuando tenía quince años, que vine a éste parque con Alejandro y escribimos nuestras iniciales en un árbol. Es interesante cómo al enamorarnos sentimos la necesidad de que el sentimiento trascienda, de que quede una huella. A las pocas semanas de terminar con Alejandro pasé por el parque y habían cortado varios árboles para poner un área de juegos, entre ellos nuestro árbol.

Me levanté molesta de la banca y seguí caminando otras cuatro cuadras. Llegué a la esquina, donde Rubén y yo compartimos tantos cigarros escuchando música que a nadie le interesaba. ¡Qué buenos tiempos! Seguí caminando hasta llegar a la puerta de mi secundaria y me senté frente a ella. Ahora alberga maquinaria pesada y está llena de escombros, pero hace unos cuantos años me albergaba a mí, a mi falta de experiencia y a todos mis problemas.

Recordé los días después de que se fue Roberto. Yo me sentaba hasta atrás en el salón evitando cualquier clase de contacto humano, solamente veía fijamente al reloj. El tiempo se volvía algo relativo, sin ser ligero carecía totalmente de peso, sólo pasaba y pasaba. Hasta que los días se convertían en noches y yo los llenaba de marihuana y cerveza, tratando de evadir la depresión.

Me levanté y volví a tomar rumbo. Caminé como unas diez cuadras hasta llegar a la cafetería. Me detuve frente a ella. Ahí estaba, todo igual, los mismos meseros, la misma chica en la caja, sólo faltábamos nosotros. En nuestro lugar había una bola de chicos de unos diecisiete años comiendo chilaquiles verdes con pollo. Me es increíble pensar que estuve tres años de mi vida en éste lugar, comiendo chilaquiles verdes con pollo, y ahora jamás estoy ahí. Sin embargo el lugar no cambió, sigue. Tal vez cada que partimos llega alguien a remplazarnos, somos prescindibles por completo. La única huella que podemos dejar en un lugar cae en nuestros propios recuerdos.

Seguí caminando, dos cuadras a la derecha y una a la izquierda y llegué a mi prepa. Ahí estaba el policía, el mismo de antes, el que me regañaba todos los días por llegar tarde. Me miró como si nada, no se acordó de mí, no le dejé mi huella, o tal vez me intercambió en su mente por otra niña fachosa e impuntual, esos tres años para él no son nada.

Llegué a la esquina y doblé a la izquierda y lo vi. Ese pequeño cubo de concreto afuera de una casa. Sin duda el lugar no lo hace a uno, somos nosotros los que hacemos al lugar. No importa que tan sencillo éste sea. “El spot” donde Lorena y yo nos volábamos las clases fumando, tomando coca light y hablando de amor. Donde Daniel me recogía todos los días en su carro gris al terminar la escuela. Me acerqué y me senté en él, como lo hacía antes. Seguía mi nombre y el de Lorena, escritos con plumón indeleble. Algunas letras estaban medio despintadas, pero no se habían acabado de borrar aún. Ahora junto a los nuestros había más nombres, igualmente escritos con plumón indeleble, más claros, más recientes.

Me levanté y caminé unas cuadras más hasta llegar al centro. Ahí en los portales seguía la mesa donde Fernando y yo nos tomamos ese primer café. Recuerdo lo nerviosa que estaba. Frente a los portales estaba la plaza, el lugar en el que Fernando y yo paseábamos después de tomar cerveza, medio borrachos. Donde hablábamos de tantas cosas caminando de la mano en plena madrugada. Sé que ahora él recorre ese lugar con alguien más, remplazando los recuerdos. Yo prefiero dejarlos así, intactos. Para mí cada lugar es sagrado.

Es increíble que en una ciudad tan grande sólo se necesite un radio de treinta cuadras para albergar una historia de diez años. Estos pequeños lugares tan sencillos son los que me han formado, los que han vivido conmigo en los momentos más dulces y amargos. En los que he compartido tantos cigarros con mis más grandes amores y amistades, platicando de cosas que han formado mi criterio.

Cuando uno se siente perdido busca respuestas en el pasado. Pero el pasado ya no es, ni será. Ya no soy esa niña ingenua, que se emociona escribiendo iniciales en un árbol, que cree en todo lo que le dicen a la primera. Tampoco soy esa niña perdida entre hiervas y alcohol, tengo demasiadas obligaciones, y …¡es más! ya no soy una niña. Ya casi ni me acuerdo de Roberto y ya no me vuelo clases para desayunar. Ahora mis amigos tienen otras caras y voy con ellos a otros lugares.

Claro que encontré partes de mí, sigo fumando y escuchando música que a nadie le importa. Sigo sin poder llegar a clase de siete y sigo hablando de amor con Lorena.

Sin duda busqué en los lugares equivocados. Tal vez un radio de treinta cuadras no basta para definir quién soy ahora. Tal vez deba de coleccionar nuevos lugares, nuevas charlas, que me redefinan. Tal vez no encontré mi huella en ninguno de los lugares porque ya no soy esa que los vivió.

Y así entendí que nada puede afirmar nuestra existencia. Somos lo que recordamos. La huella no la dejamos nosotros, más bien, lo que vivimos y recorremos nos deja una huella. Cada lugar es una experiencia que nos forma.
Y cuando nos sentimos perdidos buscamos en lugares conocidos nuestra escencia.
Tal vez debiera irme de aquí y regresar en diez años, tal vez así los lugares hayan cambiado, tal vez así yo me encuentre, ya sea aquí o en otro lado, tal vez al recordar estos lugares pueda sentir que soy la misma de antes.

hoy murió

Hoy murió

ese hombre grande y fuerte

a quién seguía ciegamente

por quien daba hasta la vida

el que estaría ahí por siempre

 

Hoy murió

mi deseo de tenerte

la fe de convencerte

lo que creía que conocía

y mis ganas de quererte

 

Hoy te has muerto

en mi mente y en mi alma

en mi pasado y mi presente

de ti no quedan rastros

ni en la realidad

ni en mi vano intento

de relatividad

 

Y como el árbol que creció alto

de ilusiones y mentiras

Sin encontrar raíces firmes

Cae al suelo sin vida

y así muerta, caigo yo

 

Renunciar a ti

será lo más pesado

no quisiera, me has obligado

a soltar tantos sueños

a soltarte a ti

 

La superficie hundió

la profundidad de lo nuestro

ganó lo vano, lo incierto

y en lo profundo me quedo sola

 

Como aprendí a vivir

como siempre he estado

como me enseñaste

a no quererte, a no buscarte

 

Y sin ti, sin la esperanza

con tu muerte en mis adentros

no mueres solo, te acompaño

Hoy muero también yo

Con las Ganas

Estoy harta de palabras

Que no vienen de tu boca

De recuerdos incompletos

De ilusiones frustradas

 

Me quedé con ganas

De que el cuento fuera cierto

De tus manos descubriendo

Cada rincón de mi cuerpo

 

De bailar un tango en tu cama

Y mezclar nuestras ideas

De desaparecer en el tiempo

Y volvernos uno, tú y yo

 

Me dejaste a medias

Casi descubierta

torturada, fría e inquieta

Con las ganas…

Esperanza

Otra vez tarde Arturo, por suerte traigo mi libro. Cada vez eres más impuntual, no sé si debiera acostumbrarme, no sé si quiero, no sé si ya lo hice.

Sé que no lo ves, pero algún día llegaré a la conclusión de que prefiero los cigarrillos que fumo mientras te espero, de que prefiero ese tiempo conmigo.

Ya no sé si conocerte tan bien me sirve para entenderte o para justificarte. Sé que no eres una mala persona, pero haces las cosas tan mal. Entiendo que has tenido una vida difícil, una madre negligente y… ¡Bueno! Tu padre ni se diga.
¿Pero qué culpa tengo yo de que no sepas querer, de que no sepas vincularte, de que no lo veas?

Qué difícil es quererte, duele en todo el cuerpo. ¿Cómo puedo exigir que me trates bien si nunca lo has hecho, si no sabes hacerlo?  No entiendo cómo sigo aquí.

La esperanza es una perra. Sólo sirve de negación. Aguantamos miles de cosas por la simple esperanza de que algún día todo cambie. ¿De dónde sale la esperanza? De promesas, de señales, de fe, pero principalmente de cierta confianza. Siempre he tenido fe en ti, sin razón alguna, tal vez a causa de un sexto sentido que me dice que en el fondo eres mucho más de lo que muestras, tal vez por la confianza que me tienes, por la que me haces sentir en ocasiones, tal vez por pura estupidez.
Pero tienes que saberlo Arturo… mi esperanza se debilita cada vez más.

Cada vez que eres puntual, que estás de buen humor, que sonríes, yo encuentro motivos que sacian mi necesidad de tener esperanza, pero esas son meras casualidades, no motivos reales, y son escasas.
Me parece impresionante como he estirado y desdoblado mi espíritu para ser todo aquello que has necesitado, has encontrado en mí una confidente, un apoyo, un cómplice. Acudes a mí para sacar todo aquello que te pesa y te duele… y no te das cuenta de lo imprudente que eres, de que las cosas que me dices me duelen a mí también, contigo. Me he dado cuenta de que sufrir es la única forma que he encontrado de vincularme contigo, la llave de la esperanza que me mantiene aquí.

Hasta los hiper reflexivos  y realistas pecamos de creyentes. Cada que mi vida cae acudo a ti esperando que lo resuelvas todo, que me ayudes, que me salves. Siempre que esto pasa puedo ver a Freud riéndose de mí. Qué ingenua soy, acudo a ti como si fueras una fuerza mayor, el dueño del equilibrio. Pero no lo eres, no has podido ni salvarte a ti, no puedes ni resolverte ¿Cómo es que sigo esperando que me resuelvas a mí?
La soledad es una perra también, por eso acudimos a fuerzas mayores, por eso creemos y por eso nos aferramos a la esperanza.

Sin la esperanza no superaríamos las crisis que se presentan a lo largo de la vida, la esperanza es ese motor, esas ganas que nos levantan. Pero después de un tiempo de que las cosas no cambien, de que no se solucionen ¿Qué nos queda? ¿Seguir un camino distinto? ¿Acaso no tomaríamos ese nuevo camino llenos de esperanza? ¿Hay alguna forma de vivir sin ella, de deslindarla de nuestras decisiones?

Una de las circunstancias que más le pesa a todo ser humano es la pérdida. Somos seres que necesitamos de cierta estabilidad para funcionar, sentimos confianza en las cosas que no cambian, en las cosas que damos por sentadas. Y cuando perdemos alguna de éstas cosas es la esperanza de poder recuperarlas en algún futuro la que nos traerá consuelo.

No sé que sería de mí si te perdiera. No sabría cómo empezar un nuevo camino. Esto me da a entender que a pesar de todo el dolor, de nuestra relación tan enferma, eres ese motor que me estabiliza para poder avanzar. Te necesito tanto. No podría perderte Arturo.

¿Y cómo perderte si es tan claro que no te tengo? Nadie te tiene. Eres el espíritu más libre que conozco o tal vez el más egoísta. Eres un satélite que observo a la distancia, distancia a la que me mantienes. Viajas solo por la vida, estacionándote de manera intermitente por cualquier lugar que se te ocurra. Haces lo que quieres, o al menos lo que crees que quieres, que cambia a cada rato, sin fijarte mucho en los demás, en los que te esperamos constantemente, en los que deseamos que aterrices cerca por un rato.

Ay, Arturo… ya no puedo. Si supieras todo lo que pienso cada vez que llegas tarde tal vez empezarías a ser puntual.  Estoy cansada de éste círculo vicioso en el que la esperanza me fortalece para que después me debilites de nuevo. Cada vez me siento más débil y menos dispuesta. Me pregunto cuánto falta para que mi espíritu se estire demasiado, hasta que no pueda recuperarse ni con la esperanza.

En verdad he aprendido a disfrutar el tiempo que paso sola cada vez que llegas tarde, cada vez que te espero. Tal vez es la esperanza que te tengo, la cura al miedo de enfrentarte, de perderte. Es ésta esperanza la que me convence de que algún día serás aquello que necesito, que te darás cuenta de todo lo que hago por ti.
Tal vez esa esperanza es sólo un disfraz a mi masoquismo, porque no me acabo de cansar de que me duelas. Tal vez es sólo un pretexto.

–    ¡Hola!   Gracias por esperarme…   –

Para Siempre

– ya te vas a casar María, ¿estás segura de lo que estás haciendo? –

“Para siempre”. Jodido término. Claro que no estoy segura ¿Quién lo está?
Miro a Pedro y me da miedo, un miedo tan intenso que me tiene despierta dando vueltas y fumando sin parar.
Miro sus ojos tan profundos y veo a Fernando y a Daniel, y estando entre sus brazos no puedo evitar pensar en Roberto, en mi Roberto.
Y es que tantas veces he dicho “Para siempre” y me he entregado para después quedarme sin nada y tener que reconstruirme de nuevo, que la simple idea de volverlo a hacer me aterra.
¿Y cómo puedo entregarme si no estoy completa? ¿Qué garantía le puedo dar a este nuevo amor?
¿Y qué es el amor? ¿Cómo sé si Pedro en verdad me quiere?

Esto de la inteligencia es un arma de doble filo, te llena de herramientas que luego tienes que usar en tu contra. Cómo me gustaría haber sido ciega y no darme cuenta de las mentiras de Daniel y que nuestro “para siempre” durara más de tres años. Sin esa experiencia tan dolorosa tal vez hubiera podido darle a Fernando un “para siempre” más honesto pero después del primer amor uno generalmente pierde la fe y se llena de barreras. Me pregunto si mis barreras son impenetrables y me pregunto si alguna vez volveré a amar a pesar de mi inteligencia que me llena de barreras.

– ¿Qué pasa María, en quién piensas? –

Lorena siempre es la mejor haciendo preguntas que no quiero responderme ni a mi misma, me conoce tan bien.
No es que piense en alguien en particular, pienso en la experiencia y en como el amor a lo largo de mi vida ha aparecido entrelazado con el dolor y me pregunto si siempre debe ser así. Son pocas las experiencias que he tenido, pero tan diferentes que me han llenado de una sabiduría que más que útil me está resultando traicionera.

Daniel apareció en mi vida inesperadamente. Cuando lo conocí estaba por aventarme de un barranco y culminar lo que quedaba de mi existencia. Existencia que se desmoronó poco a poco desde la partida de Roberto. Y él me salvó. Me recordó lo que valgo y lo hermoso que puede resultar vivir, es que el amor te cambia todo. Cambió hasta mi concepción de mi misma, convirtiéndome en una persona de la cual estaba orgullosa. Todo para que después me diera cuenta de sus mentiras, y es que yo, hasta en mi mejor versión, no fui suficiente para él.
El tiempo que estuvimos juntos se dedicó a ocupar todos los vacíos que había en mí, a acogerme y solucionarme hasta que dependí completamente de él. Mi vida dejó de ser mía para ser suya y mis decisiones las tomaba basándome en él sin si quiera dudarlo, y es que en ese momento “para siempre” me parecía la mejor y única opción.
Y cuando todo parecía que iba a ser perfecto para siempre, mi inteligencia intervino para arruinar mi perfecta realidad, (porque hay que saber que la realidad es relativa y al serlo es individual, por lo que depende de cada quien), tuve que despertar de mi hermoso “para siempre” y alejarme de él. Aún no sé qué fue más difícil, aprender a solucionarme sola o entender que el problema no fui yo, sino sus vacíos existenciales, que ni con mi mejor versión, ni con la de otra, podrían llenarse.

Tras Daniel me vi a mi misma enjaulada en mis propias barreras, barreras que construí para proteger mis miedos, al abandono, a no ser suficiente tras entregarlo todo, porque ah! Cómo me entregué! Le di todas y cada una de mis partículas, mis sueños, mi tiempo, mi vida, y se la di “para siempre”. Pero sobre todo, después de Daniel me vi sumergida, prisionera de un miedo a la mentira. Y tras eso me dediqué con todas mis ganas a encontrar la “verdad” y me convertí en una investigadora del todo, me llené de distintas versiones, aprendí a leer el lenguaje corporal, a gritar cuanta verdad caía en mí, a defenderla…. Y todo para llegar a la conclusión de que la verdad no existe.

No, no existe. Todo es cuestión de percepciones, y la percepción que tienen dos mentes nunca será la misma. ¿Y si la verdad no existe, todo es relativo y cada quien construye su propia realidad por qué no fui capaz de vivir para siempre en las mentiras de Daniel que me hacían tan feliz?
Mis antiguas percepciones se derrumbaron, lo que conocía como “amor”, “dolor”, “verdad”, “traición” y “compromiso” fue cuestionado y derrumbado hasta concluir que todo es relativo y que semejantes términos no podrían tener una definición absoluta.

Y tras mi primer desilusión llegó Fernando.
Fernando hubiera sido mi mejor primer amor, al que no me hubiera arrepentido de entregarle mi vida “para siempre”. Fernando fue todo lo que pedí, lo que idealicé, mi sueño hecho realidad, y sin él no me quedaría más que la experiencia sin esperanza, porque eso fue lo que él me dio, esperanza.

Si Daniel fue negro, Fernando fue blanco. Fernando llegó a demoler todas mis barreras demostrándome que todo lo que creía del amor también puede ser cierto, me comprobó que aun existen hombres honestos y con principios, que hacen el bien por el bien mismo sin necesidad de ninguna creencia en particular, recogió mi corazón que estaba hecho pedazos y me sanó, atravesando todas y cada una de mis barreras.
Con él todo fue perfecto, éramos un gran equipo, podíamos disfrutar de las cosas que nos apasionaban juntos.
A diferencia de Daniel que invadió mi vida y se hizo necesario para mí, Fernando respetó siempre mi individualidad, y juntos compartimos por un rato nuestras individuales vidas, todo era perfecto, tan perfecto que me hubiera gustado que durara para siempre. Pero “perfecto” es otro término relativo, y aunque Fernando era “perfecto” para mí, no lo fue en el momento correcto. Y aunque me hubiera gustado amarlo ingenuamente, como si fuera la primera vez ya tenía las barreras de la experiencia y la inteligencia, y aunque tratamos, el “hubiera” no existe y Fernando llegó demasiado tarde.
Sólo puedo quedarme con su recuerdo y con un agradecimiento que formarán parte de mí “para siempre”, porque gracias a él estoy completa.

Así, tras mi blanco y mi negro, quedé en ceros, sin miedos ni fantasmas buscando el gris y después de tanto tiempo me pregunto si Pedro es mi gris.

– ¿Es Roberto verdad? –

Qué fácil es para ella mencionarlo, cuando a mí se me parte en cachitos el alma cada vez que escucho su nombre… Roberto.
Si fue amor, Roberto fue el primero. Pero mis sentimientos por él fueron tan grandes e incongruentes que siempre lo he puesto en una lista aparte, donde nada se puede comparar con él ni acercársele.
Roberto es mi gato en la caja. Con él todas las probabilidades son ciertas ya que se mantienen en probabilidades.
Ya no sé si lo que tuve con él pasó en realidad o fue sólo un sueño, pero volviendo a la relatividad es un sueño al que decidí aferrarme “para siempre”.
Lo que pasó con él fue todo y nada. Nunca lo tuve y sigo sin identificar si lo perdí. La única realidad es que no lo tengo, y la realidad a la que me aferro son fragmentos de recuerdos que me niego a olvidar, porque olvidar es perder y me niego a perderlo del todo.
El tiempo que estuvo conmigo, sin estar a mi lado, fue todo para mí. Nadie me ha cuidado como él, nadie me ha hablado con tanta verdad, nadie me ha conocido tanto. Y es que su manera de ser despertó en mí sentimientos contrarios a los esperados. Él era frío, tanto o más que el hielo, distante, seguro, tan aparte de todo y sin embargo teniéndolo me sentía segura, querida, protegida y principalmente culpable, nunca me sentí merecedora de los sentimientos que él tuvo por mí. Fueron varios años de estarme rodeando sin atreverse a ser mío, y cuando al fin los sentimientos nos dominaron y tuvimos el valor de estar juntos, el destino y su ironía lo alejaron de mí, mandándolo al otro lado del mundo, suficientemente lejos para que la distancia fuera más grande que nosotros. Y si yo sigo pensando en él ¿lo fue, en verdad la distancia pudo más?
“Si no lo olvido, no lo pierdo” me repito a mi misma todas las noches, recolectando los fragmentos de recuerdos que me quedan, aferrándome a ellos.
Ahí mi primer definición de amor, un sentimiento lleno de dolor, impotencia, de ironías y preguntas que se culminaron con la distancia. Una distancia tan dolorosa que nos separó, pero no sin una esperanza de un futuro distinto, un futuro en el que pudiéramos jurar un “para siempre”.
Con la distancia metí al gato en la caja y con el paso de los años cada vez me dio más miedo abrirla y descartar las probabilidades. Así que todas son ciertas.
Roberto está muerto, también vive y es feliz, está casado con la güera esa que tanto odio y aún me ama, me extraña y al igual que yo, piensa todos los días en mi. Todo es cierto y nada lo es.

Y hoy que estoy a punto de jurar un “para siempre” que me unirá a Pedro para siempre, o al menos a la relatividad que ésta frase conlleva, no puedo más que pensar en mis fantasmas. Un compromiso tan grande debería llevarse a cabo con la mayor honestidad y por más que quiera no puedo compartir mi percepción de “para siempre” con Pedro. No puedo entregarle todo de mi, porque estoy fragmentada y muchas partes se perdieron en la relatividad del “para siempre” que tantas veces juré.

Sin embargo voy a casarme, y lo bueno de la inteligencia es que te llena de herramientas, y si la relatividad es una de ellas puedo pensar que “amo” a Pedro, y aunque no es la primera vez que “amo” a alguien, es la primera vez que lo amo a él y por tanto esta vez es honesta y carece de experiencia por lo que tengo la posibilidad de amarlo sin barreras.
Tal vez podré amarlo “por siempre” aunque no pueda predecir lo que va a pasar, sé que siempre voy a recordarlo, a él, a sus ojos profundos y a las descargas eléctricas que provoca en mi cuerpo, a su voz como melodía y a la esperanza que tengo de que él sea el gris que tanto busco y que quiero que dure “para siempre”.
Entonces no sería mentira. Sólo un proceso más que empieza como relatividad y desencadenará una realidad que yo escojo para mí, y por tanto es verdadera en lo que a mí concierne.
Tal vez no estoy completa, hay muchas partes de mí que no encuentro, que alguna vez entregué y por lo tanto no me pertenecen, pero lo que queda sin dudarlo puedo dárselo a Pedro ¿Por qué tener miedo? Si tantas veces ya me levanté supongo que podría volver a hacerlo. Puedo entregarle todo a Pedro porque creo que lo amo, y aunque no se puede definir con certeza al amor, con Pedro puedo encontrarle un nuevo significado, tal vez con él amor y dolor puedan ir separados.
Realmente nada puede asegurarme si él me quiere, pero yo escojo creerlo y así mañana le juraré que lo amaré “para siempre” deseando que ese “para siempre” sea tan fuerte que borre todos los demás.