Esperanza

Otra vez tarde Arturo, por suerte traigo mi libro. Cada vez eres más impuntual, no sé si debiera acostumbrarme, no sé si quiero, no sé si ya lo hice.

Sé que no lo ves, pero algún día llegaré a la conclusión de que prefiero los cigarrillos que fumo mientras te espero, de que prefiero ese tiempo conmigo.

Ya no sé si conocerte tan bien me sirve para entenderte o para justificarte. Sé que no eres una mala persona, pero haces las cosas tan mal. Entiendo que has tenido una vida difícil, una madre negligente y… ¡Bueno! Tu padre ni se diga.
¿Pero qué culpa tengo yo de que no sepas querer, de que no sepas vincularte, de que no lo veas?

Qué difícil es quererte, duele en todo el cuerpo. ¿Cómo puedo exigir que me trates bien si nunca lo has hecho, si no sabes hacerlo?  No entiendo cómo sigo aquí.

La esperanza es una perra. Sólo sirve de negación. Aguantamos miles de cosas por la simple esperanza de que algún día todo cambie. ¿De dónde sale la esperanza? De promesas, de señales, de fe, pero principalmente de cierta confianza. Siempre he tenido fe en ti, sin razón alguna, tal vez a causa de un sexto sentido que me dice que en el fondo eres mucho más de lo que muestras, tal vez por la confianza que me tienes, por la que me haces sentir en ocasiones, tal vez por pura estupidez.
Pero tienes que saberlo Arturo… mi esperanza se debilita cada vez más.

Cada vez que eres puntual, que estás de buen humor, que sonríes, yo encuentro motivos que sacian mi necesidad de tener esperanza, pero esas son meras casualidades, no motivos reales, y son escasas.
Me parece impresionante como he estirado y desdoblado mi espíritu para ser todo aquello que has necesitado, has encontrado en mí una confidente, un apoyo, un cómplice. Acudes a mí para sacar todo aquello que te pesa y te duele… y no te das cuenta de lo imprudente que eres, de que las cosas que me dices me duelen a mí también, contigo. Me he dado cuenta de que sufrir es la única forma que he encontrado de vincularme contigo, la llave de la esperanza que me mantiene aquí.

Hasta los hiper reflexivos  y realistas pecamos de creyentes. Cada que mi vida cae acudo a ti esperando que lo resuelvas todo, que me ayudes, que me salves. Siempre que esto pasa puedo ver a Freud riéndose de mí. Qué ingenua soy, acudo a ti como si fueras una fuerza mayor, el dueño del equilibrio. Pero no lo eres, no has podido ni salvarte a ti, no puedes ni resolverte ¿Cómo es que sigo esperando que me resuelvas a mí?
La soledad es una perra también, por eso acudimos a fuerzas mayores, por eso creemos y por eso nos aferramos a la esperanza.

Sin la esperanza no superaríamos las crisis que se presentan a lo largo de la vida, la esperanza es ese motor, esas ganas que nos levantan. Pero después de un tiempo de que las cosas no cambien, de que no se solucionen ¿Qué nos queda? ¿Seguir un camino distinto? ¿Acaso no tomaríamos ese nuevo camino llenos de esperanza? ¿Hay alguna forma de vivir sin ella, de deslindarla de nuestras decisiones?

Una de las circunstancias que más le pesa a todo ser humano es la pérdida. Somos seres que necesitamos de cierta estabilidad para funcionar, sentimos confianza en las cosas que no cambian, en las cosas que damos por sentadas. Y cuando perdemos alguna de éstas cosas es la esperanza de poder recuperarlas en algún futuro la que nos traerá consuelo.

No sé que sería de mí si te perdiera. No sabría cómo empezar un nuevo camino. Esto me da a entender que a pesar de todo el dolor, de nuestra relación tan enferma, eres ese motor que me estabiliza para poder avanzar. Te necesito tanto. No podría perderte Arturo.

¿Y cómo perderte si es tan claro que no te tengo? Nadie te tiene. Eres el espíritu más libre que conozco o tal vez el más egoísta. Eres un satélite que observo a la distancia, distancia a la que me mantienes. Viajas solo por la vida, estacionándote de manera intermitente por cualquier lugar que se te ocurra. Haces lo que quieres, o al menos lo que crees que quieres, que cambia a cada rato, sin fijarte mucho en los demás, en los que te esperamos constantemente, en los que deseamos que aterrices cerca por un rato.

Ay, Arturo… ya no puedo. Si supieras todo lo que pienso cada vez que llegas tarde tal vez empezarías a ser puntual.  Estoy cansada de éste círculo vicioso en el que la esperanza me fortalece para que después me debilites de nuevo. Cada vez me siento más débil y menos dispuesta. Me pregunto cuánto falta para que mi espíritu se estire demasiado, hasta que no pueda recuperarse ni con la esperanza.

En verdad he aprendido a disfrutar el tiempo que paso sola cada vez que llegas tarde, cada vez que te espero. Tal vez es la esperanza que te tengo, la cura al miedo de enfrentarte, de perderte. Es ésta esperanza la que me convence de que algún día serás aquello que necesito, que te darás cuenta de todo lo que hago por ti.
Tal vez esa esperanza es sólo un disfraz a mi masoquismo, porque no me acabo de cansar de que me duelas. Tal vez es sólo un pretexto.

–    ¡Hola!   Gracias por esperarme…   –

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